Las MANTAS de ANGELINA

Escrito por en 26 marzo, 2020

Las MANTAS de ANGELINA

A Marga, a Larry y a mis padres…Gracias!

“mi color? … sencillamente eres tu”

Square B. John

Cap.1 El tractor, los cromos y Berta…

         Había sido un día difícil de digerir. El trabajo, la casa y las malas noticias habían hecho de aquella, una jornada excesiva para un mes de noviembre que ya requería tener la chimenea encendida. Aquel día tan solo soñaba con meterme en la cama, bajo la complicidad de aquellas viejas mantas que había encontrado arrinconadas en el armario por la mañana y que hasta aquel mismo día nunca antes había utilizado, por considerarlas un poco feas y pasadas de moda. Necesitaba estar a solas conmigo misma, y curiosamente el único lugar que me daba la tranquilidad, seguridad y el relax necesario, era mi cama. Un lugar donde lograba resguardarme de las prisas, de gritos y ruidos que solían acelerarme innecesariamente.

Justo antes de dejarme envolver por aquellas tupidas mantas, y mientras caminaba por el largo pasillo que separa el baño de la habitación, llegaban a mis oídos el sonido del televisor de un estridente partido de fútbol, (cuestión ésta que si parecía despertar todas las inquietudes de Alberto y no como otras cosas); el cuchicheo de Nuria hablando bajito por teléfono con una amiga a quien hacia poco menos de una hora había acompañado a su casa, y con suma claridad, la estridente novedad musical que escuchaba Pol desde su habitación y que parecía poner a prueba los cimientos de toda la casa. Bruce (mi perro) quien también parecía querer alejarse de las neuras nocturnas que solían cautivar al resto del personal de esta casa, me acompañaba con su andar cansino, como si de un guardia de seguridad se tratase.

Muchos días habían sido como ese, pero siempre intentaba recoger, ordenar y prepararlo todo para el día siguiente (ante la pasividad general del resto de la familia), ya que mi puesto de trabajo comportaba que no volviera a aparecer por casa hasta bien entrada la tarde. Es por este motivo que, a última hora del día, el cansancio me impedía poder ir a la cama para leer o relajarme, ya que el ajetreo diario me hacía caer rendida en cada anochecer. Aquel día me había propuesto ir sin la necesidad de dormirme, y por esta razón había dejado los platos por fregar, la lavadora por poner y la ropa de los niños sin preparar. Necesitaba descansar, respirar hondo y pensar en mí misma un poquito.

La suave luz que provenía de la mesilla de noche, daba un tono cálido a las paredes de madera de la habitación. Aquel remanso de paz, parecía el de una isla desierta al lado del bullicio de unos grandes almacenes. Siempre había puesto el máximo interés en poder decorar aquella parte de la casa a mi gusto, y así lo había logrado. El viejo baúl que estaba a los pies de la cama, la cajonera de roble antigua que encontramos en la calle, e hicimos restaurar, las cortinillas de punto cosidas por mi madre, los primeros dibujos de los niños enmarcados y una foto de pareja que rememoraba épocas más estimulantes que las actuales, eran los objetos que daban un aire especial y acogedor a aquel dormitorio.

Yo, con mi pijama gris destartalado, al que tanto cariño le tengo, y tras poner el despertador en hora para el día siguiente, no hice otra cosa que meterme entre las sábanas. La cama estaba fría, pero después de unos instantes y gracias a la ayuda de las confortables mantas, logré, arrugándome como un gusanillo, sentirme relajada y en calma. Pero no era suficiente. Tenía la necesidad de zambullirme en el interior de la cama, y por tanto me tapé hasta por encima de la cabeza. Aquella oscuridad era reconfortante, la noche por si sola ya era cerrada, pero aquello era como una cueva, una cueva en medio del bosque, una cueva cálida y confortable, … mi cueva.

Tuve la sensación por primera vez en mucho tiempo, que todos mis sentidos estaban tan solo para mí. Escuchaba mi respiración y casi como me latía el corazón. Olía el suave perfume que me había puesto aquella mañana antes de ir a la oficina y que habitualmente pasaba desapercibido a todo el mundo. El frío que notaba en los pies me daba a entender que el invierno estaba cerca, y la oscuridad que me rodeaba me hacía sentir sencillamente bien.

Tan solo podía recordar dos o tres veces que, como aquel instante, hubiese tenido la sensación de encontrarme a solas conmigo misma. Me hubiese gustado hacer un repaso a mi existencia, analizando mi intenso pasado, mi preestablecido futuro, intentando ser lo más franca posible, sin tabúes ni falsos prejuicios. Sabiendo si me ilusionaba lo que hacía; si tenía perspectivas a corto o largo plazo que me estimularan; ¿En qué había cambiado? y ¿En qué podía cambiar?; ¿Hacía las cosas que verdaderamente me gustaban o las que me tocaban hacer?; quizá debería intentar…; pero el sueño y el calor que comenzaba a notar por todo el cuerpo, me impedían concentrarme en temas tan trascendentales, y empezando a bostezar y a cerrar los ojos, me rendí al más profundo de los sueños.

Regresaba de la escuela pensando que aquel podía ser uno de aquellos días que se recuerdan durante años y años. Aquel día, el camino me parecía más largo que nunca. Mi deseo de llegar a casa y desvelar el secreto mejor guardado de mis tiernos diez años, me hacía imaginar mil y una cosas. Este camino, lo hacía día tras día dos veces, y muchos de mis amigos, incluido el gordete de Fernando, solían hacerlo cómodamente sentados en sus flamantes bicicletas, y tan solo Berta y yo lo hacíamos caminando y bordeando coches, vacas o algunos tractores que dominaban el panorama de este pueblo cerca de Granollers. Era mi cumpleaños, y nunca en casa habían estado excesivamente espléndidos con los regalos; las inclemencias del tiempo, las bajadas del precio de las verduras que cultivábamos y una familia numerosa, no permitían grandes dispendios. Pero detrás de todas estas razones, había una sensación de excesivo peligro, como para poder regalarme una bicicleta. La muerte del hijo de Olga, nuestra vecina, en un cruce a la salida del pueblo con la nacional-152, hacía nueve años, aún estaba demasiado presente en la mente de mi madre, la madre sufridora, la madre protectora…mi madre.

Mientras me dirigía a casa, tan solo me disgustaba un poco la ausencia de mis amigos a la pequeña fiesta que solían prepararme en casa, pero la coincidencia en horario con una actividad teatral que hacían en el Ateneo del pueblo, impedía que vinieran a celebrarlo conmigo. Aquel día, sin embargo, era un día completo, de aquellos que, sin tener nada especial, te hacen sentir alegre, y en los cuales estás convencida que nada logrará estropearlos. Me despedí de Berta, que tampoco venía a la fiesta por una extraña enfermedad de su hermanita. Eso me entristecía un poco, pero nada ni nadie podía sacarme de la cabeza la insólita posibilidad de que me regalasen una bicicleta, la bicicleta que tantas veces había solicitado infructuosamente. No existiría frontera, ni límite, ni valla posible, capaz de frenarme con mi vehículo de dos ruedas. Descubriría nuevos parajes, nuevos mundos y lograría que todos estuvieran pendientes de mí, la tierra giraría a mí alrededor, yo sería el epicentro del globo, …pero bien pensado, quizá todo eran imaginaciones mías. Otras veces ya me había ocurrido. Sólo la caja de una dinamo de luz para bicicletas que había descubierto en la basura al salir aquella misma mañana, había disparado mi alarma interna y había provocado que todos los sentidos se unieran alrededor de mi soñado vehículo.

Llegué a casa, y estaba medio vacía. Sólo Carlos estaba justo en el centro del comedor, con un álbum de cromos que salían en las chocolatinas de la casa Nestlé y que él se apresuraba a completar mediante una dieta muy peculiar. Como en él era habitual, no dejó escapar ni una sola palabra, y tan solo levantó las cejas y soltó un gruñido, con lo que yo debía darme por saludada.

La casa no tenía ningún aspecto de estar engalanada para ninguna fiesta, ni tan siquiera se respiraba ambiente alguno de la alegría lógica, previa a cualquier celebración. Por primera vez pensé que todo había sido un montaje de mi corazón, de mi ilusión y que mi regalo no pasaría de ser aquel pastel de queso y chocolate que preparaba siempre mamá, para cada uno de mis hermanos por sus cumpleaños. Caía la tarde y el día oscurecía lentamente. Todo lo que tenía previsto, parecía ir derrumbándose, incluso me parecía percibir ya, el olor a verduras con patatas que mamá había dejado en el fuego, y que tan poco gustaba al personal de esta casa.

Hice de tripas corazón, y actué como si se tratara de cualquier otro día del año. Cogí todos mis libros de la escuela, heredados de mis hermanos mayores, y me dirigí a mi habitación para hacer algunos de los deberes que me habían encargado en la escuela. Normalmente los hacía con una especial ilusión. Hacer trabajos me estimulaba, pero no ese día. Ese día eran una carga desagradable y además no podía enlazar ideas con la claridad habitual. Al acabar, fui a ayudar a papa en las tierras que teníamos al borde de la carretera. Este era el ritual que dominaba mis tardes de otoño. Al llegar al huerto, (como le llamaba mi padre), no vi en él ninguna reacción de alegría por mi presencia, y tan solo se limitó a preguntarme desde lejos por las notas de los exámenes que días atrás había hecho. Mi padre ejercía una especial presión sobre mis notas, pero eso era todo cuanto me llegaba de su interés por las cosas que yo hacía. Recoger con cuidado unas cuantas lechugas y hacer el camino de vuelta hacia casa, fue todo lo que tuvo de sugerente aquella tarde amenazadora de lluvia.

Al llegar a casa ya estaba mamá, discutiendo con Rosa, (mi hermana mayor), con quien mantenía una relación algo tensa de un tiempo a esta parte, básicamente por su desidia y la falta de solidaridad con el resto de la familia, en lo que hacía referencia a tareas domésticas. Al otro lado de la casa, estaba Javier, en su habitación y estudiando como siempre. Era el «empollón» de la familia, sus buenas notas eran conocidas por todos, y por eso él tenía algo de «bula papal» en las labores de la casa. Todo aquel panorama me confirmaba que mis emociones me habían traicionado, y sin comerlo ni beberlo, me encontré cenando más pronto de lo normal, y sin ningún otro aliciente, que el de poder poner algo de la mayonesa casera, que preparaba mamá, a unas patatas medio intoxicadas por la col. Cuando vi aparecer a mamá con el recipiente de la fruta para los postres, se me acabaron de derrumbar las pocas esperanzas que aún atesoraba. Quizá me había equivocado de día, aquello sería mi salvación. Con esta inquietud, pedí permiso para ir a la habitación, y así poder comprobar la fecha en el calendario/póster de Copertoone, que decoraba la parte trasera de mi puerta.

Cuál fue mi decepción, al comprobar que efectivamente, era mi cumpleaños, un día que debería ser irrepetible, … ¡nunca más haría diez años! Estaba absolutamente convencida de que había informado suficientemente al resto de la familia días antes, como para que hubieran hecho un alto en sus ajetreadas vidas, y pudieran así haber celebrado este acontecimiento a mi lado.

Ya no volví a bajar, preferí no hacerlo. Intentaba encontrar un motivo, una justificación a este olvido. Sentada en la repisa de mi ventana, desde donde había imaginado tantas veces mis grandes travesías en bicicleta, desde donde veía pasar a mis amigos a la búsqueda de nuevas aventuras, veía ahora en cambio, como la noche ganaba terreno y una espesa niebla hacía aún más fácil dejar correr las lágrimas que momentos antes me había reprimido.

Un gran silencio se apoderó de mi habitación, pero de pronto se rompió con un grito de mamá que provenía del comedor. No pude evitar que instintivamente mis piernas me dirigieran hacia el hueco de la escalera. Allí abajo estaba ella, y parecía muy alterada. Quizá con alguno de mis revoltosos hermanos, quizá con mi padre. Pero no, no era así. Todos se levantaron bruscamente de la mesa para dirigirse hacia el pequeño garaje. Un garaje que utilizábamos más como trastero, que para guardar el viejo coche de papá.

– Corre, baja, hemos de salir corriendo… -, me dijo mi madre cuando me vio entre los barrotes de madera de la escalera. No pude pararme a pensar que demonios estaba pasando…, quizá había fuego, quizá las ratas que otras veces habían hechos estragos en la cosecha habían hecho de las suyas, quizá un accidente. Bajé tal como iba, descalza y con el pijama de invierno puesto. Al pisar la hierba del jardín que separaba la casa del garaje, noté que la humedad me ponía los pelos de punta, más aún que las propias urgencias del momento. Todo el mundo corría. Mientras, mamá, con una mano en la cabeza y con la otra agarrándome fuertemente de la mano me llevaba en volandas hacia una puerta del cobertizo que estaba medio abierta y de donde salía un gran escándalo. El miedo se apoderó de mí, la respiración se me había entrecortado. Llegamos a la puerta y la terminamos de abrir y.…allí, allí estaban todos, mis padres, todos mis hermanos, Berta, Fernando, el pedante de Saúl, mis vecinos, Antonia (que era una antigua niñera que habíamos tenido, y que era como nuestra segunda madre), otros compañeros de clase, e incluso mi abuelo.

Todos estaban allí, dentro de un garaje que tenía cualquier aspecto menos el de su primitiva función. Todo estaba lleno de serpentinas, globos y lucecitas de mil colores, de golosinas y de una música que llenaba el ambiente. Aquello era una fiesta, “mi fiesta”. Una fiesta que sobrepasaba todas las expectativas imaginables. Me quedé helada, de piedra, inmóvil, no salió ni una palabra de mi boca, sólo un par de lágrimas, esta vez de alegría, fueron las que recorrieron mis mejillas rojas. Tras un instante, noté como todos corrían hacia mí y me apretujaron y felicitaron, con besos que no sabía ni de dónde venían. Mis pupilas no tenían suficiente diámetro para retener tanta emoción, para retener aquella imagen, aquel momento. 

Todo había sido un montaje estratégicamente calculado por mamá. Había hablado ya, días antes con Berta y con mis amigos, para que dieran cualquier excusa para no asistir a la fiesta, y así mismo con el resto de invitados. El mutismo había sido perfecto. La discreción con que lo habían hecho todo, y el trabajo que debía haber supuesto montar todo aquello, era difícil de imaginar. No faltaba nada, ni nadie. Allí, simplemente estaba toda mi gente. Llegó el momento de soplar las velas del famoso pastel de queso con chocolate de mamá, y de pedir el deseo de rigor. Después de hacerlo, no pasó ni un instante, todo quedó a oscuras, y tras un grito de sorpresa al unísono de todos los que allí se encontraban, volvieron a encender la luz, pero esta vez era un foco blanco el que se encendió dirigido al fondo del garaje. Allí se podía ver, en cuanto pudo apartarse toda la gente que había de por medio, la figura majestuosa de una bicicleta, con su faro y su cesta reglamentaria, tal y como yo siempre la había soñado. Todo aquello era increíble. No podía existir ningún ser vivo en la tierra, más feliz que yo en aquel momento.

No pude reprimirme, y a pesar de ir en pijama y estar descalza, corrí hacia ella la abracé y me monté sin pensármelo dos veces. No dudé en dejar allí, en el garaje, a toda la gente y salir pedaleando tan aprisa como pude, sin que los baches, los charcos de agua o los animalejos nocturnos, pudieran impedir mi huida hacia ninguna parte. Después de un improvisado recorrido con mi vehículo, el nuevo vehículo que me permitiría descubrir los rincones más inhóspitos de los alrededores de la casa, regresé hacia el interior del garaje, donde finalmente bailamos y cantamos, hasta caer rendidos. Aquella noche, di un beso a mamá, como no recuerdo haberle dado nunca antes a nadie. Me metí dentro mi cama, con la curiosa sensación de haber crecido, de haber vivido una experiencia irrepetible, de sentirme feliz. Siempre había pensado que después de interpretar el «Pequeño Príncipe» en la representación navideña de la escuela años atrás, ya habría tocado el techo de las sensaciones (porque fue todo un éxito), pero esta noche había sido indescriptible, lo que sentía era espectacular. La tensión, sin embargo, de todo el día no perdona y mi conejillo de terciopelo, al que siempre dormía abrazada, y yo, no podíamos resistirnos más a alargar un día que, aunque extraordinario, había sido largo y agotador, y que obligaba a mis parpados a rendirse hasta caer dormida profundamente…             

Alberto se giró bruscamente y me dio un golpe con el brazo, inmerso en un sueño profundo. El que tenía a mi lado, ni era mi conejillo, ni yo tenía diez años. ¿Qué había pasado? ¿Había soñado? Sí, pero me sorprendía que hubiera vivido aquel sueño con una claridad tan inusual, pues yo era de las que apenas lograba acordarme de los sueños o pesadillas.  Miré el reloj y aún quedaban diez minutos para que sonara el despertador, y por tanto podía acurrucarme un poco más dentro la cama. Quería volver a enlazar con lo que soñaba, pero no podía. Analizando un poco lo que había pasado por mi cabeza esa noche…, la historia en absoluto fue así. Nunca de pequeña había disfrutado de una fiesta, y menos aún de una como aquella. Nunca en casa me habían regalado ninguna bicicleta por temor a un accidente, eso sí. La había reclamado tantas y tantas veces, había llegado a ofrecer mis ahorros, mi trabajo, mi generosidad para lograrla, pero todo intento había sido en vano. El miedo de mamá y la resignación de papá, habían sido unos obstáculos insalvables para el más grande de mis deseos. Pero lo que había vivido esa noche, había sido una sensación maravillosa, y tan real, que podría describir todos y cada uno de los vestidos de mis amigos. Hasta me parecía percibir el olor de la col y de las velas del pastel. Mi corazón aún latía a un ritmo anormal para una persona que se acaba de levantar. Había sido excitante, lisa y llanamente sensacional.

No podía evitar hacer desaparecer una extraña sonrisa de mi cara. Me levanté y me quité la ropa a una inhabitual velocidad, y sin darme cuenta, me encontré cantando bajo el agua de la ducha, e incluso marcándome unos pases de baile, al son de la música country de Randy Travis que salía del radiocasete. Hacía mucho tiempo que no me ponía música a primera hora de la mañana, pero aquel día tenía esa necesidad. Al salir, me miré al espejo y me vinieron ganas de arreglarme y sentirme bien, atractiva y contenta. Antes de irme desperté con un golpe de culo a Alberto, para que se espabilase, y poco después hice lo mismo con Pol y Nuria (a quien debía despertar con mucha suavidad, porque si no se asustaba).

Bruce parecía entender lo que me pasaba, porque estaba tan contento como yo. Me acompañó hasta el coche y después de ensuciar el cristal de la ventana con un cariñoso lametón, me siguió unos metros hasta la esquina de la calle.

El sonido deteriorado de la radio y el embotellamiento habitual a la entrada a Barcelona de aquel día, no me alteraban como otras mañanas, incluso la gente que como yo conducía en ese lento vía crucis que significa entrar siempre a una gran ciudad, me parecían más amables que de costumbre. Al llegar al despacho, tenía mucho papeleo por llenar y más tarde debía preparar una reunión de conciliación entre dos empresas que se disputaban la patente de un extraño artilugio para ordenadores. Pasaron las horas y a pesar del ajetreo, no podía sacarme de encima la sensación de felicidad, que desde primera hora de la mañana ya gozaba.

Tan solo, mientras almorzaba con mis compañeros, me sobrevino un temor, ¿Podría volver a pasar una noche como la anterior? ¿Era posible provocar una reacción de la mente, de aquella magnitud?

La tarde no fue tan rápida como la mañana, porque tenía la necesidad y la ansiedad de comprobar si aquella noche sería igual que la anterior. Quizá mi sueño continuaría, quizá no, pero sabía que alguna cosa iba a suceder. El camino de vuelta a casa fue más agitado que de costumbre. Olvidé mi habitual prudencia para así poder esquivar algunos semáforos dudosos. Las horas no corrían a la velocidad que yo deseaba, y encima aquel día debía ir a una reunión de padres a la escuela de los niños, y como era habitual, sola. Alberto debía quedarse, casualmente, en la fábrica hasta más tarde y no podía venir, (aunque tampoco podía disimular, lo poco que le gustaba hacerlo, porque siempre decía que había demasiada charlatana en este tipo de encuentros). Una vez en casa y tras jugar un poco con Bruce, preparé la cena y ordené un poco por encima lo que estaba a la vista. Quería ducharme, esta vez con tranquilidad, Nuria y Pol estaban en clase de inglés. Había sido un día intenso desde primera hora de la mañana y aún no había acabado. Un buen baño de agua caliente me dejaría como a nueva. Era curioso pensar, que cosas tan sencillas como estas, se habían convertido en un lujo, ya que lo normal es que cuando entrabas en la ducha, esta debía ser rápida, no fuera que los niños quisieran entrar para utilizar el baño, me llamaran por teléfono, o simple y llanamente, me necesitaran para cualquier motivo trivial.

En mi cabeza sólo había un deseo, pero quedaban muchas cosas por hacer antes de ir a la cama. La reunión pasó finalmente con más pena que gloria. Me limité a sentarme lo más lejos posible del tutor, un personaje muy peculiar, con un tono de voz apático e insípido, que hablaba de los alumnos como si fueran criaturas de 3 o 4 años. Tan solo los comentarios de una madre risueña que tenía frente a mí, hacían más llevadera aquella soporífera reunión. Después de conocer a alguna de las madres de los compañeros de clase de Nuria y Pol, me dirigí a casa, aunque no logré evitar entrar a la panadería de Montse, donde podía comprar el pan, recién hecho, así como ponerme al día, por el mismo precio, de todos los chismes del barrio sin ni tan siquiera pedirlo.

Aquel día no quería entretenerme demasiado con la cena, y por lo tanto no dudé en hacer tan solo una ensalada y unos huevos fritos con tomate y patatas fritas abundantes, como plato único, y una macedonia de fruta para los postres. Cuando llegué a casa, ya eran cerca de las nueve de la noche, y los niños ya estaban haciendo de las suyas. No estaban precisamente repasando los deberes para el día siguiente, ni estaban poniendo en orden sus selváticas habitaciones. Ella estaba grabando una cinta de música (y no de la clásica precisamente), y él estaba embelesado con unos dibujos de acción, de estos japoneses con poderes paranormales que daban por televisión. Muchas eran las veces que me preguntaba dónde radicaba la gran diferencia entre las generaciones actuales y las nuestras, …de las colecciones de cromos, los juegos de mesa, los indios y los vaqueros, las muñecas, los yoyos, la peonza o los recortables, habíamos pasado a los videojuegos, la música estridente, la televisión, los móviles o internet. Pero esa noche no tenía ganas de discutir con ellos y dejé que camparan a su aire hasta la hora de cenar.

Alberto llegó momentos antes de sentarnos a cenar. Su día había sido como todos los otros, y sólo la visita de uno de los propietarios de la empresa, había alterado su rutina habitual. Siempre al llegar a casa deseaba encontrar la cena puesta en la mesa (sino era así, iba picando hasta que empezáramos), y que los niños no le molestaran demasiado, sobretodo que no discutieran frente a él, – Suficientes gritos ya escucho en el trabajo  siempre solía decirnos a todos. En los días laborables (a diferencia de los festivos…), no se mostraba muy predispuesto a escuchar “historietas” de la escuela, de la compra o cosas parecidas. Siempre, sus problemas laborales eran más complicados que cualquiera de los que tuviéramos los demás. Solía coger el mando a distancia y se instalaba frente a la televisión, a veces sin ni tan siquiera quitarse la ropa que había llevado puesta todo el día.

Durante la cena intenté explicarles un poco por encima, lo que me había sucedido la noche anterior, y nadie se lo tomó en serio. Todos pensaban que aquello no tenía nada de excepcional, pero lo cierto es que ninguno de ellos podía ni llegar a imaginar hasta qué punto había vivido aquel sueño.

Recogí la mesa y ordené la cocina en un momento, mientras que los niños se habían puesto a hacer trabajos escolares, y un Alberto quejoso, sacaba a pasear a Bruce con una de sus ya características vueltas rápidas que apenas daban tiempo al perro ni a orinar.

