«La historia continúa», relato de Joan Plaza para el 25 aniversario de ACB

Escrito por en 7 mayo, 2017

…nos habíamos trasladado hacía pocas semanas a nuestra nueva casa. Nada que ver con nuestro luminoso y céntrico dúplex de la calle Serrano, donde habíamos vivido los últimos 14 años. Aquella, por el contrario, era una casa destartalada, tétrica y perdida por la fría sierra madrileña, llena de rincones húmedos y oscuros que no invitaba, precisamente, a hacerla acogedora.

La batalla que libramos mis hermanos y yo, junto a mamá, llegó a hacer tambalear la idea de papá de aceptar ese cambio de sucursal bancaria, pero un ligero aumento salarial y la búsqueda de un entorno más sano para el futuro de sus hijos, fue determinante.

Tras unos tensos primeros días, nos fuimos adaptando lentamente al entorno. La casa era grande, cada uno tenía su propia habitación, había baños en cada planta y un gran jardín para correr.

En medio de tanta libertad, tan solo era una la prohibición que nos apuntaron nuestros padres… – No podéis subir a la buhardilla! – nos dijeron. La compra de aquella especie de masía se había realizado con premura, y su antiguo propietario, un tal Eduardo, había dejado algunas de sus pertenencias en el altillo, al que se accedía por una estrecha escalera de madera.

Una de esas primeras noches, tras ir a la cama y aún con la tensión del cambio que me impedía dormir de un tirón, empecé a oír voces, sonidos… e incluso golpes, que provenían del citado desván. Primero creí, que debía ser el viento o una ventana mal cerrada, pero tras prestar más atención, llegue a la conclusión de que ahí pasaba algo más. Al explicarlo al día siguiente, durante el desayuno, papá se enfadó conmigo, pensando que era otra estratagema para volver a la ciudad y, sin tan siquiera acabar de comer, subió al altillo y comprobó que allí no había más que los trastos que debía pasar a recoger su antiguo dueño.

Hubiera jurado que la noche anterior, una reunión de viejos amigos se había celebrado allí, pero… Así pues, tras un día que empezó mal, llegó la noche de nuevo y horas después de habernos acostado todos, volví a oír una gran animación por encima del techo de mi habitación. Me sorprendía que nadie oyera nada, pues aunque durmieran en la planta inferior a la mía, el ruido era notorio. Me giré una y otra vez sobre mi mismo, luchando contra la orden de papá o el deseo de ver con mis ojos que todo era una mala pasada de mi tierna cabecita.

No pude más, y tras agotar todas las ovejas que mi cabeza podía contar, me decidí a desobedecer a papá. Sigilosamente y con los pies descalzos, me acerqué a una escalera que me parecía entonces más alta que nunca. Contuve la respiración, subí y al abrir el portón sobre mi cabeza, observé algo inaudito…

Allí había una fiesta montada extraordinaria. Mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. Encima de un trotinado suelo de parquet, un par de balones de piel de varios colores, botaban una y mil veces desperezando a unas redes que se hacían las remolonas y que no dejaban pasar a nadie. Un trío de silbatos, entrelazados entre sí, parecían cobrar vida, mientras pitaban coordinadamente con el movimiento sinuoso de las pelotas. Distintas camisetas de baloncesto bajaban una a una de sus colgadores para bailar junto a unos pantalones que se hacían los estrechos y unos calcetines que pretendían hacerse los estirados. Por otro lado, una curiosa banda de rotuladores flirteaba con unas estadísticas vestidas elegantemente con pequeños cuadros para la ocasión. Mientras, las botellas de Gatorade y de Isostar se descorchaban a si mismas, como si de cava se tratara, intentando emborrachar con líquido isotónico a los vendajes que se hacían los duros. La coreografía de la fiesta, la ponían cinco números del uno al cinco, este último en rojo, insertados sobre unas maderas con cuerpo de raqueta, subiendo y bajando acompasadamente. Unas muñequeras repartían pequeños chupitos de sudor a las coderas y musleras que apenas solían salir en la foto. La voz cantante la llevaba inevitablemente el micrófono, cuidando así de que hasta las viejas sillas plegables participaran activamente de la fiesta.