Al terminar con los platos, y después de ver que el plan nocturno era ponernos a mirar la última película del “gran” Stallone, opté por irme a la habitación. Había estado meditando todo el día sobre lo que debía hacer llegado el momento. Quería repetir paso a paso, lo que había hecho la noche anterior. No podía escapárseme ningún detalle. Fui al baño y de allí hacia el dormitorio. Tenía una ansiedad quizá excesiva, pero los movimientos estaban siendo exactamente los mismos. Tan solo Bruce no me había acompañado como el día anterior, pero por el resto, hasta el tiempo que había estado en el baño y el orden sacándome las prendas de vestir que llevaba puestas, habían sido los mismos. No me quedaba otra cosa que meterme dentro la cama. Así lo hice, esperando que el sueño se apoderase de mí y me transportase directamente hacia mis sueños de infancia. La habitación tenía el mismo aspecto que el día anterior. La noche era cerrada y solo me llegaba alguno de los gritos de ánimo de Alberto hacia el protagonista de la película. Yo, mientras, me giraba y regiraba sobre mi misma, buscando la posición adecuada. Intentaba respirar hondo y notar el latido del corazón, pero era difícil de coger el sueño y así poder relajarme lo suficiente como para dormirme. Oía el agua circular por las cañerías, los paseos de Bruce por los pasillos a la búsqueda de alguien que le prestara algo de atención, y hasta la fuerza del viento que ese día tenía una agresividad anormal golpeando constantemente contra las ventanas. Miré el reloj, hacía más de media hora que estaba en la cama y mis ojos no podían cerrarse, quería dejar la cabeza en blanco y lograr no pensar en nada. Pero mi propio deseo me bloqueaba la mente y no me permitía tranquilizarme suficientemente. Pasaron los minutos, los cuartos de hora y muchas medias horas. Llegó Alberto, pero me hice la dormida. No quería que volviera a burlarse de mí y de lo que había soñado. Tampoco él hizo ningún gesto para querer despertarme, y después, tras notar la entrada de una bocanada de aire frío al levantar la sábana y las mantas, escuché que su respiración se volvía profunda y pesada. Era curioso lo que me estaba pasando. Lo había calculado todo, había cenado poco para tener una digestión rápida, la hora era aproximadamente la misma, el pijama, la cama y las circunstancias eran absolutamente las mismas, pero la realidad era ciertamente otra. Me fui poniendo intranquila, nerviosa y quizá eso mismo me hacía sentir impotente ante la imposibilidad de manipular mi mente. Las horas fueron pasando, y sólo el chillido de un Pol (en plena lucha contra seres venidos de otras galaxias), rompió aquella larga noche. Por fin, y más por cansancio que por sueño, pude llegar a dormirme y… a despertarme con la sensación de haberlo hecho tan solo durante 10 minutos.

No había logrado soñar, no había conectado con mis años de juventud, no había pedaleado entre aquellos campos verdes, camino de nuevos mundos. No sabía cómo seguía la mañana siguiente a aquella fiesta inolvidable, si no más bien al contrario, quizá Alberto y los niños tenían razón, y aquello que me había sucedido, había sido un hecho esporádico y sin trascendencia alguna, que yo me había tomado como una señal. Lo de la noche anterior había sido tan y tan real, tan diferente a ningún otro sueño, coincidían tantas cosas… me había hecho sentir tan alegre y tan llena, que pensaba que había sido un hecho extraordinario y motivado por alguna enigmática cuestión. 

Aquel día al levantarme, no me duché, aunque en realidad lo necesitaba más que ningún otro, porque amanecí agotada y triste. No me acompañaba melodía alguna, y las ganas de bailar del día anterior, me parecían en aquel momento, inadecuadas y fuera de lugar para una mujer de mi edad y para un miércoles como cualquier otro. Tan solo el entorno de mi puesto de trabajo, me obligaba a ir un poco más arreglada de lo que aquel día hubiera querido. Desperté a Alberto, que parecía no tener problemas ni para dormirse ni para despertarse, y lo mismo hice con los niños, que aquel día iban al Museo de la Ciencia de Barcelona, y por tanto, había que preparar el bocadillo para desayunar a media mañana. Bruce estaba en su alfombra, cerca de unas brasas que apenas calentaban, y yo me encaminé hacia un coche, que casualmente aquel día tampoco deseaba arrancarse a la primera, y me hizo pensar en coger el otro coche que teníamos en casa.

En aquellos momentos, me sentía una persona triste y desmotivada. No me hacía ninguna ilusión ir hacía el despacho. Había depositado tantas posibilidades en aquella noche, que hacía que en aquel momento todo me pareciera absolutamente banal. Pero tampoco era una persona que se abandonara, que se martirizase más allá de lo estrictamente necesario y, por lo tanto, aún desilusionada, debía sobreponerme y mirar hacia adelante. La familia, el trabajo y la casa llenaban básicamente mi vida, a veces no sabía bien en qué orden, pero mucha gente no tenía ni tan siquiera eso. La mañana pasó sin ninguna noticia trascendente. Nadie había notado mi desmoronamiento interior, ni tan siquiera Alberto a quien, aún habiéndolo llamado para romper aquel monótono día, fue incapaz de leer entre líneas, y de proponerme algún aliciente que me hiciera olvidar el vacío que llevaba conmigo.  Intenté pensar en el fin de semana. Habíamos quedado con Tona y Marco para hacer una fondué en casa y quizá se añadirían a ésta dos amigos comunes de las dos parejas. Quería organizarlo bien, que fuera alguna cosa especial y diferente, quizá para empezar, una fondué de queso, para seguir con un frufrú de distintas carnes, y de postre, una fondué de chocolate con melindros y magdalenas. Esto los sorprendería y sería algo nuevo para la mayoría de ellos, pero… ¿Dónde estaban aquella bicicleta y aquella sensación de felicidad que había palpado hacía dos noches? La tarde fue mejor de lo esperado, porque un montón de llamadas me obligaron a concentrarme en lo que debía hacer y olvidarme de mi profundo desencanto. Los papeleos y el archivo de los expedientes, completaron aquella jornada hasta la hora de irse a casa.

Tenía más ganas de ir a pasear sola que de ir a casa, pero los niños hoy llegaban temprano, y aunque a menudo no me hacían ni caso al llegar, prefería estar en casa, para ayudarlos, para jugar con ellos o simplemente para que arreglaran sus habitaciones. Al llegar, llamó Alberto que había dispuesto, unilateralmente, ir aquella noche a cenar a casa de su madre. En primera instancia no me hizo ninguna gracia, pero después de unos instantes, fui más pragmática y sabiendo que él no iba a echarse a atrás, pensé que así me ahorraría tener que pensar qué hacía para cenar y que encima nos distraeríamos un poco, aunque fuera a costa de perder algo los nervios en casa de los suegros. Me tranquilicé y asumí aquel cambio brusco de planes. 

Los niños llegaron a casa e intentaron explicarme todos los fenómenos que habían descubierto en su excursión al Museo de la Ciencia. No había ningún orden en su locución y era francamente difícil poder entender lo que intentaban detallarme, pero tenían tantas ganas, y eran tantas las fotografías que habían hecho con la Polaroid de papá, que no tuve más remedio que sentarme y dejarme apabullar por aquel par de criaturas. En las instantáneas había péndulos, extraños espejos, e incluso una fotografía que se habían hecho tras las letras gigantes que encabezan el Museo, al estilo de Hollywood.

Después de darles alguna cosa para merendar, llamé a mi madre, a la que tenía algo olvidada, y se puso suficientemente contenta como para ir a visitarla al día siguiente. Nuestra relación era fuerte. Quería a mis padres con pasión, aunque mis obligaciones profesionales y domésticas, me daban poco margen para pasar más ratos con ellos. Mi madre era una gran devoradora de libros, y mi padre, un personaje inquieto con la energía de un jovencito, dinámico y muy amigo de sus amigos. Después de intercambiar unas palabras con mamá (mi padre nunca estaba en casa), quedamos para el día siguiente. 

Fui a comprar al supermercado que había cerca de casa, donde al salir, ya me encontré a Alberto, que me ayudó a subir la compra a casa. Después de guardar las cosas en el frigorífico y cambiarnos de ropa, nos encaminamos hacia la tétrica casa de los suegros. No sabría como definirlos, era gente correcta, introvertida (había momentos en que el silencio hacía daño), no muy desprendidos económicamente, y pienso que demasiado condescendientes con sus hijos. Como era normal, sólo estaba la calefacción encendida en el comedor, en el resto de la casa el frío era palpable. La cena fue el típico puré de patatas y unas croquetas ya preparadas con algo de verdura como acompañamiento (de esta que tan poco me gusta a mí), y un yogur de frutas como postre. A veces, contemplando a mis suegros, entendía (que no disculpaba) a Alberto. A menudo debía ser yo quien debía estimular las conversaciones en la cena, también quien les propusiera venir a nuestra casa, la que organizaba las cenas de Navidad, o cualquier otra actividad conjunta. El café recalentado dio por acabada la cena, tras lo cual nos volvimos hacia nuestra casa. El trayecto era corto, pero suficiente como para que los niños se durmieran en el asiento trasero del coche.

Al llegar a casa, los niños fueron directos a la cama, mientras Alberto se ponía a hacer números con las facturas del agua, luz y teléfono, y yo tendía una lavadora que había dejado puesta antes de salir. Después de tender la ropa, me senté junto a Alberto en la alfombra de Bruce (se hacía mayor y a veces no le hacíamos el caso que él nos hacía a nosotros). Alberto se quedó embobado con un documental que hablaba de maquinaria del año 2020 y que ahorraría la mitad de tiempo y de personal a las empresas. Yo preferí ir hacia la cama y leer un libro que me había recomendado mi hermana Rosa y al que hacía días no dedicaba excesiva atención. Así pues, después de lavarme bien los dientes y de dar un vistazo a Nuria y a Pol para ver si ya estaban completamente dormidos, me encaminé hacia la habitación.

Me notaba más cansada que otros días. La jornada había sido más larga, y la noche anterior no todo lo relajante que hubiese deseado. Me metí dentro de la cama, pretendiendo enlazar con una novela que requería toda mi capacidad intelectual y probablemente la de algún otro más. Era difícil, y con una trama enrevesada y compleja, porque mezclaba futuro, presente y pasado, con un gran desorden en las secuencias. Finalmente opté por dejarlo para otro día y probar a dormirme. Había cogido algo de frío al salir a tender la ropa, y por tanto me tapé con las mantas hasta la cabeza en busca del calor necesario. Se estaba tan bien….

Cap.2 La bufanda, el tren y Cohn-Bendit…

         El profesor organizó grupos de trabajo. La asignatura era Redacción Periodística del tercer año de la facultad, y era una de mis asignaturas preferidas. A medida que avanzaban los años, el ambiente de clase era cada vez más profesional, la gente se lo tomaba seriamente y cada uno tenía una visión distinta de un mismo hecho. A veces tenía la sensación de que aprendía más escuchando a mis compañeros, que al profesor o leyendo los libros de grandes eruditos. Todos teníamos influencias de infancia, de familiares o de nuestro entorno, aquello era una cosa amena, las horas pasaban velozmente, la dinámica de la clase era positiva y enriquecedora. En la charla previa cogimos apuntes para que nos ayudaran a aportar ideas para el trabajo solicitado.

Al salir de la facultad, fuimos con otros compañeros a tomar un café. De este grupo sobresalía Luís, él tenía una facilidad para sintetizar las noticias, admirable. Yo quería aprender de él, era de este tipo de personas que teniendo la misma edad que tú, tiene la clarividencia de una persona con mil batallas a sus espaldas. Su aspecto descuidado, a veces despistado, lo hacía gracioso. Su debilidad fuera de las aulas era el teatro experimental, y muchas veces nos invitaba a verlo actuar. Siempre eran papeles cortos – pero con mucho contenido…, nos acostumbraba a decir. Lo dejé hablando con un representante del sindicato de estudiantes, mientras yo me encaminé hacia casa.

El trayecto no era excesivamente largo, pero mi «vespinillo», a la que yo nunca ponía a más de 70km./h. (aunque podía, según mis amigos), se quejaba en forma de extraños ruidos.

Cuando llegué a casa no había nadie. Mamá había ido a dar clases de francés a la escuela del pueblo. Ella había estudiado filología francesa, pero hasta hacía poco más de dos meses, ya con muchos años a sus espaldas, no se había decidido a impartir sus conocimientos y lo hizo gracias a una antigua amiga suya, que actualmente era la directora del centro. Aquello la rejuvenecía, la estimulaba y la hacía estar ajetreada, aunque también debía aguantar las travesuras de algunos alumnos. Yo decidí ponerme cómoda y escuchar algo de música de los Beatles, con un viejo aparato desajustado por José Luís (mi hermano pequeño), que semanas atrás había descubierto que el cambio de 45 a 78 revoluciones del tocadiscos, le proporcionaba conseguir la voz distorsionada del cantante en cuestión, fuera cual fuera el disco que se utilizase.

Momentos después llegó papá quien, tras entrar en casa como una exhalación, me cogió por los hombros y me dijo

¿Tú eres una autentica periodista? -me sorprendió. 

Él sabía que lo que estudiaba, era a lo quería dedicarme profesionalmente en el futuro.

– Sí , respondí expectante. 

 – Pues si me ayudas como cuando eras pequeña, a recoger cuatro tomates del huerto, quizá te daré una sorpresa – dijo mientras me daba la espalda, haciéndose el interesante. 

Salté del sillón para seguirlo. No hubo posibilidad alguna de hacerle soltar ni una palabra, pero la sonrisa se le escapaba por debajo de la nariz. Se le veía contento y satisfecho de aquello que me ocultaba. ¿Qué habría querido decir?, me preguntaba a mí misma, mientras cogía los tomates de dos en dos. Él, desde la otra punta del huerto iba a su ritmo habitual y sólo, de vez en cuando, me cantaba Sur le pont d’Avignon… con un acento penoso, pero fácilmente reconocible. Cada vez entendía menos cosas. Es cierto que algunas veces ponía a prueba mi ingenio con preguntas de actualidad que leía en las pequeñas columnas de los periódicos, pero aquello no era normal. Más tarde mientras cargábamos las cajas en la furgoneta, me preguntó:

 ¿Tienes pasaporte? – me quedé helada.

 Ya sabes que sí. Con motivo del viaje de fin de curso a Portugal, tuve que hacérmelo  contesté poniéndome nerviosa por tanta incertidumbre. 

Estaba confusa, pero el mutismo era absoluto. Volvimos a casa en la furgoneta (que lejos quedaban ya, los tiempos en que tirábamos del carro de madera) y no habló, tan solo tarareaba la melodía francesa que momentos antes me había cantado.

Cuando llegamos, mamá ya estaba. El olor que salía de la cocina no era común. Asomé la cabeza para saber cual era el aquel plato que desprendía aquel desconocido olor, y también para sonsacarle alguna pista sobre la noticia que papá se resignaba a darme. Mamá estaba en el baño, y yo miré el horno. Allí había alguna extraña cosa hecha con bechamel y gratinada. Al llegar la cocinera y verme extrañada con aquel plato, me dijo:

– ¿Sabes cómo se llama?… Croque-Madame y Croque-Mesieur  me respondió ella misma ante mi silencio. 

– ¿Dónde lo has aprendido?, ¿Quién te lo ha enseñado? – dije sorprendida.

 No lo sé. Es un plato francés, elegante y que llena bastante  dijo mientras se encaminaba hacia el comedor.

¿Qué era aquello? No entendía nada. Parecía un complot. Quizá venían nuestros primos franceses…, y con esta idea fui a preguntarle a mamá, quien con un gesto con la cabeza, me hizo entender que papá era quien debía darme todas las explicaciones.

 Hasta la cena  me respondió escuetamente.

Comencé a preparar la mesa. Aquella noche tan solo íbamos a cenar papá, mamá, José Luís y yo. El resto de la familia estaba dispersa entre campus universitarios, escuelas de hostelería y Carlos en casa de la novia.

Mamá dijo que sólo pusiera un plato plano y no dos como acostumbrábamos a hacer. El misterio estaba a punto de darse a conocer. José Luís bajó de su habitación y curiosamente se puso a jugar conmigo, cuando su normal proceder sería no hacerme ni caso. Me descolocaba los platos y los cubiertos que yo tan ordenadamente había puesto, y me los ponía todos en la esquina de la mesa en que solía sentarme yo.

– Debemos alimentar bien a la reportera, …aunque quizá a ti no te hace falta, porque ya eres suficientemente regordeta… decía, mientras yo le perseguía alrededor de la mesa por haberse metido con mi físico.

Nunca había estado gorda, pero tampoco era una sílfide. Mi aspecto no me preocupaba excesivamente (creía más en la belleza interior), y sólo tenía un cuidado especial por mi larga melena. Pero por lo demás no era excesivamente presumida, tenía un aire informal y algo «hippie».

Por fin nos sentamos en la mesa, y mamá nos trajo aquel nuevo plato con un olor increíblemente bueno. Aquello era como una especie de sándwich de pan de molde con jamón dulce y queso manchego, rehogados con una salsa bechamel que desprendía un suave aroma de cebolla y nuez moscada, con un huevo frito en todo lo alto y gratinado con queso parmesano. El aspecto era inmejorable y el sabor era aún mejor. Lo acompañamos con un vino blanco algo seco, pero exquisito.

Por unos momentos nadie hablaba en la mesa, todos estábamos gozando con aquel plato, hasta que no pude aguantar más y levantándome, dije:

 Este plato es maravilloso; hoy habéis sido más cariñosos que nunca conmigo y yo os lo agradezco de todo corazón, pero… decidme que pasa o explotaré – mientras ellos me miraban como esperando esta reacción.

Acto seguido José Luís sacó un recorte de periódico del buffet y me lo puso delante de mi. Allí se podía leer que en París se estaba gestando una revuelta estudiantil, que congregaba mucha gente y de distintos estratos sociales, incluso hasta movimientos de otros países, se lo habían tomado como una plataforma de actos reivindicativos de la juventud mundial. No sabía a que venía aquella noticia. Nada me encajaba. ¿Qué tenía que ver aquello conmigo? Mamá por su parte me dio una gorra de lana negra y una bufanda que tenía escondidas bajo la mesa:

Para el frío de primavera – me dijo emocionada.

Yo seguía inmóvil, hasta que papá sacó de un cajón del armario del comedor, unos billetes de tren. BARCELONA-PARÍS-BARCELONA, encabezaba aquella especie de billete. ¿La fecha?, el día siguiente (13 de mayo), ¿el nombre y apellidos?, los míos. El tren debía hacer trasbordo en Cerbère y continuaba directo hasta la Gare de Austerlitz, en París, en Francia, en… ¡Europa!

Después de ver mi cara de incredulidad papá me dijo:

 He llamado a un amigo mío del Noticiero Universal y he preguntado por la posibilidad de que pudieras hacer algún trabajo dentro del periódico, como reportera local. Mi sorpresa ha sido cuando me ha dicho que buscaba un ayudante que hablase francés y quisiera ir a cubrir la noticia de la «Revuelta de Mayo» y yo he pensado en ti -.

No pude articular ni una palabra, me quedé atónita. ¿Cómo podía ser, que mi padre me viera capacitada para una cosa como aquella? El era una persona activa, y su cariño por mi, era constatable, aunque a veces era demasiado reservado mostrando su interés hacia a sus hijos. No se me ocurrió otra manera de agradecerle aquel gesto que con un abrazo de aquellos que se recuerdan pasados los años. Me apretó fuertemente y yo no encontraba el momento de separarme de él. Entretanto, mamá sacó una botella de cava que teníamos en el frigorífico a la espera de alguna ocasión excepcional. Después de tanto suspense, acabamos brindando por mi primer trabajo como reportera «internacional».

Tuve que ir a pasear por los alrededores de casa un rato, porque mis nervios me impedían pensar con claridad. Necesitaba tranquilizarme, aquel tren salía de la estación de Francia a las 7’45h. de la mañana, y yo debía hacer las maletas, más bien dicho… la maleta. Un buen reportero lleva siempre poco peso encima. Pero más importante que preparar las cosas que debía llevarme, era ponerme en situación, y saber exactamente cuáles iban a ser mis funciones. Aquella noche, aunque mamá insistía en que ya lo haría camino de París, no pude ponerme a dormir sin saber alguna cosa más sobre los movimientos reivindicativos de aquella época y hojear los periódicos que siempre guardaba cautelosamente con menos de un mes de antigüedad. 

Aquellas horas pasaron, y sin prácticamente darme cuenta, ya estaba en la estación, conociendo a mi nuevo jefe de expedición, el Sr. Francisco Pujolrás, especialista en el área internacional del rotativo. Después de despedirme de forma breve pero efusiva de mis padres, tuve la sensación de que allí empezaba mi carrera y por tanto debía poner mis cinco sentidos, además de disfrutar y aprender tanto como pudiera. Durante el trayecto y después de cambiar de tren en la frontera, el Sr. Francisco, me puso al día de lo que íbamos a hacer. A medida que avanzábamos por el corazón de Francia, ya se hacían visibles las reacciones del pueblo con pancartas y algunos barullos en las estaciones que íbamos atravesando.

«Une barrette avec jambon» y una botella verde de «Perrier», calmaron nuestros estómagos, para finalmente llegar a la Gare de Austerlitz. Allí todo se aceleró. Nos esperaba un corresponsal de «Le Fígaro» (monsieur René) que, en el trayecto hasta Montparnasse, donde nos alojábamos, nos explicó las últimas novedades. Su Peugeot tuvo que hacer muchos zigzags entre multitudes ruidosas, fuerzas de orden pública y calles cortadas. Nos dejó en el hostal donde tomamos una ducha rápida, y sin perder ni un minuto, regresamos de nuevo hacia a la calle. 

Estaba nerviosa, sin miedo, pero nerviosa. Quería captar la realidad de la cuestión, fijarme en todos los detalles y poder ayudar tanto como pudiese. El Sr. Francisco llevaba una cámara de fotos, pero no era fotógrafo. Él decía que tan solo la utilizaba en momentos donde le sobrepasaran los acontecimientos y por tanto para ayudarse a detallar posteriormente, cosas que pudieran escapársele. No paraba de decirme que los ojos eran los que verdaderamente debían fotografiar y retener la noticia.

Yo iba detrás de él y alguna vez me hacía ir sola, o me enviaba a preguntar alguna cosa a personas que él creía que pudieran aportar alguna luz a aquel ambiente hostil. Tuvimos que correr delante de la policía, que no parecía tener ninguna intención de querer pedirnos nuestras acreditaciones de periodistas. Nos acercábamos lentamente a la Place de la Bastille. Aquello parecía de todo, menos el centro neurálgico de una ciudad puntera en Europa. Las pintadas en las paredes, los cascotes de quioscos o la rotura de todo el mobiliario urbano, era la imagen general que dominaba en aquella confluencia de calles.

El Sr. Francisco me envió de nuevo al hostal a recoger el teléfono de Renè que se había olvidado, y de paso también para recoger nuevos carretes de fotos nuevos. Cogí el metro, desviándome hasta la Porte d’Orleáns. El metro de París era un jeroglífico. Unos «piquetes informativos» facilitaban la entrada a la estación, sin tener que pagar el billete. Al llegar al hostal, teníamos un encargo de Renè; nos proponía encontrarnos a las 10h. de la noche, en un pequeño bar del barrio del Pigalle. Aquello parecía muy interesante, aproveché para coger la bufanda de mamá y acto seguido rehíce el camino de vuelta.

Cuando llegué cerca de la Bastille me encontré con el Sr. Francisco, con el que tuvimos que escondernos dentro de un Carrefour porque había enfrentamientos entre grupos de civiles con distintas ideologías en plena calle. Después de ver y oír romperse muchos escaparates, pudimos ir esquivándolos y empezar a encaminarnos en dirección hacia el barrio del Pigalle (la huelga de transportes ya era absoluta) y como la distancia a pie era larga cuando llegamos  ya había anochecido.

Aquel famoso vecindario parisino lleno de luces, ambiente y señoritas de la buena vida y donde el local del Moulin Rouge es el epicentro, estaba apagado y triste. El punto de encuentro era siniestro y oscuro, pero allí estaba Renè, comiéndose un bocadillo. Al llegar y casi murmurando, nos explicó que un amigo que le debía un favor, le había concertado una entrevista con Daniel Cohn-Bendit, el líder de la revuelta estudiantil. Aquello era una bomba, una auténtica exclusiva para nuestro periódico. Compraron unos bocadillos para matar el tiempo, pero yo fui incapaz de hincar ni un diente. No podía evitar mirar a un lado y a otro, en previsión de cualquier sorpresa desagradable.

De golpe y casi sin oírlos llegar, aparecieron tres hombres con un aspecto dantesco, que se pusieron a hablar acaloradamente con Renè. Aunque mi francés era bueno, la velocidad que utilizaban era excesiva para comprender que decían. Hicieron un gesto como para irse, pero dos segundos más tarde, Renè les gritó de nuevo, y se acercó de nuevo a ellos. Gesticulaban, hablaban y en un momento dado, se fueron dando la vuelta cada uno de los cuatro hombres mirándome… a mí. Yo me fui escondiendo detrás del Sr. Francisco. El reportero de «Le Figaro» vino hacia nosotros y dijo:

– Sólo hablarán con ella…- dijo mirando de reojo y medio sonriendo a sus interlocutores.

– ¿Por qué? – dijo el Sr. Francisco. Renè, girándose hacia el grupo de hombres, añadió:

– Ella es la más joven, y dudan que gente adulta y aburguesada como nosotros dos, entenderíamos el mensaje y por tanto podríamos deformar la información que nos dieran. Sólo se fían de ella…-.

 Se hizo un silencio sepulcral, pero los dos parecían esperar que una respuesta saliese de mi boca. Yo no sabía si temblaba de frío o de miedo. A mí, lógicamente, no me hacía ninguna gracia reunirme con aquellos hombres desconocidos. Estas situaciones improvisadas no se explican en las clases de la facultad. Respiré hondo y acepté el reto. Me dieron unas palmaditas tranquilizadoras en la espalda, en señal de que no pasaría nada y empezaron a asesorarme muy rápidamente sobre cómo y qué debía preguntar.

Acto seguido Renè me los presentó y me fui con ellos, para finalmente entrar en un siniestro portal donde, después de subir unas pocas escaleras que dejaban claro el tipo de gente que debía utilizarlas asiduamente, llamamos a una puerta. Los golpes se repitieron, pero esta vez, desde dentro, a lo cual mis acompañantes volvieron a responder de nuevo. Un gesto de extrañeza al vernos de la persona que nos había abierto, fue todo el saludo que recibimos. Una vez dentro y después de entrar en una habitación bastante lúgubre, nos sentamos en unas sillas antiguas.

Primero hablaron entre ellos. Eso me dio tiempo a serenarme un poco y a averiguar que, por el tono de voz que utilizaban, parecían satisfechos, probablemente por la repercusión social que habían logrado aquellas movilizaciones. Sin mediar presentación alguna, uno de ellos empezó a hablarme. Yo no había hecho ninguna pregunta, pero él se dirigió a mí para explicarme los puntos primordiales de sus reivindicaciones. No daba tiempo a escribir demasiado bien, pero yo estaba allí, intentando reproducir lo que estaba explicándome aquel individuo, nada menos que los pormenores de una revuelta multitudinaria. Los cigarrillos se encendían y apagaban a una velocidad inhabitual. El vino blanco servido en una clásica botella francesa, refrescaba su garganta, y tan solo después de corroborar lo que yo había escrito, me dejó preguntarle algunas cosas. Él, descubrió entonces, que mi origen no era precisamente francés (como tampoco lo era el suyo), y se interesó por averiguar mi lugar de residencia. Por unos momentos dudé en decírselo, por el estúpido temor que algún día se presentase en casa. Después de unos eternos segundos, dije tímidamente:

– Barcelone, Espagne –. Sorprendido por la respuesta, añadió: 

– Franco, c’est pas bon pour vous-. Mi cabeza asintió suavemente, y cuando me disponía a regresar al hilo de las preguntas, el sonido de un timbre antiguo, de rosca, de los que tenías que hacer girar para hacerlos sonar, hizo que el hombre que nos había abierto la puerta (Jean-Claude, le llamaban), entrara bruscamente en la habitación para hacernos callar. 

El miedo no me dejaba respirar. La tensión bloqueó todas las bocas y movimientos. Después de unos momentos de incertidumbre, volvieron a picar en la puerta de entrada, pero esta vez con la mano. El ritmo y la frecuencia de aquellos golpes eran similares a los utilizados por nosotros. Jean-Claude golpeó desde el interior, para posteriormente volver a escuchar un golpe desde el exterior. Todos soltaron un soplido de tranquilidad y encendieron de nuevo todos los cigarrillos. La persona que entraba se había equivocado, utilizando el timbre en lugar de los premeditados y estudiados golpes. Aquello dio por finalizada nuestra entrevista. Los ojos de Daniel Cohn-Bendit se clavaron en los míos. Eran expresivos, impactantes y llenos de ilusión. Aquel hombre te contagiaba su deseo. Sus compañeros me acompañaron hasta la puerta, y al salir tuve que cogerme al pasamano porque mis piernas me temblaban. Al llegar abajo, Renè y el Sr. Francisco me sacaron de las manos las notas que había cogido, para inmediatamente después, utilizar los teléfonos públicos que había en la esquina, mientras yo me quedaba sentada en el último escalón de aquella ya, emblemática escalera parisiense.

El cansancio se apoderó de mí rápidamente, llevaba prácticamente 24h. sin dormir, y con una emoción tras otra. Un taxi nos acercó al hostal, donde tras una ducha caliente pero incómoda (ya que el baño estaba en medio del pasillo), me metí dentro de la cama.

Con la sensación de haber dormido poco rato y con la luz de un nuevo día, el Sr. Francisco llamó a mi puerta. Llevaba el desayuno en las manos (un croissant, el café con leche y el periódico). Me había dejado dormir hasta las once de la mañana y yo ni me había dado cuenta. Después puso la bandeja sobre mi cama, y dijo:

– Ahora come bien y descansa un poco. Ayer hiciste un gran trabajo y no hemos de ir al aeropuerto hasta la una del mediodía-

– ¿Al aeropuerto? ¡Si vinimos en tren! ¿Es que ya regresamos a casa? –pregunté sorprendida.

– No. Pero si tu inglés es suficientemente bueno y te atreves, cogemos un avión hacia Atlanta en Estados Unidos. Allí hay una convocatoria en memoria de Martin Luther-King, muerto recientemente, y parece que se prevén grandes enfrentamientos entre negros y blancos, entre demócratas y republicanos- dijo con toda naturalidad mientras salía de mi habitación.

¿Cómo? ¿Qué yo iba a Estados Unidos? Aquello ya era demasiado. Opté por desayunar y hojear un poco el periódico. Este era ya, el Noticiero Universal, que acababa de llegar a París. Después de abrir por la última página como siempre hacía, miré si decía alguna cosa sobre nuestra noticia. No solo lo decía, sino que en el encabezamiento ponía el nombre del Sr. Francisco y… el mío. Mi nombre entero. ¡Yo! ¡Yo estaba allí! El café con leche manchó las sábanas, pero la sorpresa lo merecía. Repasé palabra por palabra la entrevista, y era fiel a mis apuntes. Era extraordinario. Era increíble. Cogí el diario y lo estrujé como si de un recién nacido se tratara. Después de unos momentos, cerré los ojos de felicidad, me tapé bajo las sábanas de color café, y bostezando con una sonrisa en mis labios, pude dormirme intentando recapitular todas aquellas nuevas sensaciones… de las últimas horas.  

Me desperté notando que alguien estaba hurgando en mis pies. Era Bruce. Me di la vuelta hacia el despertador y éste ya había sonado. Me había dormido y Bruce me estaba avisando mordiéndome suavemente los pies. ¡Sin embargo, un momento! Aquello ni era París, ni era yo ninguna jovencita. Había vuelto a soñar, y era un sueño parecido al de hacía dos noches, real, palpable, creíble. Había sido una experiencia magnífica, mi cuerpo aún estaba rígido por las emociones vividas. Era capaz de describir con exactitud el tono de las luces, la suciedad del portal, y hasta el aspecto del Sr. Francisco. Pero lo más grave del asunto era que yo, había estudiado derecho y no periodismo. Mi padre siempre decía que debía haber un abogado en la familia, y que yo tenía todas las condiciones para llegar a serlo.  Hubo una especie de chantaje afectivo por parte de mi progenitor. Recuerdo perfectamente su indiferencia cuando me atreví a decir, que mi verdadera vocación era la de periodista. Pasaron muchos días sin que mi padre me hablase. Aquella situación me bloqueaba y presionaba. No pude, por tanto, escoger, y finalmente me rendí y decidí obedecer al jefe de la familia. Aquello marcó mi vida. Mi trabajo actual es interesante, pero nunca me he identificado plenamente, y siempre me quedará la duda de saber si esto hubiera sido así, en el caso de haber sido periodista.

En cualquier caso, la experiencia que acababa de vivir era difícil de explicar a otras personas. Me sentía feliz. Feliz como hacía tiempo que no me sentía. No podía estar más tiempo en la cama, y de un salto puse pies en el suelo. En la radio sonaban los Carpenters con quien formé un trío inverosímil. Utilizaba el mango de la ducha como micrófono improvisado, y mi movimiento de pies lo hubiese envidiado la mismísima Ginger Rogers. No pude resistir la tentación de subir el volumen de la radio. Al regresar a la habitación, Alberto estaba balbuceando por el ruido que salía del baño. Después de despertar a mis pequeñas fieras, hice una carrera con el Bruce hasta el coche.

Al sentarme dentro, cogí uno de aquellos caramelos de Tafalla que siempre llevaba dentro de la guantera, encendí la radio y medio silbando arranqué el vehículo. En un santiamén me presenté dentro de la gran urbe. Aquel día me daba la sensación de que había menos tránsito o que habían ensanchado las calles. Al entrar en el edificio, incluso aquel portero seco y arisco que nunca me saludaba, tuvo el detalle de aguantarme la puerta del ascensor, cuando generalmente, no tenía ningún miramiento, hacia a los «señoritingos» (como sabíamos que nos llamaba a los que trabajábamos en el bufete).

Una mañana más o menos plácida redondeó aquella jornada. Todos habían notado mi estado de felicidad. Al mediodía fui a comer al restaurante del Sr. Manolo que estaba en la misma esquina. Allí podía analizar con más tranquilidad lo que me había pasado aquella noche, y unas noches atrás. Nunca había soñado de esa manera tan palpable. Sí había tenido sueños inconexos, sí pesadillas o sueños fugaces, pero nunca con la contundencia de estos y no comprendía que era lo que lo originaba. La noche anterior había seguido paso a paso cada uno de los movimientos que hacía dos, y sin embargo no había podido vivir la experiencia de esta última. ¿Dónde estaba la diferencia? ¿Quizá en la comida? ¿Quizá mi estado de ánimo? No sabía por qué, pero no creía que fuera nada de eso lo que originase aquella reacción. Un postre de músico para acabar de comer, dio por finalizado aquel almuerzo, y de esta manera regresé hacia a la oficina. 

Era difícil abstraerse de aquello que había soñado, pero debía calmarme, nunca había permitido que mi vida personal alterara mi vida profesional y en este caso de ser así, originaria un conflicto de competencias entre dos empresas del mismo ramo, que era de lo que me estaba ocupando. Pero de pronto, y sin saber porqué, se me ocurrió que el motivo de aquellos sueños, tuvieran algo que ver con la postura que utilizaba para dormir. Quizá sin saberlo presionaba algún nervio que estimulaba mis «neuronas» y me provocaban esos sueños inexplicables. Después de un café a media tarde, di por finalizada aquella extraña jornada laboral de jueves. De vuelta a casa, me acompañó Nieves, quien debía ir hasta Cerdanyola por temas familiares y yo me ofrecí a desviarme hasta allí.

Tras dejarla, pude parar a visitar a mi madre. Era jueves, Pol y Nuria les tocaba clase de inglés. Al entrar en casa de mis padres, siempre me sobrevenían un buen número de recuerdos. No sabía nunca que lo originaba exactamente, si era el olor de los muebles, de los rincones, de la humedad o del viejo piano, pero ese aroma era peculiar. Como era habitual, papá no estaba. Mi madre, después de haber limpiado toda la casa, y dejarla en perfecto estado de revista, se había permitido el lujo de hojear un nuevo libro (poniendo a prueba su cansada vista). Nunca le habían gustado esas revistas de habladurías que un gran número de personas leían, ni tampoco los libros con final rosa obligado. Prefería libros sobre vivencias de personas comunes, de personas como ella, pero no hacía ascos a cualquier otro tipo de lectura. Era curioso ver como una persona con todo lo que ella había vivido, aún quisiese aprender nuevos matices, nuevas perspectivas de las cosas, nuevas experiencias. Su capacidad de no pararse, de evolucionar y modernizarse, me daba envidia, porque a veces yo me encontraba inmóvil, bloqueada, como si hubiese tocado techo, cuando sabía perfectamente que no era así. Después de ponernos al día de todas las novedades familiares, quise explicarle lo que me sucedía desde hacía algunas noches. No estaba segura de como respondería. Primero no le dio demasiada importancia, pero más tarde empezó a interesarse por el contenido y las circunstancias que provocaban aquella reacción. Después de haberle detallado todo, empezó a entender lo que significaba todo aquello para mí. Estaba viviendo situaciones que hubiese deseado vivir antes, y que por unos u otros motivos nunca había alcanzado a vivir. Al acabar, mamá, que a medida que había ido avanzando la conversación había ido cambiando de cara, se puso seria para decirme: 

– Esta charla ya la he tenido yo con alguien. Todo esto ya lo he escuchado antes, pero no sé con quién. Y lo peor es que no sé cómo acabó. Pero, ¿quién era? –. me dijo misteriosamente.

¿Qué quería decir? ¿Qué conocía a alguien con el mismo «problema»? ¿Quizá alguna amiga? Quizá sólo lo decía para tranquilizarme. En cualquier caso, aquel intercambio de información había sido muy largo, y mi madre se había dejado ir, explicándome algunas cosas que no habían salido nunca de sus labios hasta entonces.  Quedamos para otro día, y así de paso poder mantenerla al corriente de mis sueños. Aquel ambiente íntimo no lo habíamos tenido nunca antes, y valía la pena no perderlo.

Un perro entusiasmado me recibió en la puerta de mi casa. Bruce pasaba muchas horas solo, y cuando llegábamos cualquiera de nosotros nos hacía una generosa bienvenida. Corría, brincaba y ladraba suavemente de alegría. Nada más llegar a casa subí a mi habitación, y no vi nada anormal. Hice la cama a la espera de una noche que me transportase de nuevo a rememorar viejas experiencias.

Momentos después llegaron los niños. Era curioso ver como venían juntos, intercambiando palabras en el idioma de Shakeaspeare, y compitiendo para ver quien sabía más. Fui hacia la cocina para preparar la cena. Al entrar, y estar rodeada de los electrodomésticos, me di cuenta que no sabía qué hacer. En momentos como aquellos, pensaba en lo infravalorada que estaba la faena de las amas de casa. Para preparar la cena debía tener en cuenta: los gustos de cada uno, de no repetir los platos durante la semana, de haber comprado todo el necesario el sábado anterior, de no coincidir con lo que hubieran comido en la escuela y en la fábrica, del tiempo que tenía para cocinar, y de muchos otros detalles que se escapan a toda persona que no este acostumbrada a cocinar para otra diariamente. Lo resolví con una tortilla de patatas y pan con tomate, acompañado de todo tipo de embutidos. Como postre, unas manzanas al horno darían un aire más especial a la velada. Aquel tipo de comida gustaba a los niños, y era apostar sobre seguro.

Alberto intentó ayudar a Nuria con sus deberes después de cenar, pero las fórmulas que utilizábamos todos los de nuestra generación para averiguar coeficientes o para resolver cuestiones aritméticas, ahora ya no eran iguales, ni mucho menos. El resultado final era el mismo, pero para llegar, el procedimiento era distinto, probablemente mejor, pero ella no podía aprender dos formas diferentes de hacerlo. Así pues, Alberto abandonó rápidamente el intento y se instaló cómodamente en el sofá, donde tras arreglar un poco la cocina, también me senté yo.

Estábamos viendo un debate televisivo sobre el origen de la guerra del Golfo Pérsico, y sobre la manipulación de la información que nos llegaba mediante la televisión y los periódicos. Aquello era muy interesante, pero me parecía que, como muchos otros programas, la caja tonta limitaba nuestra comunicación. Yo estaba a su lado, pero él ignoraba a toda persona que estuviera allí. Ninguna caricia, ningún masaje y casi ningún comentario. Me acerqué a él, pero no fui capaz de provocarle ninguna reacción «espontánea» de ternura (yo hubiera tenido suficiente con que me abrazase o que simplemente me hubiese cogido la mano mientras veíamos el reportaje). Además, yo siempre me dormía a los cinco minutos. Así pues, y para no exigir nada que no le saliera del alma, saqué a pasear a Bruce. La noche era estrellada, a la luna le faltaban tres noches más para ser completamente redonda. Con la luna me parecía tener cierta complicidad, y cada noche al verla no podía evitar guiñarle el ojo (con ambos ojos evidentemente, porque no sabía hacerlo con uno solo).    En las zonas con menos luz de la calle se podían contar cada una de las estrellas. El cielo estaba claro y nítido. El olor de humedad que desprendían el césped y los árboles, era todo un lujo para gente como nosotros que vivimos tan cerca de una gran ciudad. Bruce flirteó momentáneamente con una de las perras del final de la calle, pero tras un ligero escarceo entre ambos, regresamos a casa.

Al llegar, Alberto aún estaba en el comedor, y los niños estaban en sus habitaciones. El leyendo un libro de la escuela y la otra escuchando música desde sus auriculares. Di un beso a Alberto, para inmediatamente después ir a la habitación. 

Todo estaba a oscuras, pero la claridad que desprendía la luna, era suficiente como para no necesitar encender las luces. La cama estaba hecha, y al meterme bajo las sábanas y las mantas, noté que estas estaban frías, pero confortables. La postura en la que había estado pensando por la mañana era fácil de hacer. Demasiado fácil como para que este fuera el motivo de mis viajes nocturnos. 15 minutos después de haberme acostado, ya pensaba que me pasaría como la noche en que no pude dormir. Pero lentamente me fui hundiendo bajo las mantas, y sin darme cuenta, me dejé atrapar por los dioses de la noche.

Cap.3 La Wolkswagen, Bill y Sussie…

            Nos disponíamos a hacer la última etapa. Baton Rouge-New Orleáns. Desde Illinois hasta Louisiana habíamos atravesado cuatro estados y no sabría cuál me había gustado más. Desde pequeña había soñado navegar por el río Mississippi, como hacían Tom Sawyer y sus compañeros de aventuras, y ahora con veintinueve años podía más o menos permitírmelo. Llevaba catorce días en Estados Unidos, y parecía que fuera ayer cuando llegaba al Chicago Airport. 

Mi llegada a Chicago me dio algo de miedo. Era mi primer viaje en solitario, y además al otro lado del Atlántico. Pero desde el momento en que llegué, la gente había sido muy amable conmigo. En la aduana, un policía de aspecto duro, se convirtió en un dulce funcionario que se esforzaba por entenderme. Incluso llegó a indicarme como llegar hasta el centro de la ciudad en transporte público. 

Al salir del «metro» me sorprendieron los altos rascacielos, de estos que tan solo vemos en las películas y que cuando estás debajo, impresionan absolutamente. El sonido característico de taxis y coches de policía, las luces intermitentes de la publicidad por encima de las grandes avenidas, y las oleadas de gente que salían de trabajar y que caminaban a una velocidad anormal, fueron las primeras instantáneas que recuerdo de este peculiar país. El hostal de juventud, el YMCA de la calle treinta, fue un hallazgo clave en el desarrollo de mi viaje por los Estados Unidos. El lugar era extremadamente sencillo, pero para mí lo menos importante era la comodidad. Después de situarme y de tomar una ducha muy caliente, me dispuse a descubrir la ciudad de Al Capone, del gigantesco Lago Michigan y de los grandes extremos. El edificio más alto y el acuario más grande del mundo, o las temperaturas más extremas del país (60º bajo cero en invierno y 40º por encima en verano) ilustran claramente los contrastes de esta maravillosa ciudad.

El hecho de comenzar mi viaje en Chicago, venía motivado por su proximidad con el río Mississippi desde su nacimiento en Minnesota. Al salir de la habitación vi que había grupos de jóvenes de diferentes países en el «hall» del hostal. No me acerqué en aquel momento, pero al regresar por la noche, después de haber tomado un bocadillo típicamente americano, de aquellos que a duras penas te caben en la boca, fui a sentarme donde había visto aquellos grupos de gente. No pasó mucho rato sin que uno de aquellos chicos viniera a pedirme fuego y a invitarme a sentarme entre ellos. Conocí a gente muy curiosa y de muchos rincones del globo. Uno de ellos, al saber mis intenciones con respecto al viaje, me sugirió que pusiera dicha propuesta en el tablón de anuncios que había en recepción. Me pareció una buena idea, y por tanto escribí una nota donde se podía leer “¿Quiero bajar por el Mississippi hasta el Caribe, haces el mismo camino? Habitación 1510«. Me reincorporé con mis nuevos amigos, donde tras intentar ubicarles Barcelona en el mapa, ya que pensaban que estaba en el sur de Francia o al norte de Italia, me dirigí a mi habitación.

Fue por la mañana, alrededor de las 9, cuando alguien llamó a la puerta de mi dormitorio con una contundencia inhabitual. Primero no sabía ni dónde estaba. Después de centrarme y reconocer mi entorno, reaccioné cuando volvieron a golpear en la puerta. Sin darme cuenta exactamente del lugar en el que me encontraba, pregunté con mi catalán de comarcas:

– Qui és?

Primero se hizo un silencio, para acto seguido oír como cruzaban unas palabras de sorpresa al otro lado de la puerta. La abrí y allí plantados había una pareja. Ella rubia y gordita, y él espigado con gafas y cabellos blanquecinos.

 My name is Bill and her name is Sussie -, dijeron como recordándome que estábamos en el país del tío Sam y aparentando ganas de hablar.  Reaccioné, y con mi inglés peculiar me presenté y les pedí que me esperasen en el hall del YMCA mientras yo me vestía mínimamente. Un cepillado a mis largos cabellos, un jersey largo e informal, y mi cinta de plumas de la cabeza seria suficiente.

Bajé y allí estaban los dos. Formaban una pareja bien curiosa.

– Ayer leímos tu nota, y nos gustaría hacer el camino contigo hasta New Orleáns. Yo vengo de Salem, New York. Y ella es de Copenhague, Dinamarca –, me dijeron ilusionados con la idea de ir hacia el sur juntos.

 Era curioso, tan solo hacía unas horas que estaba en Estados Unidos y ya tenía dos compañeros de aventuras. En ningún momento tuve miedo de hacer el trayecto con aquellos desconocidos. No solo no tenía ningún inconveniente, sino que hasta me estimulaba el hecho de ser un trío tan curioso.

Nos separamos para buscar información sobre el alquiler de coches, para comprar planos, para buscar direcciones de hostales y algo de comer para los primeros kilómetros.  Hacia el mediodía nos encontramos en la puerta del YMCA, Sussie y yo, pero el hombre del grupo no había llegado. Aún no habían pasado ni cinco minutos de la hora estipulada, cuando oímos una bocina destartalada sonar desde más abajo de la calle 29. Era Bill, y venía conduciendo una furgoneta volkswagen de color amarillo pastel con techo alto y blanco, y matricula de Arizona 2141BM (nunca la olvidaré). Aquello era un hallazgo, porque a pesar de su aspecto algo escandaloso, su techo alto, permitiría teóricamente dormir en su interior. Por la noche con los mapas delante, decidimos qué ruta seguir, siempre eso sí, paralela al río Mississippi.

Y desde aquel día hasta hoy, todo ha pasado muy rápido. Estos catorce días que llevamos juntos han sido maravillosos y difícilmente repetibles por el entorno y las circunstancias que nos han rodeado. La lluvia traidora, los pinchazos de rueda, los “autoestopistas” peculiares que íbamos recogiendo por el trayecto, las discusiones de Sussie con los camioneros sinvergonzones, las descomposiciones estomacales de Bill o mis manías por salir puntuales de cada lugar donde parábamos, eran algunas de las peripecias vividas estos inolvidables días.

Ahora estamos a punto de llegar a New Orleáns, tierra de ritmo, de carnavales y de Jazz. Tierra de plantaciones y de algodón, de misterios y de antiguas discriminaciones. Tierra de aroma francés, tierra de «bayous»(*), …de antiguos barcos de vapor y del majestuoso río Mississippi.

Contábamos por horas el tiempo que quedaba para separarnos. Era una extraña sensación, porque llegábamos al fin del viaje, y eso suponía que descubriríamos la capital de este mítico río, pero al mismo tiempo significaba que debíamos regresar a nuestras respectivas obligaciones. Era en momentos como éstos, te gustaría que la vida fuera unas vacaciones constantes. 

(*) bayous: ciénagas de agua dulce de difícil acceso, con vegetación muy frondosa y árboles que crecen al revés (con las ramas sobre del agua), con cocodrilos y otros animales salvajes.

El hecho de tener que separarnos pesaba más que las ganas de llegar a la tierra de Tom Sawyer. Tuve que ser yo quien rompiese con la tristeza que se nos estaba apoderando, y propusiese un baño de «purificación» justo cuando nos faltaban pocos kilómetros para llegar a New Orleáns. Aquello parecía no entusiasmar excesivamente a mis compañeros, pero por no discutir secunda-ron mi idea. Al llegar a un recodo cerca del río, cogimos una pelota y nos acercarnos al agua. Viendo que no reaccionaban a mi propuesta del baño, subí a una pequeña roca y me puse a cantar al mismo tiempo que me iba quitando todas las prendas que llevaba encima, haciéndolo lo más eróticamente posible. Imaginaba estar en un cabaret nocturno. El silencio de mis apáticos espectadores se convirtió en risas y silbidos de admiración por mi atrevimiento. Tras lo cual me zambullí dentro el río. Aquello espoleó a mis amigos, que me imitaron entre risas y desnudándose de forma divertida. Yo regresé a la furgoneta para subir el volumen de la radio, estaban sonando los Eagles y su «Take it easy». Aquello merecía bailarlo, y fotografiarlo, y por tanto cogí la cámara con trípode que nos había vendido un simpático contrabandista de Memphis y la preparé para hacer la foto automáticamente, tras lo cual, corrí a ponerme entre mis «impúdicos» amigos de aventuras. Entre fotos, música y algo de whisky (bourbon más concretamente), subimos los ánimos para llegar al centro de la ciudad.