Fue sin embargo, un pequeño marcador “fair-play” quien se dio cuenta de mi intrusión, y parpadeando con todas sus bombillas, avisó a todo el mundo de que yo estaba fisgoneando con la puerta del cobertizo apenas levantada. Un silencio sepulcral ahogó todos los sonidos y movimientos de cuantos estaban allí, pero nadie se movió, como si de una rueda de prensa se tratara. Tuvo que ser un bote de Réflex quien me diera una cálida bienvenida y me invitara a pasar.

Tímidamente fui levantando aquella pequeña trampilla, con el miedo de que todos salieran corriendo al entrar yo, pero fue al contrario. Las redes vinieron a atraparme, las bocinas me dieron salvas de honor, las palomitas saltaban como recién hechas y los flashes me marcaban el camino a seguir. De allí nadie se movió, incluso una pequeña mopa de pista me invitaba a seguirla hasta el centro del corro que entre todos ellos formaban. Una línea de tres puntos delimitaba el lugar a donde debía llegar, mientras un grupo de pasaportes extranjeros de distintos países se abrían y cerraban como alegrándose de mi presencia… aquello era inaudito, era como si me estuvieran esperando.

¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Gritar, salir corriendo, pasar un control de anti-doping? Me dejé llevar por mi instinto y me acomodé entre aquel peculiar grupo. No sabía dónde mirar, todo estaba en silencio, pero notaba como todos estaban a la espera de mi reacción.

– Hola! Me llamo Oscar. ¿Que hacéis aquí? – dije balbuceando, mientras pensaba estar loco por hablarle a unos objetos animados.

Fueron entonces un grupo de olorosas zapatillas John Smith del 48, quienes tomaron las riendas y me dieron la bienvenida… – Estamos encantados de que estés aquí entre nosotros. ¿Quieres que te expliquemos quiénes somos? – me dijo una de ellas mientras sus cordones buscaban infructuosamente a sus parientes entre mis pies desnudos.

Sólo pude asentir tímidamente con la cabeza. No sabía si estaba desvariando o si había entrado en una dimensión desconocida. En cualquier caso, nadie me estaba viendo y a mí me apetecía averiguar el porqué de todo aquello.

Entonces vi como todos se acercaban un poco más hacia mí. Las redes que me habían arrastrado hacia el centro del desván, tomaron la palabra: – La mayoría de nosotros hemos tenido distintos momentos de gloria en los últimos 25 años. En nuestro caso han sido miles y miles los balones que se han colado espectacularmente en nuestro interior una y otra vez. Canastas inverosímiles, canastas lejanas y defendidas, canastas elaboradas o fortuitas, “alley-hoops”, canastas en los últimos segundos y décimas que decidían partidos y campeonatos. Canastas que provocaban alegrías y decepciones por igual… provocando que pasáramos desapercibidas en la mayoría de los campos, pero también que tuviéramos auténticos momentos de gloria, ya que tras desprendernos del aro, nos ponían alrededor del cuello de los ganadores, como si de un collar de perlas se tratara. – me dijo una de ellas con muchos mates en sus espaldas.

– Claro, claro – dijo una pelota… mientras giraba sobre si misma, – pero todas esas canastas no podían venir sino después de un gran pase, de una bonita asistencia o de un trabajado rebote. Nosotras hemos estado en manos de todo el mundo. De aquellos que tan solo nos utilizaban para tirar, de aquellos que se peleaban por nosotros recuperándonos cuando nos daban por perdidas… pero sobretodo en manos de aquellos jugadores virtuosos que hacían malabarismos con nosotros y que contagiaban alegría a los jugadores que nos recibían y a los miles de aficionados que nos veían… -, soltó como queriéndose hacer valer.

– Si, pero las estrategias, la táctica y la coordinación de todos esos jugadores y jugadas estratosféricas, no se darían sin que, quienes nos utilizan en los entrenamientos y tiempos muertos, algunas veces para dibujar sistemas, pero otras para pagar con nosotros los platos rotos, supervisaran y estudiaran paso a paso los movimientos a seguir a cada momento – soltó una pizarra algo deteriorada por el paso de los años.