Eran las once de la mañana cuando aparcábamos nuestra entrañable furgoneta lo más cerca posible del puerto. Lo primero que hicimos fue ir a almorzar algo típico de la ciudad. No muy lejos de allí descubrimos sus «beignets», que eran una especie de donuts acompañados de chocolate deshecho, que me recordó a las meriendas que hacíamos en una granja de Cardedeu, «El Melindre», mis amigos y yo, cuando se acercaba el invierno. Aquello nos dio fuerzas para organizar nuestro último día. Mientras lo hacíamos, una pandilla de «negritos», con el cabello rizado y ropa más llamativa que buena, se pusieron a bailar claque de una forma extraordinaria. Sus pies se movían a una velocidad vertiginosa y con una elegancia difícil de explicar. Rápidamente se formó un círculo de curiosos espectadores urbanos. Aquello merecía un premio, y antes de que ellos mismos lo hicieran, Bill, el tímido de Bill, cogió mi sombrero de fieltro negro que me había regalado mi hermana, y comenzó a exigir, (más que pedir), dinero para aquel cuarteto tan bien conjuntado.  Recogió muchos dólares, y acabó, después de entregárselo a los bailarines, haciendo unos pasos de claque con sus alpargatas de montaña.

Después de aquella exhibición, cogimos la volkswagen para ir a ver una de aquellas antiguas plantaciones de algodón. Aquello estaba a las afueras de la ciudad, y estaba conservado de tal forma, que realmente te trasladaba a las épocas coloniales, donde antiguamente el color de la piel era un grado o un castigo. Solo faltaba que apareciera la «señorita Escarlata» de – Lo que el viento se llevó- con Clark Gable y Vivian Leigh. Más tarde, y después de un par de carretes de fotos, nos dirigimos hacia uno de aquellos inaccesibles bayous.

Llegamos cerca de una especie de río, y allí cogimos una barca que nos adentró río tierra adentro. A medida que avanzábamos, la espesura de los árboles y el color oscuro del agua, iban cambiando. Al cabo de unos minutos, Henry (el amo del trasbordador), nos indicó que no sacáramos los brazos por encima de la barandilla de la barcaza. Aquello atemorizó a alguno, pero dudábamos de su rigurosidad. Al ver nuestra cara de incredulidad, el capitán de aquel barco no tuvo ningún reparo en desobedecer sus propias órdenes, y de un salto, puso una de sus piernas por fuera de la barca. Parecía más un golpe de teatro, que una demostración de nada, pero de pronto, y sin haberlo visto antes, apareció la boca dentellada de un fenomenal cocodrilo (un aligator, más concretamente), que intentó morder a aquel experto marinero. Mi grito de terror me salió de las entrañas. Fue tal el susto, que una pasajera de Canadá cayó mareada por el impacto de la emoción. Nadie osó decir nada más. Todos sin embargo, nos juntamos silenciosamente en el medio de la embarcación, como si hiciéramos cola para ir al cine. El espectáculo que comenzábamos a ver era dantesco. Animales que corrían por detrás de aquella especie de jungla que bordeaba el río y al mismo ritmo que llevaba nuestra barca, como a la espera de una avería en nuestro motor o cualquier otro problema. Más adelante vimos otra cosa muy característica de los bayous, eran sus árboles al revés. Las ramas estaban fuera del nivel del agua, y aquella imagen no tenía fin. Todo el horizonte estaba lleno. Eran muchos las veces que la barcaza rozaba aquellas intimidadoras ramas, que hacían compañía a cocodrilos, tortugas y otras especies de difícil catalogación. Henry dijo que nunca en la vida se debía ir de noche por aquellos tétricos parajes, pero que muchas eran las personas experimentadas que, a cambio de un buen puñado de dólares, habían violado aquel consejo, y de las cuales nunca más se había tenido noticias.

Ya de vuelta y algo más relajados (que no confiados), pudimos hacer algunas fotos, aunque la estabilidad de la barca no permitía grandes filigranas.

Aquella experiencia nos abrió el hambre, y cerca de allí, y por recomendación de Henry, probamos un plato típico conocido como «cajoun». Era una combinación de pescado y marisco, donde predominaban la langosta y la fuerte condimentación que ponían. Al acabar, y después de charlar un poco con los propietarios de aquel peculiar local, regresamos a la ciudad, para finalmente acabar en los márgenes del río.

Por los alrededores del río Mississippi había unos confortables bancos de madera que invitaban a hacer una siesta gloriosa (de aquellas que me gustan tanto hacer a mí). Un buen rato más tarde, el sonido lejano de un saxo melancólico me despertó. Bill y Sussie aún dormían. El sol empezaba a desaparecer tiernamente, como pidiendo disculpas. Aquella puesta de sol, era magnífica y por eso fui despertando a mis compañeros, no quería que se perdieran aquella majestuosa postal. Sólo una familia de color, con los padres y sus tres hijos enturbió un poco aquel instante. El padre no paraba de recomendar que nadie se acercara excesivamente al río. Pero fue él, quien pretendiendo que le hicieran una foto, lo más natural posible (sin mirar a la cámara), quien cayó de lleno al río. Tras un momento de silencio, toda la familia se puso a reír escandalosamente, con sus amplias dentaduras blancas, mientras el padre salía totalmente mojado y balbuceando alguna cosa ininteligible.

Aquel descanso nos había ido muy bien a todos, y decidimos cambiarnos de ropa e ir coger uno de aquellos antiguos barcos de vapor blancos, que recorrían el mítico río durante dos horas y media, con cena y música a bordo.

Nadie había dicho nada en concreto, pero todos nos acicalamos como si a una fiesta de compromiso asistiéramos. Sussie presentaba un aspecto de película. Bill y yo nos miramos, con cara de incredulidad, preguntándonos donde había estado escondido aquel bonito vestido. No lo habíamos visto en todo el viaje, y su equipaje no abultaba más de una maleta… Su cara de mejillas rojas por los crudos inviernos del norte de Europa, hacían conjunto con aquella vestimenta blanca y transparente que llevaba la damisela del grupo. Bill mucho más americano, apostó por una indumentaria más clásica, pero con un toque de brillantina en su cabello, que le daba un aspecto de conquistador inhabitual en él. Solo aquellas «camperas» tejanas rompían algo aquella imagen tan simpática. Yo por mi lado, tenía bien poco donde escoger, porque había utilizado las “mejores” prendas de vestir en anteriores ocasiones, sin llegar a imaginar un final de viaje tan redondo.  Solo un mono de bambula violeta, la cinta de plumas para mi largo cabello y las abarcas menorquinas, habían sido las únicas prendas supervivientes de aquel ajetreado viaje. Toda aquella combinación me daba, según mis compañeros, una imagen joven, algo «hippie» y tierna. Yo tan solo quería aprovechar aquella noche como si fuera la última, y así nos lo propusimos los tres antes de subir al barco de vapor que nos transportaría hacia el pasado.

Lo primero que hicimos fue inspeccionar toda la embarcación. Su decoración estaba llena de detalles, de fotos de otras épocas más rutilantes que la actual. De famosos pasajeros que habían utilizado aquel emblemático transporte, e incluso disponía de una foto de quien se decía fue en realidad Tom Sawyer. La gente, la mayoría forasteros como nosotros, también parecían excitados como si fuera un crucero lo que iban a hacer. Nosotros decidimos ponernos en la popa del barco, y desde allí ver los últimos rayos de sol que provocaban que el cielo se tiñera de un color entre rojizo y oscuro. La brisa que sobrevolaba el río acariciaba nuestros rostros de una forma tímida. Estábamos los tres juntos, como si no hubiese más espacio en el mundo. Sin proponérnoslo estábamos cogidos y entrelazados unos a otros y con la vista perdida en el horizonte. Queríamos absorber cada momento. Nadie decía nada, pero todos sabíamos de lo irrepetible de aquellos instantes. De pronto Sussie se levantó y nos dio dos besos a cada uno, para después darnos las gracias por ser como éramos. Bill no pudo reprimir unas lágrimas de impotencia, y yo preferí no decir nada y abrazarlos tan fuerte como podían mis brazos.

Fue un camarero, vestido impecablemente, quien nos hizo saber que en el interior empezaba a repartirse la cena. Una vez dentro, nos sentamos en una mesa que estaba muy cerca del lugar donde posiblemente tocaba la banda de música. La comida era demasiado sofisticada para nuestros mundanos paladares, y la cantidad de cubiertos eran un auténtico jeroglífico, para alguien que ha comido los últimos quince días un bocadillo tras otro como dieta más habitual. El hecho de ser buffet libre facilitaba algo la selección. 

Mientras comíamos los postres, aparecieron un grupo de hombres mayores y de color que también parecían sacados de una película de los años 50. Desde el primer momento, cuando ya estaban afinando la trompeta o el contrabajo, ya se vio que desprendían un ritmo y encanto especiales que te hacían mover los pies involuntariamente. Fue el hombre más gordo y de cabello canoso quien se puso de pie y con una voz grave, ronca y deteriorada (aparentemente) por el paso de los años y el humo de los clubes de jazz más desconocidos, quien dirigió unas palabras de agradecimiento y también para hacernos saber que desde aquel momento pasábamos a ser parte de la historia de aquel romántico barco.

Con un suave golpe de batería, acompañando las primeras notas del siempre armonioso saxo y la suave guitarra de fondo, iniciaron aquel inolvidable recital. En un santiamén la gente se animó a salir a aquella pequeña pista de baile. Yo que soy una ansiosa bailarina, no di tiempo a Bill a renunciar a mi propuesta de baile. Parecíamos haber practicado toda la vida. Quizá era el movimiento de aquella embarcación de vapor, quizá era el vino espumoso que habíamos bebido o quizá aquella música dulcemente interpretada por aquel conjunto, pero los pies se movían sin querer. Sussie se añadió y los tres (otra vez los tres de nuevo), formamos una piña difícil de igualar. Al comenzar una nueva pieza, los dejé bailar a los dos solos. Me senté y no pude quitarles los ojos de encima, a aquel par de personajes que tan bien me habían hecho sentir en poco menos de dos semanas.  Después, mis pies se dirigieron hacia el pasillo de cubierta en el exterior, donde ya era noche cerrada. Tan solo las bombillas de las sencillas casas que bordeaban el río, la tenue iluminación de los puentes que íbamos dejando atrás y la luz de una luna que poco a poco se iba haciendo espacio en la oscuridad, permitían distinguir algunas cosas entre aquella oscuridad. ¿Como era posible que la gente pasemos por esta vida sin ver y vivir aquellas sensaciones?

Bill saco la cabeza por la puerta y me gritó acaloradamente para que entrara de nuevo. Una vez en el interior, me quedé de piedra cuando vi a Sussie haciendo pareja con aquel “doble” de Louis Amstrong de la orquesta. Él la tenía cogida por la cintura y ella se mostraba relajada cantando ante todos los allí presentes. Los dos, allí puestos, formaban una pareja singular… una atípica combinación. Ella tan blanquita y con voz dulce, y él negro como el carbón y con una voz grave que le salía del estómago.  Fue en ese momento cuando pensé que aquel viaje nos había desinhibido a los tres, que nos había hecho sacar nuestro yo oculto que todos llevamos escondidos en el interior. Aquello, caso de ser cierto, era espléndido. 

Después de escuchar aquel par tan peculiar, el grupo se puso a cantar y tocar una melodía de jazz muy conocida, y que había sido banda sonora de una antigua película. Bill me cogió por la espalda y me lanzó al aire como si no pesara nada. La gente, sorprendida por aquel inesperado detalle, hizo un círculo para incitarnos a continuar con aquella exhibición. Yo no me corté, y me dejé llevar por aquel ritmo tan penetrante. Bill se encontraba inspirado, fuerte, contento y ágil, y de esta forma me hizo pasar bailando por debajo de sus piernas, volar por encima de su cabeza y hacer piruetas muy peligrosas que la gente agradecía con silbidos y aplausos. Al finalizar aquella corta exhibición, nos pusimos a animar a la gente que nos rodeaba a bailar con nosotros. Bill lo hizo con una mujer a quien su marido no sacaba a bailar y que pedía a gritos con sus ojos de felicidad lo hicieran, y yo lo hice con un chico tímido que ni se atrevía a mirarme a los ojos, pero que una vez en la pista, bailaba como si de un profesional se tratase. De reojo pude ver que Sussie seguía haciéndolo con el líder de la banda.

«What a wonderful world» de Louis Amstrong fue la última pieza interpretada mientras el barco llegaba después de dos horas y media, al mismo punto de salida. Aquella velada había sido magnífica y cautivadora.     

A la salida, todos los pasajeros lo hacían alborozadamente, con pena por la brevedad del trayecto, pero contentos con la experiencia. Nosotros dirigimos nuestros pasos hacia la calle con más encanto de toda la ciudad, la calle Bourbon Street, conocida básicamente por los famosos desfiles de carnavales y sus farolas torcidas. Allí se concentraban los locales más ruidosos del estado de New Orleáns. El espectáculo no estaba tan solo en el interior de los bares, pubs o casinos, sino que en medio de la calle ya podíamos escuchar notas de trompeta, ver grupos de equilibristas, vestidos de payasos, pintores, caricaturistas y vendedores ambulantes.

El funky era la música que más se bailaba, y la bebida más de moda era una bautizada como Hurricane (naturalmente fuerte como todos los productos autóctonos). Nosotros, después de entrar en algunos de estos locales donde es imposible conversar, preferimos ir a una cueva de jazz. Allí el ambiente era más intimista. Las velas de las mesas y el olor de humedad que desprendían aquellos techos ovalados, fueron nuestra bienvenida.

En el escenario había un grupo de músicos con un solista a la trompeta, que curiosamente tocaba de espaldas al público. Era fácil, escuchando aquella música y con un entorno como aquel, abandonarse y olvidar todas las penas que diariamente nos envuelven. Eché una ojeada por las mesas, y pude ver que allí había parejas y grupos de todo tipo. Jóvenes llenos de ilusión y ganas de aprender en sus ojos. Y mayores, con la nostalgia y deseosos de revivir viejas sensaciones. Grupos de amigos con la creatividad como doctrina y con el aspecto de ser actores de teatro, profesores de baile, pintores o gente de estas características que tan difícil son de encontrar en una sociedad tan profesionalizada y competitiva como la nuestra.

Los camareros también me parecían gente debidamente seleccionada, que disfrutaban desempeñando aquella labor y que hacían más confortable, si cabe, el ambiente. El responsable del local se distinguía claramente, no por su ostentación, y sí por la humildad con la que iba paseándose por todas las mesas ofreciendo todo tipo de atenciones a los clientes. Al llegar a la nuestra, se sentó como si fuera uno más de nosotros. Nos preguntó nuestra procedencia. Cuestión esta que no le sorprendió más que la combinación de culturas que formábamos los tres. Parecía de este tipo de personas, en que la historia ha contado con ellas y que tiene una especie de cultura que no se enseña, ni se encuentra en los libros de texto de las escuelas o universidades. Este tipo de personas que no te cansan al hablar porque saben implicar a tu imaginación entre sus palabras, gestos y miradas.

Debía encontrarse cómodo, porque no volvió a levantarse hasta el cierre del local. Nos invitó a beber. Los tres estábamos en sus manos, cautivados por sus anécdotas y peripecias, pero participando constantemente de nuestras incipientes experiencias.

Nos animó a volver a encontrarnos cada dos o tres años; a no dejar pasar la oportunidad de vivir situaciones y sensaciones que solo se viven rodeados de gente ilusionada por vivir nuevas cosas, y que habitualmente por comodidad o por miedo, no vivimos más a menudo en nuestras prefijadas vidas. James (que era el nombre de aquel promotor de sueños), era una persona sabia, que no ganaba nada incitándonos a ser lo más felices posible, sin que tuviéramos miedo al ahorro, al entorno, a las normas o a nosotros mismos. Y que si nos decía todo eso, era porque por los detalles que le habíamos dado y la experiencia propia de haber tratado con gente como nosotros, le permitía darnos aquellas sugerencias.

Entre historias y anécdotas fue pasando el tiempo, y el local ya estaba prácticamente vacío. Nos quisimos hacer una fotografía sobre el escenario. Cada uno con un instrumento distinto. El contrabajo y Bill hacían pareja. Sussie se escondía tras un majestuoso piano. Y yo acariciaba un saxo con muchas horas de batalla encima. James prometió enmarcar aquella fotografía y ponerla bajo las estanterías de su mejor whisky y al que solo tenían acceso sus mejores amigos. Un sonoro beso de los tres al mismo tiempo (incluso Bill), y el rechazo de James a coger nuestras direcciones, esperando volver a vernos en el futuro en aquel mismo local, fue la despedida de aquella noche tan llena de vivencias.

Salimos de aquel cubil, con un «feeling» (como dicen las personas de color) especial. Todos sabíamos de lo emocionante de ese final de jornada, de ese final de viaje. Íbamos los tres abrazados dirigiéndonos hacia la furgoneta. El silencio era aterrador, se podía cortar con un cuchillo. Yo notaba las manos de Bill apretando mi cintura tan fuerte como podía, como intentando transmitirme toda su fuerza, toda su complicidad. En cambio, Sussie estaba derrotada, quizá menos que yo misma, pero exteriormente estaba abatida, como si hubiese perdido la batalla. Como si ya nada le importase más que vivir y revivir con nosotros el resto de nuestras vidas. Yo intenté hacer de trizas corazón y quitando hierro al asunto, propuse hacer una carrera hasta nuestro vehículo. Arranqué a correr, y cuando llevaba 30 o 40 metros de distancia, me paré de repente al ver que estaba sola y no pude evitar ponerme a llorar como nunca había hecho antes. Eran lágrimas de impotencia, de rabia, de malestar por no tener una solución a aquella separación que parecía definitiva. Sollozaba, no podía reprimirme. El corazón me había vencido. Bill y Sussie me atraparon finalmente, para abrazarnos unos a los otros en señal de fidelidad, en señal de no olvidar ni un instante de toda aquella historia. Sussie sacó una aguja de coser de su bolsa y nos pinchó en un dedo hasta hacer aflorar una gota de sangre. Una vez hecha esta operación, entrecruzamos los tres dedos, uniéndolos y mezclando nuestras sangres que por siempre jamás llevaríamos dentro nuestros cuerpos.

Con un ritmo triste y cansino, llegamos a la furgoneta donde cada uno de nosotros y sin quitarnos la ropa, nos recostamos para intentar dormir, a la espera de que el amanecer nos separara definitivamente. Yo notaba mi sangre hervir, mi cabeza no paraba de rebobinar escenas de ese y de otros días. Tenía la sensación de no poder coger el sueño, de que seria una noche larga y dura, pero sin darme cuenta y tras cerrar los ojos momentáneamente, me dejé llevar por los dioses de la noche. 

– ¿Qué haces? ¿Qué te pasa? -, me dijo Alberto de una forma algo brusca.  Giré mi cabeza hacia él, mirándolo con cara atónita. ¿Qué pasaba? ¿Dónde estaba? Me notaba los ojos hinchados, como de haber llorado mucho rato. Reaccioné tranquilizando, diciéndole que había tenido una pesadilla. Era una forma práctica de no tener que hacer largos comentarios, cuando aún no había ni oído el despertador.

La almohada estaba en el suelo y las sábanas de mi lado absolutamente fuera de su lugar. Me había vuelto a pasar. Había vuelto a soñar, haciéndolo de aquella forma tan visual, tan real. Después de unos minutos, preferí levantarme para ir al baño. La verdad es que mi aspecto no era el ideal. Una vez mojada la cara con agua bien fría, fui a sentarme en el balancín del comedor. Quería intentar recomponer rápidamente todos aquellos detalles, todo aquel jeroglífico. A menudo no podía ni recordar lo que había soñado, y no quería que eso me pasase ahora.

Yo nunca había ido a Estados Unidos. Sí que había estado a punto de hacerlo. Sí que tenía una especial predilección por el Mississippi. Pero años atrás, el hecho de tener que casarme meses después, y ante la «recomendación» y la poca comprensión de Alberto frente a mi deseo de hacer mi último viaje de soltera, me hizo desistir de una ilusión que tenía ya de bien pequeña. La excusa del dinero que argumentaba mi marido, sirvió para evitar entender aquella necesidad interior que yo tenía de hacer un viaje absolutamente sola, sin que eso implicara un menosprecio a nuestra relación.  

¿Por qué me pasaban todas aquellas cosas? Los sueños, aquellos sueños, no eran aleatorios. Eran sueños que por no sé qué extraño motivo, tenían una relación directa con hechos o situaciones que, por una cosa u otra, no había acabado viviendo nunca. No sabría cómo explicar la veracidad con la que vivía aquellos sueños. Allí salían personas y lugares que conocía, que eran parte de mi infancia, de mi juventud, de mi vida. ¿Todo aquello eran vivencias que había dejado de vivir? ¿O eran hechos e imágenes que sin ninguna justificación aparecían en mis sueños? Si realmente había dejado pasar la oportunidad de vivir experiencias como las soñadas, era una auténtica lástima. Una pérdida irreparable que nadie debería dejar escapar nunca, y que no permite justificación alguna.

No renegaba de mi vida. No sólo eso, estaba segura de ser una privilegiada en casi todo lo que había tenido la oportunidad de vivir, de conocer y de tener. Pero si todo aquello era una parte de mi existencia que había dejado de vivir… era horroroso, porque haberlo hecho no implicaba ningún gran cambio ni esfuerzo; ni en lo económico, ni en lo personal, ni en lo profesional.

De unos años acá habíamos hecho viajes cortos. La mayoría por los alrededores de nuestra región; incluso un viaje por el sur de Francia. Todos ellos muy bonitos. Los habíamos hecho sin y con niños. Los primeros más tiernos, más íntimos. Los otros, más divertidos y más entretenidos. Pero aquello que había soñado era maravilloso, especial, espectacular. ¿Quién podría decirme si después de una experiencia como aquella, no hubieran sido mejores mis posteriores viajes? ¿Si quizá, hasta yo misma, no sería mejor persona? Más completa, más amable, más comprensiva.

Habían pasado unos minutos y ya era casi la hora de prepararme para ir al trabajo. Pero… es que podría describir perfectamente el aspecto de cowboy de Bill, el vestido de gala de la Sussie, el interior de la furgoneta o la mayoría de los paisajes de nuestro recorrido. Aquel fenómeno era digno de estudio. Nunca había tenido estas sensaciones tan rotundas, ni había conocido a nadie que hubiese vivido unos sueños que fueran tan contundentes.

Fui hacia el baño y con la música de James Taylor y su imborrable «You’ve got a friend» de fondo, intenté arreglar un poco mi aspecto, que aún habiendo disfrutado como pocas veces, también había sufrido con aquella despedida tan dolorosa. Con algo más de tiempo intentaría darme un baño de estos calientes que tanto me gustan, pero hoy era viernes y había mucho trabajo por hacer, en el bufete y en casa.

Al entrar en la habitación después de ducharme rápidamente, y sentarme encima de la cama, noté una mano «tendenciosa» que intentaba provocarme. Era Alberto, que curiosamente tenía ganas de hacerme llegar tarde a la oficina con una proposición deshonesta que tan peculiar y esporádicamente solía hacerme cuando él quería, sin tener demasiado en cuenta mi estado de ánimo o mi voluntad. En cambio, yo si debía tantearlo previamente antes de insinuarme, para no provocar una situación de rechazo o desgana que tanto me disgustaban. Hicimos el amor con el despertador como compañero. Los directivos de mi bufete eran estrictos con la puntualidad de todos, pero algo menos conmigo, porque a lo largo de los diez años que llevaba en la empresa, había demostrado una intransigencia conmigo misma, que no dejaba ninguna duda, que mis contados retrasos eran más que justificados. Aún así, no podía explayarme excesivamente. Alberto y yo hacíamos el amor de una forma sencilla, con pequeños altibajos y de forma quizá convencional, pero satisfactoria. Probablemente lo que a veces no me gustaba, era el control que ejercía sobre el momento y casi el lugar de hacerlo. Alguna vez me daba la sensación de tener que estar siempre a su disposición, sin opción a poder proponerlo yo de forma espontánea.

En cualquier caso, había sido un comienzo del día poco habitual, y eso por si solo, ya estaba bien.  Fui al baño esta vez sin darme cuenta ni de la música que salía de la radio. Un beso de buenos días a los niños y un pisotón involuntario a Bruce que siempre tenía la virtud de ponerse entre las piernas cuando más prisa teníamos, fueron las últimas cosas que hice antes de salir a coger el coche.

Como me había pasado en días anteriores, era muy difícil abstraerme de lo que había soñado. Pero ahora también me preocupaba el por qué, el motivo de esta sucesión de sueños. No podía pensar mucho más porque llegaba tarde y el tráfico no estaba para despistes. Miraba la cara de los conductores y me parecía verlos distintos a otros días, como si yo conociese o sintiese algo impensable para ellos, como si fuera poseedora de un gran privilegio. Tenían el aspecto de estar preocupados por temas más terrenales que los míos (quizá el trabajo, el fútbol, las letras del piso, la escuela de los niños o la rutina de hacer lo mismo cada día). 

Al llegar al despacho, encontré un lugar relativamente fácil para aparcar. Subí los escalones de dos en dos y tomé el pasillo a una velocidad vertiginosa. Una vez sentada, vi sobre la mesa un par de notas que me obligaban a posponer la ansiedad de analizar mis sueños para otro momento. Minutos más tarde tuve la periódica reunión de todos los viernes en la Sala de Juntas. Eran encuentros que teníamos con el trasfondo de poner en común las experiencias que durante la semana más trascendencia hubieran tenido. La jefa del gabinete nos daba sugerencias de cómo encararnos a las situaciones más embarazosas y complejas. 

Hora y media después me desplazaba en taxi hasta un despacho de seguros, que tenía un litigio con un constructor que no quería hacerse cargo de las reparaciones de un parquet colocado dos años antes en un complejo deportivo, alegando que el motivo del deterioro actual, había sido no la lluvia, sino el nivel de la capa freática de la zona donde se había construido la instalación. Parecía una toma de contacto con posturas demasiado diferenciadas, como para resolverlo con esta primera reunión.

Efectivamente, salí de aquella lujosa oficina dos horas más tarde sin haber solucionado nada, y emplazándonos para un próximo encuentro después de un estudio por parte de geólogos imparciales.

Entonces, cuando volvía en el taxi y aprovechando que se acercaba la hora de comer, pude volver a coger el hilo de mis sueños. El único inconveniente era la taxista que por fortuna me había tocado. Era una persona extremadamente nerviosa, que no paraba de hablarme y de darme golpecillos en las rodillas mientras conducía. Me recordaba a un antigua Jefa de Departamento que años atrás había tenido, y que era capaz de poner nervioso a un muerto, de sacar de quicio a cualquiera persona por paciente y tranquila que fuera, y que no lo hacía de una forma consciente o premeditada, pero aquel hiper dinamismo que poseía, erosionaba la relación con sus compañeros de empresa cuando estos no eran capaces de seguir su ritmo. Una vez me deshice de la inexorable taxista, me encaminé hacia el pequeño restaurante de Manolo. Una vez allí, siempre intentaba sentarme en el mismo rincón, donde la discreción y yo nos hacíamos compañía.

Un arroz de pobre y unas hamburguesas de bacalao fueron mi menú de ese mediodía. No tenía ningún deseo especial para comer, y sí ganas de pensar con tranquilidad cuál había sido el momento de inflexión que había hecho que comenzase a soñar de aquella forma tan inexplicable.

Había sido el lunes, cuando había tenido el primero de aquellos sueños, y después de haber probado todo tipo de posturas y martingalas, la única cosa que se diferenciaba con el resto de mis hábitos cotidianos, era el estado de ánimo en que me encontraba aquel día y el hecho de haberme zambullido bajo las mantas hasta estar completamente a oscuras.

Tenía necesidad de explicárselo a alguien que no dudase de mi fiabilidad. Quizá llamaría a Mercedes o volvería a visitar a mamá. Ellas entenderían que yo no me inventaría historias de este tipo.

Una vez descubierto el hecho que pudiera dar pie a mis sueños, la duda era confirmar si el pasaje de la bicicleta, la de mi carrera de periodismo o de mi travesía por el río Mississippi, eran realmente imágenes de todo aquello que había dejado de vivir por seguir las indicaciones de personas que, de una forma u otra, siempre habían tenido potestad sobre mí y mis decisiones. Eso nunca lo sabría, pero el hecho de que conociese personas y lugares que salían en aquellos sueños, me hacía pensar que realmente las cosas habrían ido así si el camino elegido hubiese sido otro. También es verdad que quizá el resto de mi vida hubiera sido peor si hubiese gozado de todas estas vivencias, pero francamente yo no pensaba así, y si que había sido un error no haber luchado más por aquello que yo deseaba hacer o tener.

– ¿Qué le pasa hoy a mi ejecutiva favorita? , preguntó Manolo, propietario del establecimiento al ver que la comida que me había servido estaba prácticamente intacta sobre una de aquellas mesas de mármol blanco que daban un aspecto tan clásico al restaurante.  Le dije que no me hiciera caso y que me trajese un cortado. Fue la única cosa que realmente saboreé durante todo el almuerzo. Corto de café, con leche descremada y servido en una taza de porcelana de Limoges como deferencia a mis años de constancia en aquel local.

El viernes trabajábamos una hora y media menos por la tarde, pero aún así, se me hacía una montaña tener que superarla. Al llegar a mi escritorio, recibí una llamada de Alberto, recordándome que no me olvidase de pasarlos a buscar a él y los niños por la estación de tren, ya que debíamos irnos hacia la Pobla de Lillet, donde su hermano mayor celebraba los veinticinco años de casado e invitaba a toda la familia a hospedarse y pasar la noche en un hostal de esta población del Berguedá, de la cual él era medio propietario.

Aquella noticia no me estimuló excesivamente. Queríamos haber quedado con Tona y Marcos, pero lo cierto es que no nos habían llamado. Lo que íbamos a hacer era una celebración original, llena de cuñados y cuñadas, suegros y primos abrumando a todo el servicio de un hostal, pero a mí me motivaba mucho más poder tener una tarde tranquila, quizá yendo en el cine, quizá haciendo una cena un poco especial, pero sobretodo, pudiendo dormir en la nave de mis sueños, mi cama, mi cueva.

No le di más vueltas, y sin casi darme cuenta, estaba en la estación central para encontrarme con Alberto (que se había pedido fiesta aquella tarde de viernes), Nuria, Pol y el «pequeño» Bruce. Aunque sólo íbamos un día, las maletas y las bolsas que llevaban no lo parecía. Allí parecía haber equipaje para unas vacaciones de verano.

Una vez puestos en camino, sólo la reglamentaría parada en la gasolinera del León una vez pasada Manresa, rompió un ritmo vivo de conducción. En uno de estos cambios obligados del dial de la radio, escuchamos el trozo final de una canción del Elton John “Don`t go breaking my heart”, que me hizo recordar antiguas imágenes de juventud, y de rebote, en mis actuales sueños. Tenía la intención de explicarles a todos lo que me había vuelto a pasar aquella noche, pero me frené tras pensar en la falta de confianza que dos noches atrás me habían demostrado.

Poco antes de llegar, pasamos cerca de Terradellas, un pequeño pueblecito cerca de Bagà, donde de pequeña había pasado veranos inolvidables con mis padres y hermanos. No tenía nada especial, pero la mesa de ping-pong y el futbolín del bar de Ramón, las gallinas de la Sra. Encarna, las vacas de Cal Xeixa, las rebanadas de pan con Nocilla y las primeras incursiones por la montaña a la búsqueda de las más inhóspitas fuentes de agua junto a mi madre, no tenían ningún sentido para mí, sin relacionarlo con aquella pequeña barriada a pie del Cadí.

Una vez llegamos, fuimos al punto de encuentro, el hostal Can Pericas. No era un lugar de lujo, ni muy rústico como algunos invitados podían pensar. Era un hostal sencillo, céntrico y básicamente funcional. Allí ya estaba todo el personal. Los besos, abrazos y las falsas sonrisas, iban y venían con toda naturalidad. No puedo esconder que este tipo de encuentros no son demasiado agradables para mí, y aunque me considero alguien de familia, siempre me encuentro más cómoda rodeándome de la más directa. Después de las presentaciones, nos ubicaron a cada uno en nuestras habitaciones. Los niños dormían todos juntos en una habitación grande llena de literas y muy cerca del garaje. Nosotros estábamos en la habitación 315, que era pequeña, con baño, pero con dos camas en lugar de una. La única cosa positiva era su vista preciosa del Pedraforca, montaña emblemática de esta comarca. Nos duchamos a pesar de que el agua caliente no permitía regulación posible, o ardía o la fría ponía a prueba tus dotes de faquir, tras lo cual nos vestimos con ropa informal y salimos a dar una vuelta por el pueblo. No pasaron ni cinco minutos, cuando cerca de las fuentes de agua que están en la base del puente, nos encontramos a parte de la gente invitada a quien, no tan solo saludamos calurosamente, sino que nos obligaron a continuar el paseo en la misma dirección que ellos llevaban. Después del paseo y de notar ya algo del frío que acompaña a los atardeceres de esta zona, regresamos para cenar.

Los fuets, chorizos y todo tipo de jamones acompañados del mejor pan con tomate fueron la bienvenida. Unas judías con butifarra o unas alcachofas con bechamel y gratinadas con queso autóctono, eran la segunda opción, y para acabar de redondearlo, unos pies de cerdo con setas o un lomo relleno con almendras, era el tercer plato a escoger. De postre, unas fresas con nata, servidas con unas gotas de chocolate deshecho y unos frutos secos que rodeaban el plato o un requesón con miel que quitaba el aliento. Todo eso regado con vino del Penedés, sangría de la casa y un cava semi-seco que con perseverancia te llenaban los camareros tan pronto agotabas la copa. Yo ya me había empachado con el primer plato, y sólo la gula me hacía probar el resto de la comida que ponía a prueba la fuerza de voluntad de las personas más severas con sus dietas. Un hombre orquesta de los que tocan distintos instrumentos al mismo tiempo y con un repertorio ilimitado de coplas, tonadillas, fandanguillos y la ritual habanera del “Avi”, dieron por concluida aquella velada.

Alberto se quedó haciendo unas manos de cartas con sus hermanos mientras que Nuria y Pol se fueron con sus primos a explorar los alrededores del hostal, y yo preferí ir a la cama, por cansancio y por deseo. Una vez allí, las sábanas estaban extremadamente frías, y las dos o tres mantas que había, no calmaban suficientemente mi temblor inicial. Tuve que ponerme otro par de calcetines para que me ayudaran a entrar en calor. Por otro lado, el silencio que había era absoluto, me parecía poder escucharlo. No había ningún ruido, la tranquilidad era abrumadora, y eso me hizo pensar en uno de mis hermanos, cuando una vez se levantó de la cama y nos explicó que no había podido dormir a causa de la ausencia del ruido de los coches, de la gente o de las motos.

Finalmente me tapé completamente. La oscuridad era absoluta y mi deseo de ser transportada hacia otra etapa de mi vida no vivida, estaba allí, … a mi lado.

Fue el canto matinal de las gallinas el que me despertó. Aquel sonido exclusivo de los pueblos y el haz de luz que entraba rotundamente por una rendija de los portales de madera de las ventanas (que no cerraban bien), acabaron por desperezarme. No había soñado, no había tenida ninguna experiencia, ni ninguna sensación de que la que me acordara. Ni tan siquiera había oído llegar a Alberto a dormir.

Una profunda decepción se apoderó de mí, no solo por no haber soñado, sino porque eso echaba por los suelos mi teoría sobre el motivo que daba pie a mis sueños. Había seguido todos y cada uno de los pasos que otras noches me habían provocado aquella reacción. Había alguna cosa que fallaba, pero que se me escapaba. No podía pensar con claridad. Además, la respiración profunda de Alberto, la incomodidad de un colchón que me obligaba a estar siempre en el medio (cogieras la postura que cogieras), las ganas de ir al baño (bloqueadas por un frío gélido que notaba en cuanto sacaba un pie o una mano) y el enfado que tenía encima, no facilitaba que me pudiese concentrar y encontrar el motivo de aquel fracaso.

Intenté recordar a un amigo mío que, ante situaciones de tensión, siempre me recomendaba procurar optimizar todas las cosas y si no era posible, respirar hondo, silbar y pensar que siempre hay cosas y personas que están peor que nosotros.

Así lo hice. Poco después, cuando aún no habían pasado ni tres cuartos de hora, alguien llamaba a la puerta de nuestra habitación. Me levanté para abrir. Eran los niños, que ya hacía mucho rato que corrían por el hostal. Nuria nos explicaba las excelencias de su primo Rafa, mientras Pol (que a veces le cogían ataques de ternura), no dudaba en meterse dentro mi cama, obligándome a luchar con él, para finalmente rendirse tras hacerle el giro de la tortilla (como nos hacía papá de pequeñas). Bruce que tardó aún menos que Pol en subirse a las camas, había dormido en el corral, donde había estado acosando a conejos y gallinas.

Nos levantamos para ir a desayunar. Los croissants o una torta casera de aspecto seca, pero de gusto exquisito, acompañados por un café con leche o un suizo, eran las opciones a elegir. El plan del día tenía su eje central en la ceremonia que se oficiaba en la iglesia, para posteriormente ir la fonda de Sant Corneli donde acabaríamos la celebración.

Quedaban prácticamente cuatro horas para encontrarnos con el resto de la familia, por lo que propuse ir a Castellar de N’Hug con los niños y así poder visitar el nacimiento del río Llobregat. Alberto renegó un poco, porque prefería quedarse en el pueblo donde había una feria de cazadores que según él le interesaba mucho, pero lo cierto, es que lo que no le gustaba, era que la idea hubiese salido de mí y no de él. Finalmente, logramos arrastrarlo para que viniera.

El trayecto no era largo en coche, y sólo los últimos dos kilómetros se debían hacer a pie.  El caminito hasta encontrar el primer brote de agua de este río era maravilloso. El olor a verde, a limpieza, a frescura, a naturaleza… era impagable. Bruce se divirtió de lo lindo y los niños acabaron remojados de tanto provocarse el uno al otro.

Tras una hora y media de paseos, regresamos por las sinuosas curvas que separaban las dos poblaciones con el tiempo justo para cambiarnos de ropa e ir a la iglesia. Todo el mundo se mostraba muy cordial y sólo algunos cuñados hicieron algo de sorna con mi sombrero de fieltro negro de alas anchas. La lectura del capellán no fue nada original, más bien aburrida. El lanzamiento de arroz dio por finalizada aquella ceremonia un tanto arcaica y poco ágil. Después nos trasladamos hacia el restaurante, donde lo más destacable fueron unos buñuelos de viento acompañados de moscatel de cosecha propia que sirvieron como postres, además de la cantidad exagerada que había en cada plato.

Tras aquel manjar monstruoso, una buena caminata por los alrededores de las antiguas minas de carbón, facilitó algo la digestión. Después de lo cual, nos hicimos las fotos de rigor y con unos besos y apretones, nos despedimos hasta la cena de Navidad. La vuelta a casa fue más tranquila que la ida. El día no había sido extremadamente fatigoso, pero la excursión, la comida y el hecho de dormir fuera de casa, siempre hace que tu cuerpo se resienta, y más si has estado trabajando toda la semana como yo. Con el silencio de los niños detrás y la música de Mark Knofler de fondo llegamos a casa.

Alberto una vez dejó la chaqueta sobre la silla, necesitó poco tiempo para “apoltronarse” ante el televisor. Nuria y Pol se despertaron al llegar, pero ninguno de ellos hizo gesto alguno de querer ayudarme con la cena, la lavadora o para acabar de hacer las camas que habíamos dejado sin hacer el día anterior. Eso parecía un hotel, y a mí solo me faltaba la cofia y el delantal de la criada. Aquella situación no era nueva, sino más frecuente de lo deseable, y eso me revelaba. Podía intentar entender la falta de responsabilidad propia de los niños, pero no la de Alberto. Encima, cuando después de guardar la ropa no utilizada en aquella escapada, aparecí por el comedor para preguntar que querían los señores para cenar, todos contestaron que lo que yo quisiera, cosa que aún me encendía más; no lo hacían por estimular mi iniciativa, sino para despreocuparse del tema. Intenté tranquilizarme un poco, y como no tenía ganas de calentarme la cabeza para cenar, opté por simplificar el tema y con unas tostadas con paté, otras con queso fundido y sobrasada o bacón, y otras con ajo, aceite y trocitos de butifarra blanca y negra por encima, sería suficiente para aquella pandilla de desaprensivos. 

Aún era algo temprano para cenar, y como no me apetecía hacer ver que no pasaba nada, me fui a la habitación para cambiar las sábanas. Fue justo al entrar en mi dormitorio y después de estirarme encima de la cama con los brazos y piernas completamente abiertos, que dejando ir un suspiro de incomprensión, me sobrevino una idea a la cabeza…, ya sabía cuál era la clave de aquellos sueños tan deseados, y la solución estaba debajo de mí. Di un bote, como si de una gimnasta me tratase, y dejando a un lado protocolos innecesarios, deshice la cama como una posesa. 

El cubrecama, las sábanas y los almohadones fueron a parar al suelo, y encima del colchón, sólo quedaron… las mantas, las mantas de Angelina. Lo había probado todo, posturas, posiciones, comidas, horarios, otras historias y otras camas. Pero el único denominador común eran aquellas viejas y olvidadas mantas. Mi corazón se disparó como si fuera oro lo que hubiese encontrado. Mi deseo por comprobar si aquella intuición era cierta o no, me comía por dentro y las dos o tres horas que faltaban para ir a dormir me parecían una eternidad.  Hice la cama con sábanas blancas y almohadones limpios, pero con las mismas mantas, unas mantas llenas de la ilusión.

Mientras se acercaba la hora de cenar, hice tiempo mirando un álbum de fotos que estimulase mis sueños. No solía hacerlo, pero me resultaba muy gracioso rememorar viejas épocas, viejas amistades y viejos recuerdos. Allí había de todo, desde actividades con los boyscouts, a formaciones familiares casi militares, hermanos vestidos de marineros, fotos de bautizos/comuniones o bodas, triciclos y viejos vehículos, fotos de viajes y de antiguos novios, de antiguas compañeras de clase y otro tipo de fotos que con más perspectiva quedan absolutamente desfasadas, pero perfectamente justificadas con la época en la que se hicieron. Bruce que estaba allí a mi lado, me permitía explicarle todas aquellas vivencias y, o mi imaginación me engañaba o parecía que comprendía cuáles de aquellas fotografías, eran las más importantes para mí, porque a veces, y con su negra narizota, intentaba sellar la página en cuestión.

Después de aquella sesión de nostalgia, bajé para comenzar a preparar la mesa para cenar. En aquel momento no me importaba hacer nada por los demás. Lo único realmente importante, era acelerar el máximo la comida, para así poder ir a dormir, y certificar que mis elucubraciones eran fundamentadas por fin.

Fue difícil arrancarlos del televisor, pero las ganas de comer, podían más que mis palabras. Pol propuso coger unas bandejas y cenar mientras veíamos el concurso que estaban viendo, pero en eso era taxativa. Durante toda la semana, casi no teníamos tiempo para hablar, por los distintos horarios de los que disponíamos todos y por tanto, no estaba dispuesta a tener que preguntar a los presentadores de televisión o a los cantantes de rock por la evolución de mis hijos, por sus inquietudes y por sus necesidades. Aquel espacio y tiempo pretendía que fuera algo más íntimo, como para compartirlo con los aparatos audiovisuales de la casa. Y así lo hicimos. Nuria nos preguntaba, el por qué de no hacer más encuentros familiares, sin poder ocultar su nuevo deseo de ver a su primo Rafa que tanto la había cautivado con su aspecto informal y con su dialéctica elocuente. Pol por su lado decía que no quería que le dejáramos a dormir en casa de sus primos, no porque no se lo pasase bien, sino porque nos añoraba (como si alguna vez hubiera pasado más de un día sin vernos). Alberto por su parte, sólo reclamaba más prudencia a la hora de hacer gastos domésticos o de otro tipo, aunque después era él el primero en preferir un filete de ternera o un polo de Lacoste antes que otro de mercadillo.

Unas tostadas con mantequilla y mermelada, o de leche condensada con cola-cao por encima, dio por acabado aquella atípica cena. La única ayuda que recibí, fue la recogida de platos y vasos a la cocina, aunque después debía ser yo la que pusiera orden a ese batí burrillo de platos, tirando las sobras a la basura y poniéndolos en remojo para que no se quedaran resecos.

Como era fin de semana, los niños podían quedarse hasta más tarde, y por ello, Nuria me acompañó a pasear a Bruce. Fue una vuelta sin demasiada historia, pero en el que sin darnos cuenta nos permitía ir cogidas la una a la otra y explicándonos nuestras preocupaciones, como si fuéramos dos amigas de la misma edad. La calle estaba media a oscuras y la humedad ya se reflejaba en el pavimento, tan solo la mirona de Loli que estaba atrincherada tras aquellas horribles cortinas negras, daba un toque de misterio al barrio.

Una vez llegamos a casa, Alberto estaba comiendo palomitas y hojeando el periódico, mientras que Pol estaba durmiendo encima del sofá.  Lo invité a ir a la cama, (aunque no entendía porque no lo hacía su padre). Yo después de enjuagar los cuatro platos de la cena, me fui directa a la habitación. Me sentía nerviosa, y no quería que esta ansiedad me dificultase el sueño, y por eso apagué la luz y encendí la radio de la mesilla de noche, de donde salía el sonido relajante y melodioso de Kenny G. que me ayudó a tranquilizarme. A través de la ventana entraba la claridad de una luna que había ido menguando, pero que aún desprendía una importante claridad. 

Cap.4 El faro, el avión y Menorca…

         La mañana había sido de las más complejas que nunca hubiera toreado. Pero me sentía segura y convencida de mis conocimientos y del control que ejercía sobre situaciones que antes me parecían caóticas. Los años me habían curtido, y el porcentaje de casos resueltos favorablemente, me daban estabilidad. Lo curioso es que nunca había cuantificado el número de casos ganados y perdidos, y el hecho de saberlo me ayudaba en mi autoestima, y a dejar de lado aquella sensación de inseguridad que anteriormente tenía.

Como era casi la hora de comer y teníamos trabajo que hacer a primera hora de la tarde, fuimos a comer con los compañeros de oficina más próximos. La relación con ellos era excelente, y su compañía me beneficiaba profesional y personalmente. Cada uno tenía sus vivencias, sus perspectivas de como enfocar algunos pleitos, pero también algunas trifulcas caseras e incluso… íntimas. Compartíamos mesa y consejos en un intercambio natural de nuestros conocimientos y experiencias. La relación la ampliábamos con cenas regulares cada tres o cuatro meses. 

De pronto, y a mitad de la comida, se presentó Eric. Sólo con verlo entrar por la puerta del restaurante, mi cuerpo se convulsionó. Tenía este poder. No era normal que a la una y media del mediodía estuviera en el centro mismo de Barcelona, y menos cerca de mi lugar de trabajo sin avisarme previamente. Mis amigos le hicieron un hueco, y después de saludarlos a todos me dio un beso por encima de la mesa, porque yo estaba en la otra esquina.  Nos explicó que se había podido escapar del ensayo,  y le había dado por venir a comer de forma imprevista conmigo. Me gustó que estuviera allí. Aquello ya de por sí, hacía distinto el día, y para mí, eso ya estaba bien.

Era curioso, por no decir sorprendente, la capacidad que tenía por sacar a colación los temas de conversación que más interesaban a cada uno de ellos. Sabía de la afición por las peceras de Agnes, del interés por la informática de José o de los conocimientos de los últimos chismorreos nacionales de Laura. Todos estos temas los sacaba de una forma informal, simpática y nada forzada, pero lo más extraño del caso, es que cuando yo se lo explicaba en casa, parecía no escucharme. Pidió un plato combinado, mientras nosotros ya estábamos en los cortados. De pronto noté que el pie de alguien se acercaba sigilosamente hacia a mi pierna. Era Eric. Me pisaba suavemente, para acto seguido (ya sin el zapato) subir por mis piernas, deslizándose por mis medias negras. Él estaba allí intercambiando información con Laura y haciendo ver que estaba del todo metido en la conversación, mientras su pie ya estaba cerca de mi rodilla, donde ejerció un ligero masaje que provocó que unas gotas de mí cortado estuvieran a punto de descubrirnos.  Mis pulsaciones aumentaron vertiginosamente viendo que aquel pie subía pausada, pero decididamente ya a la altura de mi falda de cuadritos negros y blancos. Tuve que morder la taza para no soltar un grito de placer. José, lejos de saber lo que estaba pasando por debajo de la mesa, le preguntó sobre uno de sus últimos conciertos, y Eric le respondía con una pose de interesado, mientras jugaba con su lengua por fuera de la boca, con sensualidad y deseo (como yo le había enseñado meses antes), sabiendo que yo le estaría mirando. Junté mis piernas, intentando evitar que la excitación que estaba empezando a notar, pudiese ir a más, aunque en realidad lo que deseaba, era que ese pie que se movía con la suavidad de una pluma acariciase finalmente mi sexo. Cuando mi respiración estaba a punto de explotar, cayó milagrosamente una servilleta al suelo, que frenó aquella cariñosa guerra subterránea.

Eric se levantó para pedir un café y para sin decirlo, pagar el almuerzo de todos. Regresó a la mesa y momentos después, Agnes nos recordó la cita que teníamos a las tres de la tarde con un famoso presentador de televisión a quien habían despedido de forma improcedente. Eso nos hizo levantar para dirigirnos al despacho, después de comprobar la generosidad de Eric pagándonos la comida.