– Piiiiii! – se oyó desde una de las esquinas de la buhardilla. Eran los tres silbatos, que habían aprovechado un despiste del micrófono para ampliar su propio sonido agudo. – Todo eso está muy bien, pero no olvidéis nunca que difícilmente esto sería posible si no hubiera alguien que impartiera justicia, alguien que sin ser protagonista dirima el buen hacer de este juego. Legendarios árbitros, comisarios y auxiliares nos han tenido en sus labios constantemente – soltaba ese trío al unísono, mientras se hacían un espacio entre aquella divertida multitud.

No habían pasado ni diez minutos y ya tenía una malla en mis hombros, una pizarra flexible en la espalda, un pito en las manos y un par de balones haciendo piruetas en mis dedos. Las camisetas de grandes jugadores se peleaban entre sí para saber cuál era mi talla y unos vendajes me hacían un ligero “tape” en las rodillas. Aquello era fascinante, todos querían cuidarme, querían contagiarme de su fiebre, de su pasión…

– Bien, todo eso es cierto. Pero supongo que sabéis para quien desplegáis toda esa amalgama de habilidades… no?. Para todos aquellos que nos llevan en las manos, para aquellos que nos saborean, compran y agitan, tanto en pabellones pequeños, como en grandes coliseos… – decían reivindicativamente unas banderolas de mil colores, cogidas de la mano con unos tickets con sabor a pasado y de unas palomitas que no dejaban de explotar.

Que divertido. Aquello parecía el reencuentro de antiguos compañeros, pavoneándose simpáticamente de la importancia que, sin duda, todos ellos tenían alrededor del baloncesto.

De pronto, nos interrumpió una antigua maquina de escribir, a la que apenas había prestado atención. Empezó a teclear mágicamente, mientras una pequeña cámara de fotos compinchada con ella nos lo iba transcribiendo, – Hacer llegar a todos los rincones de España y del mundo, el espectáculo que todos vosotros componéis, siempre ha sido nuestra labor. Entrar en los vestuarios, entrenamientos y ruedas de prensa, ha permitido que esta fiebre del basket se haya extendido año a año -, iba leyendo la cámara, mientras una vieja radio asentía sin decir nada por estar afónica.

Aquello continuó y continuó. Un contrato intentaba explicarme las mil y una condiciones estrambóticas que solían pedirles a Directores Técnicos y Gerentes; el video VHS me declaraba tener celos del DVD e Internet; una pequeña falda de “cheerleader” revoloteaba una y otra vez intentando captar mi atención; unos trofeos y sus amigas las medallas reclamaban su brillante porción de historia; las forzudas pesas se acercaron imponiendo respeto, y la corbata de los máximos dirigentes intentaban organizar aquella avalancha de información a mi alrededor…

Bien fuera por mi estado de excitación, por ser las tres y pico de la madrugada o por el ritmo trepidante que tenia aquella fiesta, pero mis ojos reclamaban un descanso. Muchos eran aún los objetos que reclamaban mi atención mientras recostaba mi cabeza sobre una bolsa de hielo vacía… pero todo intento era inútil. No pude más y me abandoné ante el susurro generalizado de cuantos habíamos compartido aquella noche del 25 de septiembre del 2007.

Al día siguiente, me desperté en la buhardilla rodeado de mis padres y hermanos que me miraban como a un bicho raro. Me incorporé y vi que todo lo que había en aquella especie de trastero, estaba ordenado y debidamente clasificado. Rápidamente deduje que sería una tontería intentar razonar con mis familiares lo que había vivido la noche anterior y argumenté un falso ataque de insomnio. Fue mientras bajamos que al salir el último, uno de los balones me guiñó el ojo… La historia continúa!
Joan Plaza
Entrenador del Real Madrid


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Comentarios
    • Coach Plaza   On   16 julio, 2017 at 6:27

      Gracias Silvia. No tildaría nunca un escrito mío como poesía, pero entiendo y agradezco el símil. Tan solo fue un trabajo hecho desde el corazón y espero seguir trabajando en cuestiones de esta índole. Abrazo enorme.
      Joan

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