Cuando llegamos a la puerta del despacho, Eric me cogió en «volandas» y dirigiéndose hacia mis compañeros dijo:

– A esta me la llevo secuestrada…-, ante la cara de sorpresa de todos ellos. Los tranquilizó al volverles a decir: – Ya he hablado con Meseguer. Hoy es toda para mí –.

Yo me quedé de piedra, pero después de pensarlo bien, estaba segura que Eric había preparado una de las suyas. Improvisaba como pocos, le hervían las ideas y era capaz de hacer fáciles cosas difíciles para el resto de los mortales. Nos despedimos de mis boquiabiertos amigos, y cogimos el coche. Él sólo me dijo: – No preguntes nada-. Se puso al volante e iniciamos ruta hacia Sitges. Yo me relajé y apoyé mi cabeza sobre su hombro, mientras le acariciaba el pecho por debajo de su camisa azul. Iba callado, pero contento de lo que se llevaba entre manos, y la canción «Imagine» del desaparecido John Lennon, ayudaba a dar un aire más tierno a aquella tarde de mayo. 

Era en instantes como aquellos, cuando sin saber exactamente qué iba a pasar, me sentía convencida de lo que estaba haciendo, y contenta de haber tomado la decisión de haberme separado de Alberto. En su momento fue un paso muy difícil y embarazoso, por los niños, por Alberto y por mí misma, pero tras muchos meses de dudas, llegué a la conclusión de que aquella relación no me daba lo que yo esperaba. Necesitaba sentirme enamorada. Alberto era una persona a quien quería, con quien había compartido momentos imborrables y con quien no me arrepentía de haberme casado, pero a quien el paso del tiempo había ido aplacando su encanto y había ido radicalizando su comportamiento en muchos momentos con los niños y también conmigo. A quien no creía hacerle falta luchar por estimular nuestra relación, porque ya la sentía como segura, como propia, y con quien me parecía, honestamente, haber tocado techo. Yo necesitaba encontrarme ilusionada sin tener que pedirlo, necesitaba llegar a casa con deseos de volver y de hacer felices a los que me rodeaban. También necesitaba el reconocimiento a mis esfuerzos por los demás y una mayor flexibilidad para realizar mis deseos e ilusiones de pareja, de familia, de trabajo e incluso personalesY eso no lo tenía. Por más que lo había intentado. 

Vivir con Eric me estimulaba, me daba seguridad conmigo misma, me hacía mejorar y aprender cada día. Me abría un montón de recuerdos del pasado que habían estado censurados en el presente y que eran parte inseparable de mí misma. Me daba libertad plena de movimientos y al mismo tiempo incrementaba sin pedirlo, ni exigirlo, mi deseo de hacer juntos cuantas más cosas mejor. Me hacía la vida más fácil y menos complicada por cuestiones triviales e intrascendentes que hasta ahora suponían una guerra constante, o un deber de tener un tacto excesivo para no herir susceptibilidades o dar pie a malas interpretaciones. Era muy difícil hacerlo enfadar y aceptaba mis ideas. Discutíamos de forma constructiva, pero serena y dócilmente, ni un grito, ni una salida de tono. Sobretodo sin querer imponer nada a nadie. Gozaba de los niños, y asumía las faenas domésticas como propias. Teniéndolo cerca, me parecía que todo era posible, que no había otro límite que la imaginación. Aceptaba mi peso y mi rol como mujer, como compañera y como madre. En definitiva, me hacía sentir importante en lo que hacía de especial y de cotidiano, y disfrutaba más, haciendo felices a los demás que a él mismo. Todos estos motivos eran argumentos suficientes como para dar otra dimensión a mi vida.

Giré la vista hacia el asiento de atrás y me di cuenta que sólo llevábamos una pequeña bolsa donde como máximo estaban los bártulos de aseo y poco más. De pronto y tras ponerse en el carril de la derecha, salimos de la nacional para coger la carretera que se dirigía hacia el Aeropuerto. Eric se percató de mi cara de sorpresa y soltó una de sus manos del volante para acariciarme la rodilla y al mismo tiempo presionarla ligeramente, dándome a entender que sabía perfectamente lo que estábamos haciendo. Dejamos el coche en el parking para posteriormente ir a la terminal de vuelos nacionales. Una vez allí, me dejó en medio del vestíbulo y él se dirigió a uno de los mostradores de embarco. Yo entretanto, intenté mirar los vuelos que salían en aquella franja horaria, pero era tal el número de despegues que desistí de averiguarlo. Eric vino hacia a mí con paso seguro y decidido. No quise estropear la sorpresa preguntándole cuál era nuestro destino, y tan solo me preocupaba saber que había hecho con los niños. Como era de esperar el tema estaba solucionado. En este caso, gracias a la connivencia familiar y al plan premeditado de mi compañero de viaje. Nuria, Pol y Edgar (el hijo de Eric), estaban en casa de mi hermano Carlos; traductor de profesión, pero que excepcionalmente estaba en Barcelona entre uno de sus congresos y conferencias internacionales. Aquel tipo de detalles, me hacía pensar que mi familia también había aceptado el Eric por, entre otras muchas cosas, su sencillez e ilusión por hacerme feliz.

Nos dirigimos hacia el área de embarco donde no me dejó leer el rótulo que había sobre el túnel de acceso al avión. Una vez dentro del aparato, este no estaba lleno, y el tipo de gente que había, daba la sensación que lo hacía más por trabajo, que por placer. El avión estaba dividido en dos columnas de tres asientos, y a mí me tocaba ir cerca de la ventanilla (como desde pequeña deseaba). Después de las explicaciones pertinentes de las azafatas de vuelo (a las que nadie parecía hacer caso), despegamos. Eric se movía con una precisión matemática, y cuando el comandante de la nave iba a informarnos de la duración del vuelo y de la temperatura de la localidad de llegada, yo ya tenía unos auriculares puestos a todo volumen. Me hacía gracia ver como quería guardar la sorpresa, y yo no veía ningún inconveniente en seguirle el juego.

Ya en pleno vuelo, y después de saborear un zumo de naranja bastante aguado, Eric se puso a leer un periódico extranjero de grandes dimensiones que había en el bolsillo que tenía el asiento de delante. Mientras lo hacía, su codo acariciaba con suavidad mi pecho. Poco a poco, su brazo fue ganando terreno hasta ocupar prácticamente todo mi torso, y ya entonces el masaje sobre los dos pechos, era ostensible. No solo no hice nada por impedirlo, sino que facilité aquella tierna fricción sujetándole una parte de aquel monumental diario que nos hacía de parapeto. Su mano libre, se deslizó por debajo de mi blusa. Allí noté que su mano ya estaba caliente y ávida de deseo. Recorrió mi estómago hasta encontrar mi ombligo. Jugó con él, mientras sus largos dedos acariciaban meticulosamente el borde de mi sostén negro, que pedía a gritos que fuera arrancado. Con toda la discreción que requería el momento, me fijé que su estado de excitación era más que palpable. En la voluptuosidad de sus pantalones, se adivinaba unas ansias de sudar juntos, de apretar los dientes de placer, de gritar y gemir sin control, …de morir de felicidad (como él solía decir), después de hacer el amor conmigo, y como nunca antes había sentido.

La presencia de un ejecutivo a su izquierda no le frenaba en absoluto. Sus piernas estaban prácticamente debajo de las mías, facilitando así que su mano notase mi calor ya por debajo de mí desabrochado cinturón.

– Con motivo de una zona de turbulencias, pedimos a los pasajeros que se abrochen el cinturón de seguridad -, dijeron por megafonía. Aquello no iba a pararnos, pero sí la supervisión de las azafatas para que los lleváramos puestos. Eric dejó ir el periódico encima de mi, para darme tiempo a poner orden a mí descompuesto vestuario. Mientras él por su parte se veía obligado a cruzar las piernas para disimular aquella excitación que se hacía tan visible.

Momentos después anunciaron que íbamos a aterrizar en el aeropuerto de…Mahón (Menorca). Esa noticia me alegró muchísimo. Eran muchos los recuerdos que yo tenía de esta isla, y hacía años que no volvía. Eric sabía de mi predilección por la más virgen de las Baleares, por las abarcas, por las calderetas y las playas semidesérticas. No reaccioné de otra forma que dándole un caluroso y húmedo beso en el cuello, de esos que le provocaban un escalofrío que le recorría toda la espalda y que tanto le gustaban.

Aterrizamos y nuestra ausencia de equipaje nos ahorraba evitar la larga espera de maletas. Tan pronto traspasamos las puertas automáticas, un hombre de aspecto peculiar por lo oscuro de su vestuario, se acercó a nosotros preguntándonos:

– Vosotros sois amigos de Miguel, ¿no? –. Eric que no se mostró sorprendido por la pregunta, asintió y recogió unas llaves, que según indicaba el mencionado señor, eran las del Faro (?), y las otras las del coche azul que estaba en la salida de la terminal. Un apretón de manos y aquel hombre, parco en palabras y absolutamente discreto, desapareció entre la multitud.

Nosotros nos dirigimos hacia la puerta y allí estaba «el coche» (no podía ser otro), un Citroën dos caballos azul turquesa descapotable. 

– ¿Te gusta o quieres que alquilemos otro? -, me preguntó Eric con una sonrisa malévola en sus labios. Le pellizqué el culo, dando entender que me hacía una ilusión enorme que hubiese pensado hasta en el tipo de vehículo que más me gustaba.

Nos encaminamos hacia Sant Lluís, dirección Punta Prima. Los muros de metro y medio de piedras tan característico de Menorca, y unos campos verdes y bien arados, nos hicieron compañía hasta encontrar las primeras playas. Eric parecía moverse con seguridad por aquel territorio, y no hizo falta preguntar a nadie para llegar al lugar. La carretera que habíamos seguido los últimos dos o tres kilometras estaban al lado de mar, y en uno de estas curvas que bordeaban el agua, se encontraba un caminito de tierra que acababa al pie de una especie de torre cilíndrica que en lo alto lucía una esfera vidriosa.

La edificación era de piedra, muy bien conservada y rodeada de césped, de un arroyo nacido entre unas piedras y de un pequeño embarcadero que le daba un aire ciertamente especial. Al bajar del coche, se acercaron unos perros bien alimentados, que después de mostrarse algo furiosos por la intrusión, se pusieron a jugar y correr a nuestro alrededor. Yo iba cogida del brazo de Eric, quien abrió la puerta de madera rústica arqueada que permitía la entrada al edificio. Al entrar, tuve una sensación de amplitud, de claridad y luminosidad, que no me esperaba. El recibidor estaba amueblado con piezas antiguas, algunas fuera de uso, pero debidamente restauradas, dando así un aspecto más moderno que pasado de moda. Una chimenea que había estado encendida pocas horas antes por algún colaborador, y unos sofás anchos y confortables que la rodeaban, eran básicamente lo que se veía a primer golpe de vista, así como la escalera que siguiendo la estela de la pared ascendía hasta el siguiente piso. Tan pronto entramos, Eric dejó la exigua bolsa que llevábamos para darme uno de aquellos abrazos que tanto me gustaban y que tanto significado tenían para mí. Nuestros cuerpos se acoplaban meticulosamente y sus brazos me envolvían con una fuerza y una delicadeza al mismo tiempo, que no sabría describir. Yo notaba que él dejaba todo su sentimiento en aquellos abrazos y que se encontraba simplemente feliz cuando yo estaba entre sus brazos. A veces podíamos estar así durante mucho rato. Sobraban las palabras. Aquella afectuosidad lo decía todo.

Momentos después, ya sentados en el sofá, comentó que aquel era un antiguo Faro que un amigo suyo había reformado en vivienda y que, como él, era músico. Lo utilizaba para desconectar y poder componer nuevas melodías. Miguel (que era como se llamaba el propietario de aquel rincón de mundo), estaba de viaje, y le cuidaba la casa la persona que nos habíamos encontrado en el aeropuerto. También dijo que había escogido aquel día por un hecho muy singular e irrepetible y que más adelante ya lo entendería.

Llevaba unos años viviendo con Eric y nunca me acababa de acostumbrar a sus sorpresas. Era un tipo especial a quien se hacía difícil dejar de querer. Tenía quizá tantas virtudes como defectos, pero estos últimos los asumía y procuraba reducirlos. Pequeños altibajos y grandes remontadas. Suaves depresiones y excepcionales alegrías. Simplemente, un tipo distinto y cariñoso.

Sin previo aviso, me propuso tomar un baño y ponernos cómodos. Subimos aquellas escaleras, que estaban adornadas por unas pinturas de tipo «naïf» sobre una pared de piedra blanca, que daban un aspecto original a la ascensión. Al llegar al primer piso, vi que solo había dos habitaciones. Una era el baño y la otra el dormitorio. Cuando entramos en el baño el vaho del agua caliente que salía de la bañera redonda (y perfecta para dos personas), hacía difícil ver el resto. La «pequeña piscina», estaba rodeada de sales de baño de todos los tipos y colores, además de haber espejos por todos lados, que daban una clara sensación de amplitud. El suelo era de madera, y una ventana en forma de ojo de buey, permitía ver el horizonte marítimo una vez estabas sentada en la bañera.

Me desnudé para meterme en el agua que estaba a la temperatura adecuada. Una sensación de relax se apoderó de mi cuerpo inmediatamente. Llevaba de pie desde las siete de la mañana, y el día había sido duro y anormal, y por tanto esa sensación de calor me hacía sentir en la gloria. Eric encendió el aparato de música que era posible conectar desde cualquier punto de la casa. Sonaba Cat Stevens y su «Morning has broken» que encajaba perfectamente con la tranquilidad de aquella tarde insular.

 Eric bajó el tono de la luz y cogiendo un gel corporal que desprendía un olor a bosque y poniéndose de rodillas fuera de la bañera, comenzó a frotarme la espalda. Eso era una especie de friega y masaje al mismo tiempo. La presión que ejercían sus dedos en el momento de extenderme el jabón era muy agradable. Cerrando los ojos, permití que aquel experto músico que tenía por compañero, llegase con sus hábiles manos y fuertes brazos, a todos los rincones de mí ya entregado cuerpo.

Me hizo estirar para cogerme los pies, donde jugó con mis dedos, mi tobillo y mi planta. Se entretenía en cada uno de los minúsculos músculos de mis pies. Después de enjabonarlos con mucho cuidado, noté como las manos habían dejado paso a sus dientes. Ahora estaba allí mordiéndome mis deditos y poniéndome poner la carne de gallina, en una mezcla de relajamiento y excitación simultanea. Yo no quería abrir los ojos. Quería que me cuidaran, que me mimaran por unas horas, y, por suerte o por desgracia, tenía la persona adecuada para hacerlo. 

Aquella sesión de mordiscos llegó hasta las rodillas, donde estuve a punto de meter a Eric dentro la bañera, pero no me dejó. Unas friegas en mis cervicales y a parte de mi cabeza, me dejaron medio muerta, sin fuerzas. Volvió a hacerme estirar con el cuerpo medio hundido bajo el agua, y entonces fue él, el que se desnudó en silencio poniéndose después sobre mis piernas. Comenzó a extenderme el jabón, acariciándome el ombligo, deslizándose por mi vientre, flirteando con mis pechos y seduciendo mis pezones. Mientras lo hacía, aún estando con los ojos cerrados, noté que él también se estaba acariciando, y eso me provocó una mayor excitación si cabe, que propició que le cogiese por las dos nalgas atrayéndolo contra mí, pero con una habilidad más propia de un equilibrista que de un músico, hizo un salto hacia fuera de la bañera.

– Aún no. Quizá hasta no te dejo tocarme en toda la noche…-, dijo mientras se iba hacia la puerta con una sonrisa en los labios. Él sabía perfectamente que aquello aún me excitaba más.

Yo me quedé un rato más en la bañera con las luces apagadas y la música suave de fondo, arañando así unos minutos a aquella situación paradisíaca.

Instantes más tarde, apareció el Eric con un albornoz blanco y una gran toalla en los brazos con los que me cogió como si no pesara nada, y me llevó hacia el piso superior donde había un pequeño balcón lleno de flores y de una bandeja de melocotones y otras frutas con un aspecto fresco y apetitoso. 

Allí nos estiramos sobre una hamaca de paja, donde yo apoyé mi espalda sobre su pecho, para después ser rodeada por sus piernas y brazos. Desde donde estábamos, veíamos una puesta de sol sobre el mar que desprendía colores rojos, amarillos y violetas. Aquella panorámica, la ligera brisa, el gusto de aquella fruta fresca y la sensación tan confortable de paz, hacía de aquello tan sencillo, un momento muy especial.

En esa posición me encontraba protegida y contenta. Por primera vez en mucho tiempo, alguien era realmente feliz teniéndome a su lado, …y me lo hacía sentir.

Saboreamos cada segundo de la desaparición del astro rey y del crecimiento de una oscuridad azulada que aventuraba una noche electrizante.  Pasó prácticamente una hora y cuarto, cuando decidimos ir hacia dentro. Una vez en la habitación, vi que sobre la cama había todo el vestuario que se suponía debía lucir aquella noche. Un vestido negro que me llegaba por encima de las rodillas, la ropa interior de color grana y unas abarcas de cuero, todo eso aderezado con unos pendientes estrellados que estaban en la mesilla de noche, mi perfume, un pintalabios y un esmalte para las uñas de los pies.

Eric me dijo que me tumbase un rato en la cama, y que después poco a poco fuera vistiéndome, mientras él preparaba alguna cosa para comer. Me dejé caer sobre la cama, pero no quería dormir. Me era difícil entender el por qué esta sensación, esta electricidad, esta química entre dos personas que se quieren, va desapareciendo a medida que pasan los años de convivencia. Pero ahora mismo y después de un buen tiempo viviendo juntos, no me parecía que eso nos fuera a pasar a nosotros. El respeto por nuestras actividades profesionales y personales (al margen de nuestra relación), y la intensidad con que las hacíamos, no permitían que nos cansáramos el uno del otro, o hiciéramos de la rutina, nuestra bandera. Si encima le añadía su incansable capacidad de sorpresa, no podía sino ver un futuro lleno de nuevas inquietudes y de muchas posibilidades.

Le escuchaba moverse arriba y abajo. A buen seguro que quería que todo saliera perfecto, y si algún detalle se le escapaba, nunca sería por falta de interés. Yo me vestí poco a poco. Quería estar a la altura de todo el montaje que Eric había preparado para aquella escapada. Me encontraba bonita. Mi media melena caía lisa y suave. Me la cepillé y dudé en ponerme una diadema de madera que me había regalado, o dejarlo al natural, como a última hora preferí. No acostumbraba a ponerme colorete y sólo me pintaba los labios suavemente, porque hacía contraste con mi piel blanca de invierno y morena del resto del año. Algo de perfume tras las orejas, en el cuello, bajo los brazos, en el estómago e incluso en mis tobillos.

Me puse la ropa interior que había dispuesto el maestro de ceremonias. Me veía atractiva. Eric me había enseñado a querer mi cuerpo, fuera como fuera (pero sin descuidarlo), y aquellos kilos que obsesivamente quería hacer desaparecer, aquellas arrugas que tiernamente iban apareciendo o aquellos cabellos blancos que despertaban en mi cabellera, ahora eran parte indivisible de mi belleza personal. Aquel cuerpo que veía reflejado en el espejo de pie que había en la habitación, volvía loco a mí «Rachmaninov» particular, y a mí me hacía sentir muy bien.

Después me puse el vestido negro de tacto suave y con lunares blancos pequeños que había seleccionado Eric. El negro o azul marino me solían sentar bien, y ese día no era una excepción. Los pendientes plateados daban el último toque. Una mujer sabe (sin falsa modestia), cuando está atractiva. Quizá lógicamente, no lo hace todo el vestuario, y sí mucho más tu estado interior, pero todo ayuda, y yo me sentía simplemente fantástica aquella noche. 

Cuando iba a salir de la habitación, pensé que yo no tenía ninguna sorpresa para él, (quizá tampoco la necesitaba), pero quería hacer algo. La única cosa que después de escudriñar por la habitación durante unos minutos pensé que le sorprendería, sería… no llevar nada bajo el vestido. Algunas veces habíamos hecho comentarios al respeto, pero nunca lo había acabado haciendo, y sabía que eso quizá le excitaría aún más y que a buen seguro, no se lo esperaría. Así lo hice. Mi cuerpo se brindaba desnudo y natural bajo mi indumentaria negra.

Cuando llegué a arriba, el comedor estaba tan solo iluminado con velas, y la mesa estaba vestida con la exquisitez con que solía preparar la comida Eric. La música instrumental que salía del aparato, era de películas (El piano, Memorias de África, Ghost…), que evocaba epopeyas cinematográficas que tanto nos gustaban ver cuando podíamos. Eric estaba en el baño acabando de vestirse. 

Yo entretanto salí a la terraza. Lo que se veía en aquel momento era bonito. El viento que en aquella parte de la isla es suficientemente conocido, hacía estallar pequeñas olas contra las rocas que estaban cerca del faro. Algunas aves nocturnas parecían hacer el camino de vuelta hacia sus nidos. La pareja de perros que nos habían recibido en la entrada, jugaba como cachorros por todo el espacio del que disponían, aunque después de un rato y tras fijarme bien, vi que no era jugar precisamente lo que estaban haciendo, sino insinuarse y perseguirse en búsqueda de alguna cosa más.

La luna iba haciéndose espacio discretamente dentro de toda aquella oscuridad, y yo estaba allí esperando a que Eric subiese. No pasó mucho rato para que notase que alguien me cogía por la cintura y me besaba el cuello tiernamente.  Nos quedamos un rato en esa posición. Él iba apretando su cuerpo contra el mío y mis brazos dejaban de agarrarse a la barandilla del balcón, para colgarse del cuello de Eric, mientras mi cintura se movía sincronizádamente con la suya, estimulando aquello que los dos deseábamos.

Viendo que aquello podía ir a más, me bajó los brazos y, cruzándolos por delante, y poniendo una voz más grave del normal, me dijo:

– Los postres siempre son para el final, ¿No es así? -, mientras se mordía su labio inferior con sus dientecillos de lobo.

Pasamos hacia el comedor. Yo me senté y él fue hacia la cocina. Vestía un polo azul con pantalones de algodón negro y náuticos con cinturón a juego. También desprendía el olor a perfume que yo le había regalado y que escasamente se ponía. Al volver, llevaba dos platos donde se veían unos cogollos rodeados con huevo, manzana y anchoas, regados con una salsa de tres quesos y acompañados con dos pequeñas tostadas con paté de pimienta negra. Era un plato ligero y conveniente para cenar. El vino que dispuso era un Viña Esmeralda blanco algo dulce, pero nada empalagoso. La mesa donde estábamos sentados era redonda con mantel de hilo blanco de tipo provenzal y con todo el juego de copas, cubiertos y platos a juego, y la distancia entre nosotros era la justa.  Propuse un brindis cogiendo la copa:

– Brindo por no tener más, pero tampoco menos que ahora. Por nosotros –, dije mientras me levantaba buscando su copa. Entre canción y canción, era gratificante poder oír tan de cerca el sonido de un mar bombardeando la costa menorquina.

Después de saborear aquel plato, Eric se dispuso a levantarse para ir a por el segundo, pero le pedí que me lo dejase servir a mí. Recogí su plato después de rozarle ostensiblemente mi cintura por su brazo y hombro izquierdo. Al llegar a la cocina, los platos estaban dentro el horno. Aquello que se veía, era más elaborado que el primero; lenguado acompañado por unas almejas y mejillones a la marinera. El olor que desprendía era exquisito. Serví a mi compañero de mesa que, aprovechando el gesto, se percató que bajo mi escote no llevaba sostén. Antes de que me preguntase nada, le puse el dedo índice ante sus labios, sugiriéndole que no dijese nada con un largo sonido onomatopéyico. Aprovechando que estaba de pie, serví aquel vino fresquito que entraba tan bien y que disminuía la coordinación de movimientos a gran velocidad. 

Comiendo aquel plato, te dabas cuenta de la diferencia entre el pescado auténticamente fresco, y el que supuestamente debía serlo. Mientras comíamos, Eric me explicó alguna de las peripecias del propietario de aquel atípico inmueble… todo un personaje. Finalmente llegaron los postres que eran, según mi músico preferido, el toque final y casi personal de los cocineros. Se levantó para recoger los platos y la botella (absolutamente vacía) de vino hacia la cocina. Yo desde la mesa le veía moverse, abriendo la nevera, el congelador, cajones, mezclando cosas, …en definitiva, esmerándose por mí. Me dieron ganas de ir a la cocina y hacer el amor allí mismo sobre una de las encimeras, pero no quería romper el croquis mental que se hubiese hecho Eric.

Se presentó con una botella de cava «Anna de Codorniu» en una mano y la bandeja con los postres en la otra. El último plato consistía en un helado de yogur de café, rodeado por completo de una macedonia con todos los colores sobre un fondo de chocolate blanco deshecho. Estaba segura que el sabor no sería mejor que la presencia, y esta era excelente. Abrió la botella de forma muy sonora, para acto seguido servirme y brindar:

– Para que no cambies nunca. Por nosotros-, dijo haciendo chocar las dos copas. 

Después, me hizo levantar un momento, para posteriormente hacerme sentar sobre sus piernas mientras nos comíamos aquellos originales postres. Mientras estaba saboreando aquel plato, me fijé que él utilizaba la mano izquierda para comer, cuando él en absoluto era zurdo. Su mano derecha la utilizaba para acariciarme los cabellos, el cuello e ir bajando por la espalda. Al llegar en las nalgas pudo constatar que bajo el vestido no había otra cosa que mi piel, fue entonces cuando me clavó un cariñoso mordisco en mi espalda.

Los postres quedaron en segundo plano. Las caricias de él ya eran a dos manos. Yo intenté seguir comiendo (como haciendo ver que no pasaba nada), mientras sus manos ya corrían desbocadas por todo mi cuerpo. Si la espalda había sido la primera beneficiada de aquel masaje singular, ahora eran sus dedos los que ya rebasaban mis hombros a la búsqueda de aquellos pechos que ya tan pronunciadamente se adivinaban tras el vestido. Mis ojos estaban cerrados y la última cucharada de helado estaba en la boca a punto de ser partida en dos por la fuerza que ejercían mis dientes. Mientras una de sus manos recorría todo el contorno de uno de mis pechos, la otra mano deslizaba ya por mi vientre buscando la zona más erógena de mi cuerpo.

Cuando iba a girarme para sentarme de cara a él, noté un movimiento brusco de su mano izquierda. ¡Lo había movido, …para mirar la hora!

– Corre, apaga las velas y vamos hacia arriba-, dijo haciéndome levantar de la silla y cogiéndome la mano para llevarme hacia el último piso del faro. No entendía nada, pero tampoco me dejaba abrir la boca.

Una vez estuvimos arriba, salimos al estrecho corredor que rodeaba la esfera de vidrio y que contenía una placa metálica que antiguamente servía para iluminar y orientar las embarcaciones que pasaban cerca de la zona. Cuando ya estábamos fuera, Eric se puso a mirar el cielo como un poseso. Me cogió por la espalda y señalando el firmamento me dijo:

– Fíjate allí, porque esto no volverá a suceder hasta dentro de dos siglos-. Allí se veía un eclipse de luna que no habría tenido nada de especial sino fuera que al mismo tiempo se veía el paso de un cometa que desprendía una larga cabellera blanca de estrellas, que se hacía más que visible con motivo del oscurecimiento de la luna. Aquel espectáculo era inaudito. Todo el cielo estaba iluminado como si de una noche de San Juan se tratase. Eric me decía que los meteorólogos habían anunciado esta maravilla, pero al mismo tiempo también habían dicho que no se vería a menos que se estuviese a muchos kilómetros de cualquiera ciudad.

Nos abrazamos fuertemente el uno al otro, sabiendo que aquello que estábamos viendo no lo volveríamos a ver antes de morir y, por lo tanto, era una ocasión irrepetible, pero que teníamos la oportunidad de compartirlo juntos. No se oía otra cosa que el sonido lejano de una versión de los Bee Gees en la voz de Tomeu Peña, el sonido del mar, y el latido y la respiración un poco acelerada de los dos. Estuvimos allí un buen rato hasta que la brisa marítima caló algo en nuestros cuerpos. Antes de bajar, Eric cogió una pequeña navaja para escribir sobre la barandilla nuestros nombres y la fecha en la que estábamos, al lado de otros nombres de amigos que como nosotros habían estado en aquel rincón de mundo. Acabábamos de vivir un hecho excepcional, pero o mucho me equivocaba, o no sería el último.

Nos dimos un beso lleno de candidez para sellar aquel momento. Él me cogió en brazos y yo me enganché a él, y con mucho cuidado por lo estrecho de la escalera, bajamos hasta la habitación donde de forma muy tierna y cariñosa hicimos el amor apasionadamente hasta quedarnos casi dormidos. Habíamos gritado, gemido y muerto de placer, y ahora, estábamos allí, bajo una ligera sábana abrazados el uno al otro. 

Él se durmió primero, pero no había dejado de entrecruzar sus brazos a mí alrededor. Yo intentaba mantenerme despierta, aunque mis ojos exigían un descanso a aquella bonita, pero sofisticada jornada. Me sentía muy feliz. Hacer el amor con la persona que más quieres, que más te llena y que más te desea, y encima en un entorno como aquel, me parecía una suerte que debía tener muy presente para valorarla y cuidarla, tanto como me fuera posible. Notaba el peso del cuerpo, y la respiración cada vez era más profunda. Un suspiro final me hizo abandonar dentro de la magia de la noche.

Los fines de semana provocaban en mí una situación curiosa. Los días laborables intentaba arañar 5 o 10 minutos al despertador con tal de dormir un rato más, y en cambio sábados o domingos, mi cuerpo me impedía estar en la cama más tiempo del necesario.  Me desperté plenamente consciente de lo que había soñado. Había sido excitante, maravilloso, quizá idílico, pero extraordinario. Podría describir color a color cada una de las cosas que había visto y vivido.

Quería repasar lo que me había pasado, pero aquello ya no era un hecho aislado y banal como para analizarlo de cualquiera manera. 

En aquella postura no podía, ni quería pensar ligeramente en todo aquello. Fui directa al baño para tomar una ducha rápida. Al salir me puse ropa ligera de deporte y después fui hacia la habitación donde teníamos el despacho para dejarle una nota a Alberto, donde le decía que no se preocupase, que no pasaba nada, pero que había decidido irme a pasar el día (o unas horas), completamente sola.  Había comida preparada en la nevera, los niños debían ir a una carrera atlética con sus primos, y que como él debía participar en el concurso de tiro al plato con los vecinos, ya nos veríamos a la vuelta. Preferí dejar la nota sobre el televisor, asegurándome así de que todos la verían. Después, sin hacer ruido, cogí las llaves del coche. Tan solo Bruce me siguió con cara de interesante y preguntándose donde iba tan sigilosamente. Una galleta previamente cogida de la cocina, fue suficiente chantaje para aplacar su curiosidad. Una vez dentro del coche, no había decidido hacia donde ir. Salí de la población y después de un buen rato conduciendo, decidí ir hasta la «casita» de la playa que tenían alquilada mis padres de toda la vida y de la que tenía una copia en el llavero, y que sólo utilizaban en pleno verano. Un café con leche con un par de magdalenas fue suficiente para calmar mi estómago. El lugar donde lo tomé era un bar lleno de ciclistas madrugadores que hacían un ruido considerable.

Después de pagar, me dirigí hacia el «palacete» (como le gustaba nombrarlo a mi padre, pero que no tenía más de 20 o 25 metros cuadrados), y que estaba en primera línea de mar. Ya desde fuera se veía que hacía meses que nadie había pasado ni unos minutos por allí. Entonces decidí coger una silla de playa e ir hacia el espigón que estaba junto al mar. Era un lugar solitario, que permitía encontrarte contigo misma, y al mismo tiempo, poder sentirte aislada, sin más influencias que las climatológicas.

Aquel mar no era como el que horas antes había soñado. Aquel otro era tranquilo, plácido… estimulante. Me daba algo de miedo analizar todas aquellas imágenes. Durante el sueño salía mi lugar actual de trabajo, mis compañeros de oficina y el restaurante donde solíamos ir a comer. Pero también salía Eric. Eric existía. No era producto de mi imaginación, era de carne y hueso. Había conocido a Eric unos años atrás. Recuerdo perfectamente el día que, acompañado de un abogado de prestigio, se presentó en nuestro bufete.

La primera sensación fue muy negativa. Parecían unas personas arrogantes, ya no por su aspecto, sino por la aparente pomposidad con que entraron en mi despacho. Meses más tarde entendí que aquella, era una carta de presentación habitual de abogados de supuesto prestigio, y que por lo tanto él no tenía nada que ver con aquel montaje. También la vehemencia y contundencia con que querían defender su postura, hizo que no fuera precisamente buena la primera impresión que yo tuve de Eric.

El motivo de su presencia en nuestra oficina venía motivado por el supuesto plagio de una composición suya para piano y orquesta. La persona que había interpuesto la demanda era un cliente nuestro, que “por fortuna” me había tocado. Normalmente las personas con más experiencia en la empresa, intentábamos escoger los casos de los que queríamos hacernos cargo, bien por conocimientos en la materia, o bien por el alto índice de probabilidades de ganar el caso. Esta vez, sin embargo, me encontré representando a alguien a quien no había escogido yo, básicamente por mi ignorancia musical. Al hijo de Meseguer (un incipiente abogado, pero excesivamente inducido por su padre), se le estaba escapando el caso de las manos, y su padre y responsable del bufete solicitó mi ayuda.

No olvidaré que la primera que los vi, me hizo o me sentí ridícula, cuando tras el saludo de rigor, el abogado de Eric me preguntó sobre mis conocimientos de música y composición.  Mi respuesta fue clara: – No tengo ni idea –. Aquella respuesta provocó una sonrisa victoriosa del abogado hacia su representado. Aquello no hizo otra cosa que estimularme más, a poner los cinco sentidos en aquel caso. Lo único que hice para no alargar aquella conversación tan desagradable, fue pedirles que me dejaran una grabación de la obra, prometiéndoles ponerme sobre el asunto de inmediato. No hubo ningún problema, y tras unos golpecitos en mi hombro por parte del famoso abogado, salieron de mi despacho. La sensación que yo tenía en aquel momento era de rabia, y por este motivo mandé mentalmente a paseo a quien me había traspasado aquel “muerto”.

No fue hasta la tarde, cuando después de terminar casos más urgentes, pude volver a retomar el hilo de aquel atípico caso. Tan pronto me quedé sola en la oficina, puse la cinta que contenía la grabación. Recuerdo que la tarde era lluviosa y gris. Al oír aquella música, mi cuerpo se dejó ir, se relajó y disfrutó de aquel sonido que entraba sin arrogancias, comprendiendo todo el significado de lo que intentaban transmitir cada una de las notas. No pude evitar cerrar los ojos y ponerme cómoda, aquella melodía lo requería. Después de unos minutos de dejarme ir entre prados verdes, ciervos juguetones y arroyos de nostalgia, la composición acabó. Aquella canción, composición o como se llamara, me había transportado, me había hecho sentir bien, cuando no era esta mi predisposición inicial. Quien había compuesto aquello, era alguien con una sensibilidad especial, que no está al alcance de todos. Había sido una sensación magnífica, y no entendía que una cosa así pudiese traer problemas.

Los días posteriores hicieron que este caso me interesase más que otros. Logré el original de la composición de mí anónimo (hasta aquel momento), representado. En cuanto pude, ofrecí las mismas condiciones de imparcialidad que a la otra grabación, pero…aquello no era lo mismo. Era bonito y probablemente interesante para expertos en la materia, pero para las neófitas como yo, no nos decía nada especial. Se podía escuchar, pero no tenía el gancho o el poder de cautivarte que tenía la de Eric. Además, no encontraba que tuviese nada en común como para suponer que fuera un plagio.

Después de asesorarme un poco, pedí la opinión de unos expertos en la materia. La respuesta la obtendría a final de semana. Entretanto, y sin esperar a la resolución de los maestros, pedí encontrarme con mi representado para escuchar en directo aquella composición.

Tras poner algunas “trabas” por su parte, logramos quedar un jueves a las seis de la tarde. Una vez había conseguida esta cita, llamé a mí oponente para hacer la misma operación horas más tarde, y así poder comparar en directo y el mismo día, las dos composiciones. Me costó  encontrarlo, pero una vez localizado, todo fueron facilidades. A las ocho de la tarde de aquel mismo jueves (un 10 de enero que nunca olvidaré), escucharía la versión directamente de sus manos y no mediante un destartalado aparato de música. Llegó el día y con motivo de estas citas, pude entrar a trabajar más tarde. La primera de las audiciones la hicimos en el Conservatorio de la ciudad. Allí conocí por fin a Ricardo Salcedo, mi representado. Lo noté un poco estirado y hasta algo prepotente (básicamente por el trato que tenía con sus alumnos). Yo pensaba que me dedicaría un rato para mí sola, sobretodo ante mi incultura con el pentagrama. Pero no. Habíamos quedado en una hora, donde él tenía clase. Me hacía sentir algo violenta el hecho de escuchar aquella composición ante otra gente con muchos más conocimientos que yo, pero…. Por fin me senté y escuché. El sonido era atractivo (mejor que en la cinta), pero demasiado complejo, algo barroco. No sabría como definirlo. Pero mi parecer no era compartido por aquellos alumnos, que presurosamente se pusieron a aplaudir como si hubieran escuchado la última maravilla musical. Hubiese deseado que Ricardo me explicase donde estaba la similitud entre aquello que acababa de escuchar y el supuesto plagio de mí rival en el juicio. Pero no fue así. Tras haberlo escuchado, Ricardo pidió que me acompañaran a la puerta y dijo que ya se pasaría por el despacho por si había alguna consulta. Me encontré que tras de 20 o 25 minutos había entrado, escuchado y salido del Conservatorio sin ninguna sensación de haber aprovechado el tiempo. La siguiente cita era una hora más tarde. Habíamos quedado ante la puerta principal del Palau de la Música, pero tenía tiempo para dar una vuelta.  Entré a probarme un traje negro con topitos blancos en una céntrica tienda de ropa, entré a comprar 50gr. de queso manchego en una de estas charcuterías antiguas que lo tienen todo tan bien presentado, y por último llamé a casa para corroborar que todo estuviera en orden.

En un golpe de taxi me presenté en el lugar establecido. Allí no había nadie.  Tuve que esperar más de 10 minutos (con lo poco que a mí me gustaba esperar a los demás), y por fin apareció Eric a bordo de un Mini-Morris.  Aparcó en la acera y saliendo del coche me dijo:

– Siento haberla hecho esperar, pero he estado haciendo gestiones para poder entrar aquí dentro (señalando el Palau), pero no ha sido posible. ¿Le importa venir a mi casa? -,dijo con toda tranquilidad. Yo quedé bloqueada. No esperaba una cosa así. Sin pensármelo demasiado para no dar la sensación de tener miedo, dije que sí. Mientras me abría la puerta, iba pensando si tenía suficientes datos de aquel hombre como para fiarme. Sabía nombres y apellidos, número de DNI, el número de matrícula, su puesto de trabajo y el nombre de aquel estúpido abogado suyo. Si pasaba alguna cosa sabía donde encontrarlo para hacer la denuncia.                       

Ya dentro del coche, este estaba cuidado, era confortable y tenía un buen aparato de música (como correspondía a un músico de su categoría). No era, sin embargo, música clásica la que estaba escuchando. Era una vieja canción del Art Garfunkel. Durante el trayecto era yo quien preguntaba con discreción, pero hablando de todo, menos del caso que nos ocupaba. Él era bastante prudente con sus respuestas y preguntas, y la única conclusión que podía sacar tras bajar del coche, es que era un tipo interesante. Su piso estaba en la parte alta de la ciudad, en una calle de difícil aparcamiento. Era un sobre-ático que dominaba toda la ciudad, pero desde la tranquilidad, no demasiado grande, y con una terraza panorámica llena de flores y desde donde a buen seguro podría inspirarse libremente. A primera vista me pareció un lugar privilegiado. A pesar de su tamaño reducido, la distribución de los muebles, las paredes pintadas de color salmón y algún espejo adecuadamente puesto, hacían de aquella vivienda un piso acogedor. El piano dominaba el espacio, pero sin reducir el movimiento. Yo me esperaba una casa grande o un piso dúplex, y lleno de partituras por todos lados. Él me explicó que eso era más propio de las películas y que no había dos compositores iguales.

Tomamos agua con gas y, antes de entrar en materia, me explicó como solía comenzar a trabajar, donde estaban algunas de las notas dentro el teclado del piano, e incluso resolvió mi ignorancia sobre la diferencia entre el teclado blanco y el negro. Había pasado casi una hora cuando decidimos empezar a escuchar la melodía que nos había hecho conocer. Su postura era sencilla. Me sorprendió que afinase el piano con pequeños acordes de los Beatles. Después de un pequeño silencio comenzó.

Se le veía seguro en todos sus movimientos. Sus dedos no apretaban, sino que acariciaban aquel teclado. Delante mismo tenía la partitura, pero casi no la miraba (aunque sí que iba pasando hojas). Parecía que aquel sonido le salía del alma y lo más importante…es que lo contagiaba. Aquella melodía te penetraba y recorría toda tu epidermis de arriba abajo. Los dedos de los pies y de las manos se movían acompasadamente con la cabeza, y los ojos se cerraban espontáneamente a la búsqueda de la sensación que intentaba transmitir el autor a quien lo estuviese escuchando. Aquel concierto particular duró aproximadamente unos veinte minutos, y por primera vez en mi vida, una composición clásica se me había hecho corta. Como el que no quiere, le dije:

– Probablemente no te servirá de ayuda, pero me parece una composición genial y no apta para insensibles-. 

Hizo una pequeña reverencia con la cabeza en señal de agradecimiento, para acto seguido hacerme sentar a su lado y explicarme en que parte del tema decía mi representado que lo había plagiado. A primer golpe de vista (o de oído), me pareció una barbaridad, pero no era yo quien para juzgarle.

Se levantó para traer de la pequeña cocina que había en la entrada, unas trufas (que había preparado días antes) con vino dulce para redondear aquella tarde. Miré el reloj sin ninguna pretensión, y cuál fue mi sorpresa cuando vi que pasaban unos minutos de las 10h. de la noche. El tiempo había pasado volando y las conclusiones que había sacado de aquella pequeña audición/lección, eran definitivas. Eric tenía la capacidad de hacerte partícipe de sus conocimientos sin sentirte una ignorante. No aleccionaba, sino que compartía.

Probé aquellos dulces que, o bien porque era tarde y no había cenado, o bien por su meticulosa elaboración casera, estaban exquisitos. Minutos más tarde le dije que debía irme. No puso ninguna objeción, aunque en el momento de levantarnos, me dio la sensación de que quería decirme alguna cosa. Antes de salir, y en previsión del recorrido que debía hacer hasta llegar a casa, fui al pequeño baño que había entre las habitaciones.  Mis mejillas estaban enrojecidas, pero el agua fría que salía de un calentador averiado, ayudó a bajar un poco el tono.

Salimos del inmueble y me acompañó hasta mi trabajo donde había dejado el coche. El trayecto se hizo muy corto por el poco tráfico que había o por el intercambio informal de impresiones que estábamos teniendo. Una vez llegamos tan solo dijo:

– Ahora te toca a ti enseñarme como haces tu trabajo, ¿no? –. Aquello era una puerta abierta que me gustaba dejar así. Me dio un beso en la mejilla y señalándome el corazón, me dijo:

 La música está aquí dentro y pase lo que pase, nunca debes dejarla morir -. Me quedé de piedra. Salí del coche y viendo como se alejaba, noté que las piernas aún me temblaban ligeramente.

Días después me llegó el informe de los maestros que habían analizado ambas composiciones. Parecía que el problema no estaba tanto en el resultado final que era absolutamente distinto y sí en el encadenamiento (que no concordancia) de un número determinado de compases. Estos expertos dudaban del éxito en caso de llegar a juicio, y opinaban que lo mejor sería llegar a un acuerdo previo. En un tema donde yo no era una experta, y después de consultarlo con el responsable del gabinete, creímos oportuno citar a las dos partes e intentar negociar. Así lo hicimos. La reunión sería a finales de semana, y yo no podía ocultar la preocupación por la resolución final del caso, y al mismo tiempo la ansiedad por volver a ver de nuevo a Eric.

Cuando nos pusimos en contacto con Ricardo Salcedo (una persona de clase alta y muy acostumbrada a lograr lo que se proponía a cualquier precio), su reacción no fue demasiado buena. Se creía en la posesión de la verdad y tan solo aflojó un poco cuando supo quienes eran los expertos musicales a los que habíamos consultado, y la posible indemnización que quizá podríamos lograr.

El día llegó, y sin ser consciente de ello, supe por mis compañeros de oficina, que la ropa que había escogido aquel día no era la habitual en días laborables. Lo que llevaba puesto no era nada especial, pero si era verdad que ese conjunto que años atrás me había regalado mi hermana, me sentaba bien, y me lo ponía de tarde en tarde.

El primero en llegar fue mi representado. Muy bien trajeado y completamente engominado. Minutos más tarde llego el imitador de Perry Mason y Eric. El saludo entre los dos compositores fue glacial.

Sentadas las partes una en cada esquina de la mesa, intentamos ponernos de acuerdo. Nuestra propuesta era clara; retirar la demanda a cambio de una compensación económica y obtener una declaración de no injerencia profesional en un futuro. El abogado reaccionó inesperadamente. No solo no aceptaba la propuesta, sino que después de consultar a altas esferas musicales, se veía con fuerza suficiente como para exigir una rectificación pública y, además, una indemnización por difamación. Aquello no me lo esperaba. Los ojos de mí cliente se salían de órbita. ¿Y Eric? Eric parecía tan sorprendido como yo misma. Todo daba a entender que su abogado, aprovechando nuestra propuesta conciliadora, se había envalentonado y por su cuenta y riesgo había lanzado aquella propuesta amenazadora.

Un buen abogado, como un buen entrenador, es quien es capaz de encontrar el punto débil de su rival en los momentos más embarazosos y contraatacar con rapidez:

– Usted ha visto demasiadas películas. Mi última propuesta antes de ir a juicio es la siguiente, renunciamos a la compensación económica prevista y al mismo tiempo no daremos a conocer a la opinión pública el intento de plagio por parte de su cliente que tanto afectaría a su reputación como compositor y a la venta posterior de su obra –, dije con un nudo en la garganta, que me acariciaba el último botón del vestido.

Aquella respuesta dejó con la duda a mi rival, que a pesar de ello se levantó de la silla de forma desafiante y justo cuando iba a hablar, Eric, que hasta aquel momento no había dicho y hecho nada, puso su mano sobre la de su abogado en señal de tranquilidad, dando por buena la última oferta por mi parte.

– Pero…-, intentaba decir el letrado, mirando a Eric cuando este movía la cabeza de un lado a otro sin abrir la boca. Finalmente firmamos el papel de compromiso, y todo el mundo selló aquel pacto antes de salir de la oficina. 

Cuando todos estaban fuera, fui directa hacia el baño. Mi cara más profesional había salido y mi aspecto así lo demostraba. Al salir, pedí a mi jefe permiso para salir a pasear un rato. No puso el más mínimo inconveniente mientras me rodeaba con su brazo mis hombros en señal de victoria. El ascensor estaba estropeado y bajé por las escaleras, cuando en un peldaño del tercer piso, encontré a alguien sentado.

Era Eric. Este se puso de pie cuando se dio cuenta que era yo quien bajaba, y dijo: 

– Abogada, ha estado genial. A punto de poner en peligro mi carrera, pero genial –.

Yo no sabía que decir. Él estaba un escalón más abajo que yo, nuestros cuerpos se rozaban ligeramente, y el primer impulso que me pasó por la cabeza, fue besarlo acaloradamente, pero… no supe reaccionar. Yo no era una persona de arranques de aquel tipo. Nunca nadie me había cautivado de aquella manera tan primitiva, tan rápida y apasionada. Él, viendo la duda en mis ojos, puso el dedo índice sobre mis labios y añadió: 

– En la vida no todo se puede prever, encasillar, justificar y clasificar. Hay cosas que salen espontáneamente, sin previo aviso, de forma natural y de las que no podemos saber el origen o el motivo que han dado pie. Te llamaré -, dijo mientras retiraba sus largos dedos y me ponía bien el cuello de mi chaqueta. Bajó las escalas y cuando ya lo iba a perder de vista, se giró para decirme: – Buen trabajo abogada –. Yo no me moví ni un centímetro en los siguientes tres o cuatro minutos. 

Pasaron un par de días antes de que recibiese la llamada de Eric. Aún estando muy ajetreada en ese momento, lo dejé todo, como si fuese de una colegiala. El objetivo de aquella conversación, era proponerme una comida de agradecimiento, si yo no había de tener ningún problema en casa. Le dije que dijese el día, la hora y el lugar como si no debiera dar explicaciones a nadie (cosa que no era verdad).

Recuerdo que nos encontramos para comer cuatro o cinco ocasiones, así como algunos encuentros para tomar un café, para ir a pasear, para medio leer un libro especial o para simplemente comer fruta juntos. Aquellos encuentros eran campechanos, sencillos. Parecía que nos conociéramos de años atrás. Nos abrimos de par en par. Sabíamos de nuestras preocupaciones e ilusiones familiares, profesionales, personales e íntimas. Intercambiábamos información de forma clara, y sin los prejuicios que muchas veces hacen de frontera en la comunicación entre dos personas. También recuerdo, que intenté explicar en casa un poco por encima cosas sobre estos encuentros tan enriquecedores y sin malicia alguna, pero tuve que desistir de explicarlo, porque lo único que generaban era polémica, y un número excesivo de explicaciones y justificaciones que yo encontraba innecesarias, y que probablemente venían dadas por la incomprensión de una amistad entre dos personas de distinto sexo, o por la falta de confianza en uno mismo al no saberse capaz de dar aquello que necesita la otro persona.

Aquellos encuentros nos estimulaban, nos hacían sentir bien, nos llenaban, pero hubo un día que Eric me llamó, y su tono de voz era más tierno y así lo corroboraron sus palabras. Quería que cuando pudiéramos, intentáramos ir a cenar. Sabía que eso podría crear algún problema más allá de lo normal, pero a pesar de ello pretendía que nos lo pudiéramos arreglar por un día. Yo hubiese deseado haberlo planteado semanas antes, pero el disgusto por ver las malas caras en casa y tener que dar explicaciones infantiles, me había hecho desistir de proponerlo, pero esta vez acabé aceptando la invitación.

El día llegó. Quedamos en un lugar céntrico, para posteriormente coger su coche. Solo una música suave de Phil Collins rompía aquel silencio premonitorio de alguna cosa. El restaurante se llamaba «El Recodo», que era tan conocido por su número reducido de mesas, como por la exquisitez en el trato y la calidad del servicio. Cenamos en un ambiente agradable, y después bailamos un poco gracias a la genialidad del propietario de aquel pequeño local, que, para celebrar el aniversario de su mujer, había contratado un pequeño grupo de música que rememoraba los años 60 y 70.

Al salir del restaurante seguimos un caminito que se dirigía hacia el interior de la montaña. Fui yo quien le cogió la mano a Eric (no entendía estas parejas o buenos amigos que, llevándose bien entre ellas, caminan paralelamente sin ningún tipo de contacto). Allí nos sentamos sobre unas rocas. Empezamos a hablar de cosas que en aquel momento parecían intrascendentes. A pesar de ello, la comunión de ideas era espléndida. El bagaje que ofrecíamos los dos en nuestras densas vidas era enriquecedor y por encima de todo eso, en nuestras miradas había una electricidad y una química difícil de explicar.

El frío se apoderó de mis pies porque había querido vestirlos como si estuviéramos en pleno verano, y los últimos días de invierno no perdonaban. La reacción de Eric fue instantánea, se puso a hacerme friegas y masajes en los pies, en los dedos y en los tobillos. Aquella sensación era gratificante. Una vez que entramos en calor, se puso medio de rodillas ante mí y me abrazó fuertemente. Estuvimos un rato así. Al separarnos ligeramente los dos sabíamos lo que queríamos y lo que deseábamos.  Fue en ese momento cuando supe a ciencia cierta que iba a pasar alguna cosa. Él se aclaró la voz y dijo:

– Sé quien eres y qué representa para ti tu familia, porque no ha habido conversación en todos estos meses, que no aparecieran de una forma u otra. También conozco el carácter de la persona con la que convives por todo lo que me has explicado y lo que no me has explicado de él. Sé que representan tus amigos de oficina, de universidad o de otros lugares, porque sin conocerlos personalmente, podría describirlos de arriba abajo uno a uno, desde los que hacen teatro a los que van a la ópera siempre que pueden. Sé del respeto que te has ganado en el ambiente de tu trabajo entre tus compañeros, ayudantes y superiores. Lo que esto te ha costado y de las posibilidades de futuro que a poco que te estimulasen podrías lograr. Pero también sé como nos encontramos los dos y lo que significaría perdernos el uno al otro. También me cuesta entender, cómo es posible que con sólo unos meses que hace que te conozco, pueda tener la absoluta certeza de quererte de por vida y de pedirte que nos vayamos a vivir juntos. Nunca hasta hoy había sentido tanta seguridad como para saber que he encontrado la persona con quien compartiría el resto de mi vida sin ningún genero de dudas. Y no querría morir mañana sin haberte dicho todo lo que siento por ti -.

  Me miró y me besó con tacto, con suavidad, como pidiendo permiso. Los labios casi ni se tocaban. Pero sin dudarlo y de repente, me apretó apasionadamente contra su boca. No había parte del cuerpo que no estuviera en contacto con aquel músico que había alterado mi mente, mis valores y mis neuronas. 

Habíamos aprendido mucho el uno del otro, y estaba segura que teniéndonos cerca mejoraríamos nuestras vidas. Aquel hombre me había enseñado una cosa muy importante, y era que en esta vida nadie debe rendirse ante sus ilusiones. Que en esta vida uno puede tener unos parámetros, un rumbo, una forma de hacer y proceder, pero nadie es ajeno a que le afecten circunstancias que nunca había valorado o pensado que le afectaran. Que esta vida se debe vivir día a día, quizá no como si fuera el último día, pero sí, sin dejar pasar la oportunidad de ser y hacer feliz.

Me encontraba en brazos de alguien, que hacía aproximadamente cuatro meses yo desconocía, pero también estaba en brazos de alguien, que me estimulaba, que creía en mí y que, por encima de mi natural desconfianza, estaba segura que me quería tal como era, para lo bueno y lo malo. Yo pensaba, que éramos dos personas que apuntábamos a poder hacer una extraordinaria combinación como pareja, coordinados, enamorados, apasionados, imaginativos, perseverantes y muchas otras cosas. Pensaba que en ese mismo momento lo dejaría todo para irme con él, allá donde fuera, con la seguridad de realizarme completamente como mujer y como persona. Aquella posibilidad me parecía un pasaporte y un puente hacía mis ilusiones y deseos.

Pero había alguien más. Alberto y los niños. Pol y Nuria eran mi debilidad. Era incapaz de hacerles daño o de hacerles pasar por una mala experiencia que les pudiera marcar, aunque quizá yo (y colateralmente, ellos), pudiese salir beneficiada. Los quería como a nadie en este mundo y aunque probablemente Eric era una persona que se los ganaría por su facilidad de conexión con los niños, todo aquello no dejaba de ser un riesgo, que no me atreví a asumir. Nunca me perdonaría una rotura en la relación con mis hijos.

Recuerdo que aquel momento fue el más inverosímil de mi vida. Estaba absolutamente feliz de estar entre los brazos de la persona que probablemente más me había querido nunca, y al mismo tiempo, absolutamente triste de tener que renunciar por el amor y responsabilidad hacia otras personas.

No salió ninguna palabra de mi boca, solo unas lágrimas cruzaron mi rostro. Mi corazón, mi cuerpo y mis ilusiones querían decir que sí. Querían dejarse ir a la aventura de una vida llena de sorpresas que ofrecía aquella inolvidable persona. Pero mi cabeza, mi “sensatez” me frenaba.

Nos besamos y acariciamos de forma casi salvaje (a veces tenía la sensación de hacerlo tan fuerte, que quizá incluso podía hacerle daño), pero aún así, no dudamos en recorrer nuestros cuerpos palmo a palmo, no hubo ni un momento en que los dos no llorásemos de impotencia. Yo aún no había dicho nada, pero él lo había leído en mis ojos. Yo no era capaz de articular una sola palabra de la que después pudiese arrepentirme.

Tras unos minutos, él se sentó detrás de mí y me abrazó tiernamente. En aquella postura me encontraba oculta, protegida y resguardada, como si estuviera en el interior de una cueva, mi cueva.

Estuvimos allí viendo el horizonte de la noche. No pasó ninguna estrella luminosa, pero el deseo de los dos era común. No queríamos dejar morir aquello. Poco menos de una hora después de haber salido del restaurante, bajamos hacia el coche y de allí hasta donde yo había dejado aparcado el mío. Antes de bajar de su vehículo, yo apoyé mi cabeza sobre sus piernas, y sin proponérmelo y gracias a las caricias de Eric por mi cara, por mi cabello y por mi espalda, me dormí dulcemente más de media hora. Al despertarme, y viéndolo mirarme de aquella manera, me hice una promesa que hasta el día de hoy no he roto.

– Estás aquí dentro -, le dije cogiéndole la mano y poniéndola sobre mi corazón. – Como una pequeña hormiga que se me ha colado por mi cuerpo y a la que no pienso dejar morir, pase lo que pase -, dije antes de besarlo por última vez. Mientras abría la puerta, y aún con medio cuerpo dentro, medio fuera, añadí: – Tú me has hecho descubrir una faceta de mí misma que no conocía. Y me gusta mucho saber que la tengo tan a flor de piel –.

Desde entonces no hemos perdido el contacto, aún haciéndolo de tarde en tarde. No hay música que no me haga pensar en él, ni sentencia judicial que no le recuerde yo; entre un número indefinido de otras muchas cosas, que desde ese tiempo tenemos en común (colores, olores, comidas, bancos de madera, bares…).

Pero la realidad es que no acabamos viviendo juntos por decisión mía. Han sido muchos momentos en los que he pensado si me había equivocado, o si había hipotecado mi vida por mis hijos o por miedo a una rotura. Pero la decisión estaba tomada, y mi corazón nunca ha vuelto a latir a la velocidad de aquellos meses, y actualmente de aquella relación queda una fortísima conexión (a la que no pienso renunciar de ninguna manera), alimentada por pequeñas llamadas, pequeñas notas y pequeños detalles, que nos hacen sentir que la relación sigue viva, e impiden pensar en ella como alguna cosa del pasado. Eric es para mí, como yo para él, una medicina que una vez la has probado, no puedes prescindir. Puedes dosificarla, puedes arrinconarla cariñosamente, pero es bueno saber que la tienes muy cerca de ti, y que de vez en cuando te llenará de energía, de buenas vibraciones, de alegrías, de sorpresas y de ternura.

Cap.5 Hasta aquí. Desde aquí.

         Una pequeña embarcación solitaria que dejaba un rastro blanco en su trayecto y que era seguida por un gran número de gaviotas, me recordó que en aquel momento estaba allí, en una orilla del mar intentando saber el porqué de aquella sucesión de sueños tan arraigados a mi vida.

Era posible que el regalo de la bicicleta, la carrera de periodismo, el viaje a Estados Unidos y la aparición del Eric, fueran cuestiones pendientes que mi subconsciente no hubiese digerido y asimilado adecuadamente, y que por no sé qué motivo, habían aflorado de una forma contundente, haciéndome dudar de lo que hubiera podido pasar si mi fuerza de voluntad, si mi perseverancia o mi valentía, se hubieran impuesto a los criterios de otras personas e incluso al mío propio.

En la vida de todos, hay personas y situaciones que condicionan el futuro de cada uno de nosotros. Pero en este caso y aprovechándose de mi carácter afable y poco conflictivo, mucha gente había decidido por mí, y habían logrado crear en mi interior, esta sensación de miedo o de falta de fe en mí misma, que en muchos momentos tenía. Me duele pensar que pueda herir a alguien; me sabe mal entorpecer la iniciativa de cualquier persona, o no estar a la altura de lo que esperan de mí.  

Podía recordar perfectamente los malos momentos que pasé después de algunos de aquellos acontecimientos. Pasaron días y días para que yo asimilase que todos mis amigos tenían bicicleta y yo no. Incluso Berta llegó finalmente a convencer a sus padres de las ventajas de aquel vehículo de dos ruedas. Nunca había sido una chica caprichosa, ni que envidiase las novedades que tuvieran cualquiera de mis compañeros en juguetes, material escolar o de otro tipo. Es difícil de imaginar el trastorno que supuso una cosa tan sencilla como aquella, y como te puede llegar a marcar, haciéndote sentir distinta, fea, anormal, incomprendida… Ninguno de mis amigos entendía el porqué de esta negativa, cuando en casa la economía, sin ser boyante, sí era suficiente como para permitirnos este gasto, aunque hubiera sido de segunda mano. Ya no era sólo por el hecho de ir a la escuela todos juntos, sino por las posibilidades que ofrecía los fines de semana y  sobre todo… en época de vacaciones. Yo siempre debía limitarme a esperar que volvieran de sus incursiones por el bosque. Yo me acostumbré a esperarlos sentada en la repisa de la ventana de mi habitación, y tan pronto llegaban, bajar corriendo para poder escuchar sus aventuras y anécdotas. Yo nunca podía participar…, pero mi madre había dictado sentencia por encima de mis sentimientos y argumentos.

Toda mi vida tendré la duda de lo que hubiera pasado, si mi elección en la Facultad hubiera sido la que yo deseaba. Siempre me había interesado el mundo creativo y al mismo tiempo el seguimiento de la actualidad informativa. Desde los periódicos, a la televisión pasando por la radio. Pero mi padre veía todo eso como si perteneciera al mundo de la “farándula”, al mundo del espectáculo. Cuando él era una persona estricta y calculadora que había logrado imprimir esta seriedad en las carreras de medicina, de económicas y de arquitectura a mis hermanos mayores. Se creó un cisma familiar por mi elección; las malas caras, las amenazas sutiles y los reproches indirectos, fueron tan fuertes durante unas semanas, que me llevaron a rendirme y por tanto a declinar mi elección inicial. Yo dependía económicamente de mis padres, y estos se veían con la potestad de imponerme aquello que habían decidido unilateralmente, simplemente me encontré sin capacidad para decidir sobre mi futuro. Otros compañeros escogían libremente, y yo me veía cediendo al chantaje afectivo de mi padre. Me encontré sin posibilidad de maniobra alguna, como si yo fuese una criatura. Debía seguir un camino prefijado, y sin opción de rebatirlo de ninguna manera. Me sentí impotente durante muchas semanas, incluso meses, cuando las asignaturas de derecho se me hacían eternas, inacabables y frías.

Años después, y con el tema de mi viaje en solitario por los márgenes del río Mississippi, volví a encontrarme teniendo que dar explicaciones a mis deseos de juventud. Siempre había tenido la idea de hacer este viaje, y en aquel momento mis finanzas permitían hacer realidad aquel sueño. No entendí, igual que no lo entiendo hoy en día, que existan personas que no faciliten (o incluso lleguen a dificultar), la consecución de las ilusiones que uno ha tenido de pequeño, de joven o de mayor. Si en estos sueños, participa la persona que puede lograr hacer realidad este deseo, fantástico. Pero sino es así, y el sueño te excluye o no permite participar, no debería pasar nada. Lo triste de la cuestión, es que la persona que estaba impidiendo este viaje tan soñado, era el que pocos meses después iba a ser mi marido, y eso me decepcionaba, me desenamoraba. Las excusas económicas no eran suficiente argumento como para torpedear mis antiguos deseos, además de que el dinero que yo aportaba a la cuenta común (puestos a mirar eso), era claramente superior al que en aquel momento él podía aportar. Eran pequeños ahorrillos que yo me había ido guardando, al margen de la cuenta que de forma común habíamos generado. Los había podido almacenar privándome de algunos vestidos, cenas y otro tipo de cosas que ya me gustaban, pero que no podían equipararse a aquella fantasía tan arraigada a mis ilusiones y que veía tan próxima. Una vez más, la presión de «terceras» personas estaba influyéndome desfavorablemente. Aquella cuestión estuvo apunto de llegar a provocar una rotura de mi matrimonio… incluso antes de casarme. El rechazo visceral de la realización de mi viaje de 10 días, hizo dudar sobre la persona con la que iba a compartir el resto de mi vida. Las palabras inicialmente razonadas (que no compartidas por mí) de Alberto, fueron transformándose en exigencias, y después en amenazas que ponían en peligro los planes de futuro. Una vez más, cedí en mi pretensión, y por miedo a que aquel viaje pudiese estropear el compromiso que había tomado meses atrás o por una infantil sensación de que me pudiera quedar soltera, opté por no emular a Tom Sawyer y a sus compañeros de aventuras.

En el caso de Eric, no podía escudarme detrás de nadie. La única cosa que sí era una realidad, es que la convivencia con estas personas tan queridas, pero tan conservadoras, me había acostumbrado a censurar mis deseos y habían creado en mí, un sentimiento de responsabilidad excesiva por todo lo que pasaba a mi alrededor, y quizá incluso habían llegado a minar la fe en mí misma en las cuestiones más trascendentales. Ahora, años después, tengo la plena convicción, que tras una siempre incomoda separación, y con unos meses de nervios, dudas y probablemente lágrimas, las cosas quizá no hubieran sido tan redondas como en el sueño, pero sí muy próximas a una vida más estimulante que la actual. Con viajes imposibles de imaginar hoy en día. Con fiestas sin motivo. Con regalos sorpresa. Con una convivencia pacífica. Con un fomento constante de las iniciativas individuales y colectivas. Con una búsqueda de aquellas cosas que más nos llenan, o de aquellas que pensábamos que nunca podríamos hacer o tener. Me he lamentado muchas veces en secreto, en silencio, de no haber tomado aquella decisión, aunque el motivo por el que no lo hice sigue siendo un argumento de peso. Pol y Nuria eran más pequeños (demasiado para mí), y no podía ni imaginar el trastorno que les podía suponer. No quería crearles ningún posible trauma, que los marcara para el resto de sus vidas. Detrás de todo eso (que era lo más importante), había un miedo interior por mi parte, que me atemorizaba. No podía prever la reacción que tendría Alberto. Había la posibilidad (remota) de que lo entendiera, y no pusiera grandes dificultades a aquella rotura. Pero no era esta mi premonición. Más bien pensaba en un humillante espectáculo. Con gritos, enfados, malas maneras, y quizá hasta juicios. La otra suerte que tuve y tengo, es que Eric lo entendió…, su postura, aún siendo difícil, fue conciliadora. Intentaba ayudarme. Intentaba hacerme ver que no todo acababa ahí, cuando la verdad es que por dentro estaba pasando uno de los peores momentos de su vida (quizá incluso peor que yo misma). También hubo lágrimas sí, pero esta vez de impotencia.

Ahora pasan días, y a menudo semanas hasta que tengo noticias de él, y siempre intentamos evitar hablar del único tema que es tabú entre nosotros. El entorno que nos rodea, es casi el mismo, y uno para el otro somos una válvula de escape, como la que tienen otras personas con sus amigos del trabajo, del gimnasio o de escalera. Como la que tienen otras personas con el punto de media, las colecciones de sellos o con su pasión por el fútbol.

Me levanté para pasear un poco. Era mucho el tiempo que había estado sentada y necesitaba moverme. Las horas pasaban rápidamente. Me quité las zapatillas para caminar descalza. Mi cuerpo estaba demasiado tenso, y el tacto de la arena con la humedad del mar, me ayudaría a relajarme un poco.

La raíz de todos aquellos sueños tenía un mismo nexo. Pero el motivo que había dado pie, era todo un misterio. El lunes utilicé por primera vez las mantas de la tía Angelina. Recuerdo que me sentí un poco culpable de no haberlas utilizado nunca, cuando ella me las había regalado de todo corazón. Querría recordar, si con aquel presente había algún tipo de ritual que yo no hubiese seguido. Hurgando en la memoria, podía recordar veladamente, alguna cosa que me dijo al ver mi cara de sorpresa, al darme cuenta que estas eran de segunda mano, que ya estaban utilizadas:

– No me mires así. Un día u otro te harán falta. No lo dudes –. Quizá si que había algo de extraño en su tono de voz. Pero no di más importancia a aquellas palabras, y guardé las viejas mantas en el altillo del armario.

Francamente, no me parece que tengan nada anormal, y si que en el momento de utilizarlas por primera vez, mi subconsciente retrocedió a la búsqueda de los momentos de infelicidad del pasado, invirtiéndolos y haciéndome ver lo que habría pasado si la decisión hubiese sido otra. Si realmente las cosas hubiesen ido de esta manera, era una cosa que no podía consentir que me volviera a pasar nunca más en la vida. 

Era suficientemente joven como para resignarme a pensar y vivir como una vieja. Los días, los meses y los años pasan inexorablemente, y soy consciente de que no podré volver atrás, pero también, que aquella, quería que fuera la última decisión que tomase en contra de mis deseos y convicciones. Mi actitud agresiva en el campo laboral, queda desguarnecida cuando la decisión afecta al área personal.

A veces me veía de tal forma, que me parecía no poder decidir nada por mí misma. Resulta que debía explicar y justificarlo todo, pero no sólo con mi marido, que ya de por si es grave, que deba pedir las cosas como si fuéramos desconocidos, o como si con mis conocimientos, mi experiencia, mi saber estar o mi currículum personal, no fuera suficiente como para defender aquello que encuentro que se debería hacer a cada momento, sino que muy a menudo, hasta con mis hijos, padres y hermanos tenía la sensación de tener que hacer demasiadas explicaciones. No solamente de aspectos importantes (escuela privada o pública de los niños, la compra o no de un terreno, tener o no otro hijo…), sino de cosas más simples (cenar con los compañeros de faena, comprarme un libro, recibir una llamada, teñirme el cabello, decorar la casa o escoger la programación de televisión).

Recuerdo que la muerte unas semanas atrás de un antiguo compañero de clase, me había hecho pensar sobre lo que dejamos y nos llevamos de esta vida cuando morimos. Era muy joven (39 años), y una súbita enfermedad le había cortado de raíz todas sus ilusiones. Evitaba hacer grandes gastos para comprarse la casa de madera que de pequeño había soñado, y poder pagarla sin pedir ningún crédito. Esperaba a subir unos cuantos escalones en su empresa para poder presentar un ingenio que en sus horas muertas había diseñado y que cualquier empresa del sector hubiese incorporado inmediatamente con los ojos cerrados. Había pospuesto su deseo de aprender a navegar en barcos pequeños, porque su mujer decía que eran cosas de jovencitos. Muchas habían sido las veces que en las reuniones anuales de ex-alumnos, los compañeros más próximos, que conocíamos estos detalles, le incitábamos a consumarlos de una vez, sin tener que esperar más, y prescindiendo un poco de las buenas maneras o del miedo a imponedor más a menudo su propio criterio. Pero no fue así, y semanas después de la cena anual de este año, supe que un ataque de corazón había acabado con la vida de aquel siempre prudente compañero de clase.

Ya desde aquel día me hice el propósito de aprovechar cada uno de los días que me quedaran por vivir, pero esta sucesión de sueños ha sido definitiva para llevarlo a cabo. Hace unas semanas nos llegó un comunicado al bufete que nos invitaba a dos de nosotros a asistir a un congreso que se hacía en Chequia sobre la nueva aplicación del derecho dentro el ámbito de las instituciones europeas. El curso duraba unos quince días. Lo planteé en casa y como otras veces la posibilidad de mejorar mis conocimientos, de ver mundo y de hacerlo prácticamente sola, no fue aceptada por Alberto.  Insistí y lo justifiqué como una cuestión básicamente profesional, aunque lógicamente hubiera algunas horas libres entre ponencias y debates, que me permitirían poder conocer la ciudad e intercambiar opiniones con compañeros de profesión europeos. Todo eran inconvenientes y ninguna facilidad. Que si los niños, que si una cena que teníamos pendiente con unos amigos el siguiente fin de semana, que si ya hacía suficiente horas en la oficina como para dedicarle aún más tiempo, etc…, todo era ponerme pegas. Al fin me decanté por no ir aunque me hacía sentir muy triste no poder aprovechar una oportunidad de aquellas características.

Pero hoy cuando estaba en la playa, después de analizar todo lo que había soñado y vivido, no me lo he pensado dos veces y al regresar hacia el coche me he parado en una cabina telefónica para llamar al aeropuerto y consultar si había vuelo para ir hacia Chequia esta misma tarde. Al confirmarlo, no he perdido el tiempo. He ido a mi casa, he cogido cuatro prendas de vestir (bien seleccionadas eso sí), he hecho una llamada a mi hermana pequeña y que habitualmente me hace de canguro, y he cogido toda la documentación y acreditaciones necesarias que me habían enviado días atrás. Al acabar, he ido a encontrarme con Alberto. Mediante una amiga, he sabido que todos los maridos del vecindario estaban haciendo una barbacoa en casa de uno de ellos. Me he presentado allí y al verme vestida de forma diferente a como visto los domingos, me ha dicho:

– ¿Qué, vas a una reunión de vecinas? -, con un cierto sarcasmo a sus labios. 

Mi respuesta no se ha hecho esperar, y ha estado contundente:

No, me voy a Praga una semana. Ya te llamaré –

Su postura descuidada e informal ha cambiado rápidamente, pero la presencia de sus amigos, poco habituados a que sus mujeres les llevaran la contraria, lo ha obligado a hacer ver que todo estaba bajo control, aunque yo podía leer en su mirada la impotencia de rebelarse ante mi radical decisión. Me he girado y he ido a coger el taxi que me estaba esperando en la puerta. Mi tono de voz y mi firmeza, me hacían estar orgullosa de mí misma, y es por eso que ahora me doy cuenta que todo lo que he vivido esta semana ha sido clave como para encontrarme ahora dentro de este avión camino de Praga, para asistir a la segunda semana de este congreso, saltándome el parecer de mi marido sobre este tipo de cosas, y haciendo prevalecer mi opinión y mi deseo de una vez por todas. Y es que es ahora, cuando estoy a punto de aterrizar en la capital checa, que tomo conciencia de quien soy y que pienso hacer. 

– Me llamo Julia y el futuro, pase lo que pase y de una vez y por todas, pasa por fin por mis manos –.

© Joan Plaza



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